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Para Óscar Rueda

 

La cínica frase de Calderón para justificar su ascenso a la Presidencia de la República, a partir de su dudoso triunfo electoral, “haiga sido como haiga sido”, prevalece también para la sospechosa victoria de Peña.

 

Los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), que ambicionan ser nombrados ministros de la Suprema Corte de Justicia, junto con ésta guardaron silencio sumándose a la complicidad que empezó con Televisa para sentar en el trono sexenal al mexiquense, y avalaron que por el trastorno público de estas elecciones (y las otras) “se establezca un gobierno contrario a los principios” que sanciona nuestra Constitución Política, fundamento del estado de derecho, ya que resuelven con más autoritarismo los problemas de nuestra elemental democracia y desmantelan el republicanismo de la soberanía nacional que “reside esencial y originariamente en el pueblo”.
 
Treinta millones de ciudadanos que votaron por la oposición encontraron pocas voces periodísticas que manifestaran sus opiniones ante el coro de quienes juzgaron que el peñismo estaba fuera de toda duda. Y como escribió Jorge Alcocer, no había más que discutir y se debía poner “punto final”.
 
En diarios y revistas hacían a un lado los hechos que exhibían más que supuestos fraudes, reales maniobras para inclinar los votos a favor del candidato priísta, dispuesto a ganar a cualquier precio. Que compraría e induciría al viejo estilo no menos de 5 millones de sufragios, temerosos de que esta vez la oposición de centro-izquierda se llevara la competencia. No obstante la veracidad de las denuncias –como constató el consejero del Instituto Federal Electoral (IFE), Alfredo Figueroa Fernández, en un texto publicado y nunca refutado–, ni ese instituto ni el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) tomaron cartas en el asunto.
 
Pero tuvieron relieve los análisis críticos de dos periodistas que dejaron constancia de que la elección presidencial estaba viciada de corrupción. Se trata de Jorge Ramos y Humberto Musacchio, y son testimonios, con otros muchos (incluso de caricaturistas), de que imperaron las trampas que favorecieron al peñismo. El texto de Jorge Ramos Ávalos (Reforma, 12 de agosto de 2012) tiene por título “Ganar con trampa”, y en una de sus partes dice:
 
“Los Juegos Olímpicos son mejor ejemplo de un sistema que castiga, y duro, a los que hacen trampa. En cambio, el sistema electoral en México no sólo permite sino que hasta premia con la Presidencia al que hace más trampas.
 
“[…] Es decir, Enrique Peña Nieto, con las tácticas que utilizó para ganar en las pasadas elecciones presidenciales en México, no hubiera pasado ni la primera ronda en los Juegos Olímpicos de Inglaterra… Nadie se quejó de los resultados finales porque las reglas fueron parejas para todos… Esto no ocurrió en las elecciones presidenciales en México. Está claro que el Partido Revolucionario Institucional no estaba seguro de que su candidato, Peña Nieto, podía ganar limpiamente en las elecciones. Por lo tanto entregó tarjetas de débito y de compra a votantes (para influir en su decisión) y su candidato gastó decenas de millones de dólares durante años para promover su imagen por televisión. Ahí están las miles de tarjetas y los comerciales de televisión para probarlo… Peña Nieto ganó con muchas trampas.”
 
En su texto “La elección y lo que dice Cicerón” (Excélsior, 6 de septiembre de 2012), el periodista Humberto Musacchio escribió:
 
“Solemne, con voz estentórea, el presidente del Tribunal Electoral, Alejandro Luna Ramos, echó de su ronco pecho una máxima de Cicerón: ?No es posible someter el derecho al capricho personal ni infringirlo ni desnaturalizarlo con el poder’. ¿De veras no es posible? Semanas antes, el docto señor Luna Ramos mostró dotes de profeta, pues descalificó las impugnaciones al proceso electoral presentadas por el equipo de Andrés Manuel López Obrador.
 
“[…] Las desechó sin ver, sin sopesarlas, sin enterarse de que la realidad va por un camino y de que por otro completamente ajeno marcha el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación… La pregunta es por qué el IFE y el Tribunal se muestran tan acomodadizos, de tan blanda condición, tan condescendientes con quienes violaron groseramente la ley; por qué, ante esos poderes que se benefician de que todo siga igual, se exhiben tan fáciles de convencer o persuadir y fallan a favor de ellos sin reparar el daño que ocasionan a la convivencia entre los mexicanos, sin advertir que están comprometiendo el futuro de la nación.”
 
El Tribunal Electoral no movió un dedo para exigir que el IFE le entregara la información de todas las quejas que desahogará… ¡Hasta enero de 2013!, cuando todavía es posible anular la elección presidencial. Pero Musacchio y Ramos cumplieron con su deber y expusieron su crítica a la manera cómo la elite en el poder, empezando por el IFE y el TEPJF, se inclinaron, doblando la espalda y casi arrodillándose ante las preferencias de Calderón y el Partido Acción Nacional, ¡del Partido Revolucionario Institucional!, del Partido Nueva Alianza y los serviles del Partido Verde Ecologista de México, sin revisar las pruebas puestas a su disposición.
 
Es una obligación ética-democrática y de quienes leen y estudian a Marco Tulio Cicerón (por ejemplo su Tratado de la República y el Breviario de campaña electoral) no decir idioteces como lo hizo el presidente del Tribunal. “Eso nos obliga a los periodistas independientes a la inevitable tarea de cuestionar los resultados e investigar las trampas […] La gran tragedia de los periodistas que aplauden los resultados en lugar de cuestionarlos es que nadie les cree. Y en este negocio la credibilidad es todo. El periodista que calla pierde la calle y el respeto”, escribió Jorge Ramos. Y con dedicatoria a ese vil magistrado Luna Ramos, contrahecho por su servilismo y saludando, como moderno Cuasimodo, a Peña (fotografía de Carlos Cisneros, La Jornada, 1 de septiembre de 2012), Humberto Musacchio escribió: “De modo que, contra lo que repita irreflexivamente el señor Luna Ramos, sí es posible someter el derecho al capricho personal, infringirlo y desnaturalizarlo con el poder político, el del dinero o ambos”.
 
*Periodista
 
 
 
 
Fuente: Contralínea 305 / Octubre de 2012
 
 

 

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