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¿Debe la clase obrera renunciar a defenderse contra las usurpaciones del capital y cejar en sus esfuerzos para aprovechar todas las posibilidades que se le ofrezcan para mejorar su situación? Si lo hiciese, veríase degradada en una masa uniforme de hombres desgraciados y quebrantados, sin salvación posible. Si cediese cobardemente, se descalificaría para emprender movimientos de mayor envergadura. Debe comprender que el sistema actual, aun con todas las miserias que vuelca sobre ella, engendra simultáneamente las condiciones materiales y las formas sociales necesarias para la reconstrucción económica de la sociedad. Deberá inscribir en su bandera esta consigna revolucionaria: “¡abolición del sistema del trabajo asalariado!”.

Carlos Marx, Salario, precio y ganancia

 
Ante la toma de la tribuna realizada por los diputados de la oposición (“desfiguro” que ruboriza a analistas modositos como Jorge Alcocer, tránsfuga de la “izquierda” como los tragicómicos René Arce o Rosario Robles), los “delincuentes que se hacen llamar legisladores” –como calificó el jurista Clemente Valdés a los congresistas del Partido Revolucionario Institucional (PRI)-Partido Acción Nacional (PAN)-Partido Verde Ecologista de México (PVEM)-Partido Nueva Alianza (Panal)– bramaron: “¡no a la violencia! ¡no a la violencia!”. El propio Manlio Fabio Beltrones, jefe de la mafia priísta, se desgarró las vestiduras. Como energúmeno, le reclamó a su malogrado fámulo Silvano Aureoles, el líder perredista en San Lázaro: “Te puedo permitir todo, pero no que hayas roto el acuerdo y tratado con violencia al presidente de la Cámara”, el respetable Jesús Murillo Karam, su compañero de cuadra y exgobernador de Hidalgo; quien, por cierto, tuvo que renunciar en el ocaso de su mandato (1998), merced a un fraudecillo cometido por algún pícaro durante la elección del candidato de su partido a sucederlo en el cacicazgo.
 
De nada sirvió que Aureoles, con el rabo entre las patas, gimoteara ante il capo dei capi de la Cámara de Diputados (“Yo me deslindo, Manlio, estoy muy apenado contigo”), para tratar de atemperar su furia y la de las hordas de la extrema derecha y de mercenarios que comanda, y de evitar su flamígera venganza legislativa. Manlio Fabio Beltrones había exigido la sumisión absoluta y Aureoles fracasó en la encomienda, lo que arruinó la simulación, considerada chocarreramente por el sonorense como un “inédito [sic; se apeñanietó: ¿alguna vez en su vida ha consultado un diccionario o tumbaburros como dice el vulgo?] proceso legislativo para la aprobación de la reforma laboral [que él mismo operó desde las sombras], a pesar de los incidentes que se presentaron”.
 
A Beltrones le urgía una messa in scena intachable para tratar de mantener la farsa de la “democracia”, la “institucionalidad”, el “respeto”, la “civilidad”, la “pluralidad”, según su prosopopeya. En consonancia con la del capo di tutti capi, Enrique Peña Nieto, en cuyo ampuloso discurso emitido al entregársele la constancia de presidente electo, se llenó la boca con vocablos que desconoce: “legalidad”, “democracia”, “reglas y procedimientos respetados”, “diálogo”, “entendimiento”, “inclusión”, “pluralidad”, “desarrollo social”, “felicidad de las familias mexicanas”.
 
En su impotencia, ¿qué otra opción tenían esos “cabrones [que] no saben respetar acuerdos [y] rompieron con el pacto”; esos “violentos, bárbaros, incivilizados, intolerantes al diálogo y la discusión” que estropearon la aureola de Aureoles y que, por ello, dice que los piensa mandar “a la chingada”? Con ese florido lenguaje barriobajero los acusó lacayunamente ante el capo Manlio Fabio y lloriqueó envilecido para solicitar su perdón.
 
Desde luego, tenían la republicana alternativa de la complicidad y la resignación bovina asumida por los Chuchos y los Amalios (¿cuál fue el “pacto”, en qué términos se fijaron los “acuerdos”, a cambio de qué transaron?) ante la derrota anticipada en el guión, y traicionar a los electores. Pero como escribió Jean-Paul Sartre: “un hombre no es nada si no es un impugnador y es fiel a un conjunto político y social” y a sus principios. “Si hay fidelidad sin discusión, no se es un hombre libre”. El PRI-PAN y sus socios sólo son a fieles a sus ambiciones personales y las de sus tribus. No traicionan a los trabajadores porque no los representan. En cambio, son feroces cancerberos al momento de velar por los intereses de los grupos de poder que defienden. Saben negociar y son leales, siempre y cuando se les paguen generosamente sus servicios particulares. A Carlos Aceves, gánster de la Confederación de Trabajadores de México y diputado priísta, lo responsabilizaron de la Comisión del Trabajo, encargada de destruir la ley laboral. Con el trueque PRI-PAN-PVEM-Panal, a él y sus pares, como Elba Esther Gordillo, se les respetará sus fuentes de poder y enriquecimiento: su delincuencial control mussoliniano de los sindicatos.
 
Decía José Martí: “cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres”.
 
Ante la “violencia estructural” del proyecto político-económico neoliberal que, como dice Pierre Bourdieu, destruye metódicamente los colectivos, provoca la precariedad, el desempleo y el subempleo, es decir, la existencia del ejército de reserva, que amenaza con el despido, distribuye injustamente la riqueza y atenta contra la protección y la dignidad humana, ¿qué otra salida le dejan a los trabajadores?
 
Los asalariados entenderán que, como dijo Carlos Marx, “sus conflictos diarios con el capital” no son más que una “inevitable guerra de guerrillas, provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado”, la cual sólo es una “lucha contra los efectos, pero no contra [sus] causas; que los contiene, pero no cambia su dirección; que [son] paliativos, pero no curan la enfermedad”. Por tanto, tendrán que sustituir el lema conservador de: “¡un salario justo por una jornada de trabajo justa!”, por la consigna revolucionaria: “¡abolición del sistema de trabajo asalariado!”, para llevar a cabo “la reconstrucción económica de la sociedad”.
 
La procacidad de Felipe Calderón, Enrique Peña, Manlio Fabio Beltrones y los hombres de presa es insultante, infinita. Son mendaces consumados. La maquinación y el “inédito” [sic] proceso que legalizó la contrarreforma laboral neoliberal, que conmovieron a Beltrones, sólo reprodujeron fielmente las viejas costumbres despóticas priístas, adoptadas por su alma gemela panista.
 
1) Para justificar la contrarreforma emplearon mentiras canallescas: la presentan como la partera del crecimiento, de “miles y miles” de empleos “con seguridad social y mejores salarios”. ¿Cuántos miles? 400 mil más, según Rosalinda Vélez, titular de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social. En total, supuestamente 1 millón de los 1.2 millones o 1.3 millones requeridos anualmente. El Centro de Estudios Económicos del Sector Privado (CEESP) dice que es difícil estimar cuántos podrían generarse y sus efectos sobre el crecimiento. “Es difícil poner números”, añade Alicia Bárcena, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), y le preocupa que la “flexibilidad” fomente la precariedad laboral y la informalidad. ¿Por qué lo expresa? Porque sabe perfectamente que esos han sido algunos de los resultados obtenidos por los países que han aplicado la “flexibilidad”. “Está claro que no generaría empleo neto”, afirma Jürgen Weller, de la Cepal.
 
¿Cuánto mejorarán los salarios? Los promotores de la contrarreforma guardan un sospechoso silencio. Ellos saben que serán peores, porque de su deterioro depende la estabilidad de precios, la atracción del capital extranjero y las ganancias. Mientras más bajos sean, México será “más atractivo”, como espera Enrique Peña. “Lo que sí podría afirmarse es que mejoraría el entorno de negocios y la competitividad del país”, afirma el CEESP. ¿Por qué? No lo dice, ya que tendría que aceptar que descansarán en los salarios miserables, la precariedad del empleo y la indigencia social. El paramilitar colombiano contratado por Enrique Peña, Óscar Naranjo, se encargará de reprimir a los inconformes, método priísta que nunca desechó el panismo. En realidad, lo magnificó con el terrorismo de Estado.
 
2) La legalidad del proceso legislativo que aprobó la contrarreforma fue tan pulcra como la que le dio el triunfo electoral a Peña. La nueva ley “está viciada en su forma”. Es anticonstitucional, afirman juristas, como Elisur Arteaga, Clemente Valdés o Luis Argüelles. Antes de aprobarla, se debió expedir “la legislación secundaria para hacer cumplir el decreto” de iniciativa preferente del Ejecutivo. Pero Manlio Fabio, Luis A Villarreal (coordinador de los diputados panistas) y sus socios se la pasaron por el arco del triunfo, como lo harán en el Senado Emilio Gamboa (Lydia Cacho sabe algo de sus apetitos pederastas) y Ernesto Cordero. Al cabo, la ilegalidad es la norma del sistema. ¿Restablecerá la Corte el estado de derecho y anulará la transgresión cometida por quienes deben defender la constitucionalidad?
 
Dice el politólogo noruego Kaare Strom: “la incapacidad ejecutiva tienta a los presidentes a buscar nuevos poderes mediante reformas constitucionales o a gobernar por decreto. Puede conducir al decretismo” (Robert A Dahl y otros, The democracy sourcebook). En su trabajo Democracia y mercado, Adam Przeworski señala que el “decretismo” es típico de regímenes militares autoritarios: Pinochet, Carlos Salinas, Alberto Fujimori. En un sistema presidencialista despótico, la iniciativa preferente es un peligroso instrumento en manos del Ejecutivo, que no durará en imponer arbitrarias medidas antinacionales y antisociales.
 
3) El proceso legislativo transcurrió en un plural, democrático y civilizado diálogo de sordos y la mafiosa actuación del bloque mayoritario que nunca aceptó la democratización laboral y el restablecimiento de leyes. Sólo ofrecía migajas. La contrarreforma fue “consensuada e incluyente” porque incluyó a los juristas oligarcas de la Confederación Patronal de la República Mexicana y una muralla de sables entre los representantes “populares” y los excluidos representados, los corderos asalariados y sus familias. Una vez legitimado el asalto a las leyes laborales, estos últimos serán legalmente arrojados bajo las ruedas de la salvaje acumulación neoliberal capitalista.
 
4) Más que actuar como “siervos de la nación”, los miembros del Congreso, en su mayoría, maniobraron como vasallos de la oligarquía. Impusieron la “máxima vil de los amos” señalada por Adam Smith: “todo para nosotros y nada para los demás” (Noam Chomsky). A los trabajadores les ofrecieron la decimonónica “teoría del caballo y el gorrión”: lo que pasa a través del equino es aprovechado por el ave.
 
5) No se restituirá el derecho laboral. Se legalizará la ilegal “flexibilidad” empresarial: la subcontratación, el esquilmo de las prestaciones sociales, los despidos, las contrataciones y las jornadas de trabajo arbitrario, los contratos por hora, el control corporativo de los sindicatos por una pandilla de forajidos, los abusos del Estado. Se pondrá por encima de la Constitución a una ley secundaria que la contradice. Los cambios que imponga el Senado serán cosméticos, cuantitativos, no cualitativos.
 
Lo fundamental es que políticamente se destruye otro de los pactos sociales fundacionales del orden surgido de la Revolución Mexicana que deberían ser garantizados por el Estado. Se sustituye por el acuerdo neoliberal de “flexibilidad”, la “desreglamentación” y la tiranía laboral, que privilegia los intereses empresariales sobre el bienestar mayoritario, con el Estado como su garante autoritario.
 
6) Se integra a México a la barbarie de las tendencias globales neoliberales, surgidas desde la década de 1970, cuando se renuncia a la regulación del capitalismo, bajo principios racionales y de relativo bienestar, para asegurar su salvaje expansión mundial desregulada, con sus colapsos devastadores, sin las mínimas consideraciones democráticas formales y humanas que le legitimaron por décadas. Para compensar la tendencia en la caída de la tasa de ganancia (explicada por Marx), producto estancamiento, la sobreacumulación y el menor consumo, entre otros factores, se emplea el expediente de la destrucción del Estado del bienestar, la caída de los salarios reales y nominales que impide cubrir las necesidades básicas que garantizan la supervivencia de la esclavitud asalariada, el recorte de prestaciones, la inestabilidad y la precariedad laboral, las jornadas de trabajo sin límites que restauran la esclavitud. Es decir, la mayor tasa de explotación para mejorar la competitividad y ampliar la cuota de ganancia, a costa de la pobreza generalizada. Los cambios tecnológicos han generado el desempleo estructural, millones de personas superfluas (el ejército industrial de reserva), sin futuro, condenados a la miseria, a los que se sumarán los próximos “flexibles”.
 
Escribió Marx: “el esclavo obtiene una cantidad constante y fija de medios para su sustento; el obrero asalariado, no. Si [el trabajador] se resignase a acatar la voluntad, los dictados del capitalista, como una ley económica permanente, compartiría toda la miseria del esclavo, sin compartir, en cambio, la seguridad de éste”.
 
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Fuente: Contralínea 305 / Octubre de 2012
 
 

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