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En agosto de este año un comediante escocés generó polémica al bromear que el equipo paraolímpico de Arabia Saudita había ganado porque “estaba compuesto por ladrones”. Frankie Boyle aludió a la ley islámica o sharia en la que “a un ladrón, hombre o mujer, se le deben cortar las manos” (Corán 5:38). Si bien fue una broma de mal gusto, la cadena nacional británica, Canal 4, la interpretó como una ofensa a las personas con discapacidad y, por ello, finalizó su contrato con el comediante. En realidad, la mayor ofensa de Boyle fue que afectó las sensibilidades de atletas sauditas y de un Estado islámico. ¿Hasta qué punto impera la libertad de expresión sobre la tolerancia religiosa?
 
No es la primera vez que se castiga un comentario políticamente incorrecto como si fuera un crimen. Incluso en Estados Unidos, un país cuyo baluarte ante el mundo es la libertad de expresión, se prohíben comentarios, canciones y programas televisivos remotamente asociados con el atentado a las Torres Gemelas. Este año, el 11 de septiembre ofreció otras imágenes que dieron la vuelta al mundo. El tráiler de 14 minutos de la película la Inocencia de los musulmanes causó un furor que nos recuerda a la reacción ante las caricaturas de Mahoma en el periódico danés Jyllands-Posten, en 2005. Al igual que entonces, el mundo se divide en una dicotomía reduccionista: ser o no ser musulmán.
 

Venganza sin inocencia

 
Sam Bacile, un director egipcio anteriormente desconocido, retrató en su largometraje al profeta Mahoma como un pedófilo, acosador sexual y homosexual. La película se estrenó a principios de 2012 en Hollywood, pero la audiencia no fue mayor a una veintena de personas. Por ello, nadie esperó que los cortos en YouTube generaran un revuelo en el mundo musulmán, en donde se prohíbe la proyección de imágenes de Mahoma.
 
La recreación soez, burda y sumamente provocadora del profeta Mahoma fue alabada por el pastor Terry Jones, quien en 2011 quemó el Corán en una iglesia en Florida. En esa ocasión, la respuesta fue inmediata: 11 personas, incluyendo funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas, fueron asesinados en la ciudad afgana de Mazar i-Sharif. Un año después, la sátira de Bacile desató protestas en Egipto, Yemen, Tunisia, Marruecos, Irán e Irak. En países donde aún retumban los ecos de la revolución árabe, pronto resonaron los gritos al son de Allahu akbar (Alá es grande).
 
La ira fue dirigida al enemigo público número uno en la región. El precio lo pagó el embajador de Estados Unidos en Libia, Chris Stevens, quien pereció tras el ataque al consulado estadunidense el pasado 11 de septiembre. La reacción al ataque por parte de la Casa Blanca fue de una neutralidad altamente criticada por los estadunidenses. Barack Obama aseguró que se hará justicia mientras que declaró que Estados Unidos es “una nación que respeta todas las religiones y rechaza cualquier intento por denigrar las creencias religiosas de otros”.
 
El atentado tuvo motivaciones políticas y religiosas. Es difícil encontrar conflictos intraestatales actuales en los que esta mancuerna no desempeñe un papel importante. El peligro actual yace en la internalización del conflicto por parte de individuos aludidos. Es decir, cada musulmán se siente personalmente ofendido por una “obra” que a pocos en el mundo occidental les importa. La desproporcionalidad de la reacción entre los afectados y los presuntos culpables es preocupante.
 
En el siglo XXI, ninguna de las parodias y bromas sobre Jesús, Dios, Buda u otras deidades han tenido una reacción similar a las que generan sátiras de Mahoma. Todas las religiones tienen creyentes devotos. Sin embargo, creer en un dogma irrefutable convierte al individuo en su prisionero. Desde afuera parece que una cadena constriñe su libre albedrío, tal vez desde adentro, quien profesa esta creencia agradece ser guiado por el camino que debe tomar. Independiente del valor individual de un dogma religioso, lo cierto es que quienes definen su identidad con base en su religión lucharán con vehemencia por defender el respeto de sus creencias.
 

La guerra de la intolerancia

 
Hoy existen más vías para que cada individuo opine y sea escuchado. Las redes sociales fortalecen la democracia y la pluralidad. Empero, la paradoja de la era informática es que entre más opciones tiene el individuo para expresar su punto de vista también hay más renuencia de quienes prefieren silenciar opiniones divergentes.
 
Cuando un grupo, sea católico, judío, ateo o musulmán, aboga por la intolerancia hacia quienes no profesan sus creencias, entonces el resultado siempre será desventajoso para quien se oponga. La tolerancia religiosa no puede silenciar la libertad de expresión. Tampoco son excluyentes, aunque en la actualidad lo parezcan.
 
La imperiosa necesidad de tolerar es el garante de la coexistencia. Sam Bacile dejó una huella en un mundo cada vez más intolerante. Hoy nadie conoce su paradero ni puede asegurar el bienestar de su futuro. Si hubiera tenido una bola de cristal para ver el futuro, es posible que Bacile no se hubiera aventurado a exhibir la Inocencia de los musulmanes. Sin embargo, una vez que se autocensura es difícil revertir este adoctrinamiento. Finalmente, la autocensura moderna se basa en un código de lo políticamente correcto, que no nos hace más sensibles, sino que nos silencia.
 
*Maestra en estudios de paz internacional por la Trinity College, de Dublin, Irlanda; politóloga e internacionalista por el Centro de Investigación y Docencia Económicas, de México
 
 
 
 
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 Fuente: Contralínea 304 / Septiembre de 2012
 
 

 

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