La mala reputación

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No cabe duda que derrotas catastróficas, como la sufrida por los panistas durante las recientes elecciones presidenciales, suelen afectar la mollera, y los intentos por tratar de justificarlas, más que de explicarlas razonablemente, develan un entendimiento perturbado. Y los frustrados y patéticos esfuerzos por construir una coartada tragable, se tornan esquizofrénicos cuando la sobrecogedora sombra del principal responsable del desastre se proyecta amenazadoramente sobre de ellos y los obliga a incurrir en verdaderos desatinos.
 
Alguna vez Carlos Marx recordó las siguientes palabras de Hegel: “a falta de ideas se sale del paso con una palabreja”. Y los panistas nos han salido con una retahíla de palabras disparatadas para tratar apurar el sapo del humillante fracaso electoral, olvidándose de la prudencia de Catón el Menor: “yo empezaré a hablar cuando no haya de decir nada que fuera mejor no haberlo dicho” (Plutarco, Vidas paralelas).
 
Cuando nada sensato tiene que decirse, o no se quiere expresar, ya sea por el temor de ser anatemizado por hablar con la verdad, el riesgo de caer fulminado por el dedo flamígero del iracundo artífice del infortunio, o por cualquier otra razón, el silencio es el lenguaje perfecto y las palabras nunca podrán competir con él, porque tendrán que probar que son mejores. La vera del camino político está plagada de palabras mal heridas.
 
Pero en una nación republicana como la nuestra, bruñida por el imperio de las leyes, todos tienen el derecho de ser tan extravagante como se le pegue la gana, siempre y cuando no se afecte la dignidad de 50 millones de votantes, por ejemplo, como nos sermonea la autoridad electoral o Pedro Joaquín Coldwell. Y los panistas compiten para ver quién es el más estrafalario.
 
En la fase de “reflexión y autocrítica”, Carlos Gelista dice que el problema radica en el padrón “irreal” de militantes que facilitó la elección de aspirantes aventureros, interesados en los puestos partidarios. Como solución, propone depurarlo. María Elena Álvarez de Vicencio comparte esa “reflexión” y, “autocrítica”, denuncia a los ávidos de poder que mal gobernaron, se corrompieron y beneficiaron a sus grupos y ellos mismos, y formula la misma salida de Gelista. Otros señalan que Josefina Vázquez, que se encuentra desaparecida en cualquier rincón europeo lamiéndose las llagas, no era la candidata adecuada. Es innegable que la señora fue una candidata mediocre, condenada al fracaso. Pero los otros competidores, como Ernesto Cordero o Santiago Creel, en poco o nada se diferenciaban de ella y también estaban condenados a seguir la misma suerte. Al margen de su talento, sobre cualquiera de ellos pesaban, como lápidas, otros factores que les aseguraban resultados desoladores.
 
Felipe Calderón reconoce escuetamente su corresponsabilidad en el infortunio, propone recuperar los valores y principios originales del Partido Acción Nacional (PAN), revisar la afiliación y selección de candidatos y dirigentes y lamenta que no se hayan podido traducir “los logros” de su gobierno en votos, mientras disputa los despojos del partido. Los 900 millones de pesos que derrochó del presupuesto en tres años para maquillar su sangrienta imagen se fueron inútilmente y sólo sirvieron para abultar las ganancias de Televisa (131 millones) y otras empresas. Cecilia Romero, con espíritu de cafre, filosofa: “a lo mejor trae baja una llanta, a lo mejor le hace falta cambiar de aceite y muchas cosas, pero el partido va caminando y seguirá caminando”. Gustavo Madero repite el mismo chocante sonsonete.
 
Pero en la disputa por el PAN con Felipe Calderón, Gustavo Madero en sus Reflexiones para la reforma del PAN, añade un par de elementos. Uno es su crítica por el avasallamiento ejercido por los ejecutivos panistas sobre el partido, es decir, Vicente Fox y Felipe Calderón. Otro, sibilino, es la invocación de palabras intrascendentes de Carlos Castillo Peraza.
 
La mención de Castillo Peraza es, por sí misma, llamativa. Como se sabe, éste fue mentor político de Calderón y, al final de su vida, no ahorró palabras en honor al deshonor del michoacano, y cuyo valor eran superiores al silencio y, por tanto, tenían el derecho de decirse. Sin saber que asaltaría la Presidencia de la República (pues murió en el 2000), en 1997 y 1998 no dudó en calificarlo como un individuo “inescrupuloso, mezquino, desleal a principios y a personas, descortés, prepotente, colérico, receloso, ocurrente, abusivo, alcohólico”, entre otras lindezas. (Zócalo Saltillo, Álvaro Delgado, 15 de agosto de 2010. http://www.zocalo.com.mx/seccion/articulo/desnudan-cartas-a-felipe-calderon). Es obvio que Castillo Peraza hablaba por las sangrantes heridas ocasionadas por la traición y las humillaciones que le infligió Calderón. Pero también conocía al político que, en mala hora, apadrinó durante algún tiempo.
 
Con unas cuantas y despiadadas pinceladas, delineó su personalidad en su trayectoria ascendente hacia la Presidencia, rasgos que se agudizaron con sus excesos de poder y que, al cabo, se convirtieron en la principal causa de la derrota panista, la cual, posiblemente, mantendrá alejada a esa organización de la Presidencia por varios sexenios, si no es que definitivamente. Aunque no del cogobierno. Porque sus hermanos siameses de la derecha priísta requerirán de sus servicios desde el Poder Legislativo. Sin embargo, no es lo mismo ceñirse la corona que ser el mozo de cuadra, que para cobrar sus dividendos, antes tendrá que realizar el trabajo sucio. De hecho, los panistas todavía tendrán que asumir otros efectos en cascada: la pérdida de más gubernaturas y alcaldías en juego. Sólo recogerán los mendrugos de los puestos públicos, cuyos usufructos son francamente pírricos.
 
A diferencia del Partido Revolucionario Institucional (PRI), no arraigó a señores de horca y cuchillo –quizá sólo en las tierras cristeras de Guanajuato– que, desde sus cacicazgos, contribuyeron generosamente para que Enrique Peña pudiera comprar la Presidencia en el mercado negro de la política, espacio desde donde éste, como policía, velará por los intereses de Emilio Azcárraga, Ricardo Salinas, Juan Cortina, los Eduardo Ruiz y Sánchez Navarro, Flavio A Díaz, Ricardo Martín Bringas y Pedro Dondé, entre otros insaciables hombres de presa (esos depredadores que no tienen escrúpulos en arrojar al basurero de la historia a sus vasallos cuando ya no les son útiles). Llevándose una pieza a la nariz, el emperador Vespasiano dijo: “pecunia non olet” (“el dinero no huele”) cuando su hijo Titus le reprochaba que el dinero proviniera de un impuesto sobre el uso de las letrinas.
 
Los dirigentes como Madero no pueden eludir su corresponsabilidad en el fiasco, al igual que los legisladores, gobernadores o munícipes del mismo partido. Se comportan como los priístas cuando fueron derrotados en 2000. A unos y otros, en sus sesudas “reflexiones”, sólo les faltó culpar a las manchas solares o al cambio climático de su infausta fortuna, por cierto, festejada por las mayorías.
 
En justicia, empero, debe decirse que nada podían hacer para tratar de evadir el despeñadero, salvo tomar distancia de Felipe Calderón desde el principio de su mandato. Pero ni ellos ni Vázquez Mota lo hicieron. De todos modos, no hubieran logrado alterar el destino que, como equipo mal avenido, todos asistieron a labrarlo.
 
Como los priístas lo hicieron en su momento, que rehusaron a señalar a Ernesto Zedillo, los panistas se niegan a reconocer al artífice del naufragio.
 
Sabemos que Felipe Calderón es un consumado embustero. Cuando lamentó que “los logros” de su gobierno no se hayan logrado convertir en votos, él mismo sabía que mentía descaradamente (a menos que, en la agónica descomposición de su sexenio, su extravío mental sea absoluto), porque justo por sus “logros”, los votantes decidieron arrebatarle la corona y eyectarlo, junto con sus falanges azules.
 
Al margen de que haya o no perdido absolutamente la razón, lo que sí es evidente es que los panistas pagan las consecuencias por la manera absolutista, despótica, con que Calderón ejerció el poder, emulando a los trogloditas del priato, ya sea de las hordas “nacionalistas”, “populistas” o “modernas”, sometidas a la lobotomía neoliberal en la escuela de Chicago.
 
Nada les dice que Felipe Calderón concluya su mandato como lo empezó, al igual que Fox, Emilio González Márquez o Ignacio Loyola, por citar a algunos capos panistas: hundido en el fango de los abusos de poder; pisoteando el estado de derecho, con la complacencia de los poderes Legislativo y Judicial; la depredación del presupuesto; la desvergonzada corrupción y saqueo de los recursos de la nación, en connivencia con el clero, la oligarquía aborigen, entre ellos los dueños de Televisa y Tv Azteca, la elite panista-priísta y de otros partidos, y extranjera; la embestida en contra de los derechos sociales y civiles de la población; el genocidio económico neoliberal cometido en contra de las mayorías; doblegando y sometiendo a la nación a los intereses hegemónicos estadunidenses; como un cruzado anticomunista, militante de las mejores causas de la falange ultraderechista cristera-franquista-“gusana” (recuérdese el minuto de silencio que solicitó, el pasado 23 de julio, en memoria de Oswaldo Payá, cubano-cristiano-“soldado de la libertad”-agente estadunidense en Cuba), postura, ésta última compartida por individuos como Jorge Castañeda.
 
¿Qué otra cosa podría esperar de alguien que como Carlos Salinas de Gortari y Enrique Peña Nieto, asaltó la Presidencia, arropado por los golpistas oligárquicos?
 
Qué otra reacción esperaban los panistas de los electores, luego de que durante seis años Felipe Calderón sometió bárbaramente a la nación a su terrorismo de estado y un baño de sangre, cuyo número de muertos, heridos, golpeados, amedrentados, encarcelados, secuestrados o desaparecidos es incierto, aunque no tuvieran nada que ver con la delincuencia. Lo más grave es que parte de esas atrocidades han sido y son cometidas por las bandas criminales del Estado –los militares y las diferentes policías– con la mayor impunidad y la protección del mismo Calderón, quien como responsable constitucional de las Fuerzas Armadas es un candidato digno para ser enjuiciado por crímenes de lesa humanidad, como el serbio Slobodan Miloševi?, los argentinos Jorge Rafael Videla o Alfredo Astiz, el Ángel rubio o Ángel de la muerte, o el chileno Jorge Eduardo Acosta, el Tigre.
 
En enero de 2012 los calderonistas callaron cuando supuestamente el número de muertos llegó a 47 mil 500. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía contabiliza 95 mil 600 asesinatos entre 2007 y 2011. En marzo, el secretario de la defensa estadunidense, Leon Panetta, aventuró la cifra de 150 mil asesinados en la “guerra” contra el narcotráfico, la cual existió, porque, en realidad, fue una estrategia calderonista de terror en contra de la sociedad para someterla y alcanzar sus fines.
 
La apertura del ciclo escolar 2012-2013, en la que participó Felipe Calderón y la bruta lideresa magisterial Elba Esther Gordillo –¿de qué otra manera puede calificarse a una “maestra” que dice “dos mil treinta cinco mil docentes?”– sintetiza el tipo de alianzas que tejió el michoacano para legitimar su ilegitimidad.
 
La estulta justificación empleada por los calderonistas (“rescate”) para quitarle a Joaquín Vargas, dueño de MVS, el espectro radioeléctrico que se le había concesionado, hermana a Felipe Calderón con el más puro gorilismo priísta. Espectro que, seguramente, pasará a manos de Emilo Azcárraga y Ricardo Salinas, dos de los principales beneficiarios del pillaje de los bienes nacionales. Es el pago adelantado de Enrique Peña, a través de Calderón, al crimen organizado que le ayudó a robarse la Presidencia.
 
Tal y como empezó, Calderón termina con sus tropelías. Y como Zavalita, los panistas se preguntan cínicamente: “¿En qué momento se jodió el Perú?”
 
Simpática, nuestra glamorosa democracia, donde llega un gobernante de la alternancia que asalta el poder, actúa como el peor de los pillos, se va frescamente, y llega otro, en el retroceso de la alternancia, con el mismo método empleado por su antecesor, y no pasa nada. Ello habla bien de la salud de la República, de sus instituciones y sus garantes.
 
Como en la Revolución Francesa, cuando se canse y se rebele el pueblo ¿se cortarán 6 mil cabezas para ahorrar 20 mil? Marat exigía 3 mil si eran necesarias para consolidar la revolución.
 
*Economista
 
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Fuente: Contralínea 300 / Septiembre de 2012