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El furor por la independencia alcanzada hace un año ya ha pasado. Ahora los sursudaneses buscan cómo enfrentar un desfalco de 4 mil millones de dólares, la pobreza, el analfabetismo y los altos índices de mortalidad infantil. El fantasma de la guerra no se disipa por completo del Cuerno de África

  Juan Carlos Díaz Guerrero/Prensa Latina
 
El apretón de manos entre el presidente Omar Hasán al Bashir, de Sudán, y su homólogo de Sudán del Sur, Salva Kiir, abrió nuevas esperanzas para solucionar la crisis entre ambos Estados africanos que hasta el año pasado había sido un solo país.
 
Los mandatarios se encontraron a principios de julio en la XIX Cumbre de la Unión Africana (UA) celebrada en Addis Abeba, Etiopía, un año después de la proclamación de la república de Sudán del Sur el 9 de julio de 2011, después de décadas de guerra civil y un referendo.
 
Si bien persiste la incertidumbre sobre cuándo y cómo los dos países resolverán sus diferencias, algunas de ellas muy agudas, el compromiso de ambos de negociar mediante el diálogo fue calificado de alentador por medios diplomáticos africanos para encontrar una solución política.
 
Al Bashir y Kiir se comprometieron con un “nuevo espíritu de asociación estratégica”, afirmó el comisario de Paz y Seguridad de la UA, Ramtane Lamamra.
 
“Ello incluye el hecho de no volver a recurrir de nuevo a la fuerza para resolver sus diferencias”, aseguró.
 
Endre Stiansen, enviado especial de Noruega para Sudán y Sudán del Sur, manifestó a periodistas su satisfacción por la labor de mediación de la UA para incentivar la plática entre las dos naciones y evitar atizar las diferencias, hasta ahora, irreconciliables.
 
“Estamos llegando al final del plazo y por lo tanto es esencial que se mantenga la presión sobre ambas partes”, señala al referirse al tiempo otorgado (2 de agosto) por Organización de las Naciones Unidas (ONU) para que solucionen sus diferencias.
 
El organismo mundial expresó su preocupación por las demoras en el proceso de negociación.
 
Primer aniversario: de la euforia a la incertidumbre
 
De la euforia vivida el 9 de julio de 2011 por los más de 8 millones de sursudaneses quedó sólo el destello, que dio paso a una atmósfera sombría y de incertidumbre, sin avizorarse en el corto plazo soluciones perdurables.
 
Sudán del Sur celebró el primer aniversario como Estado independiente en medio de problemas recurrentes y otros germinados con la naciente república, que enfrenta el reto de avanzar en medio de las dificultades.
 
Por si fuera poco, después de dos décadas de conflictos armados tiene por delante la misión de reconstruir el país, los servicios de administración, de infraestructura y de base.
 
Esta nueva nación quedó estructurada en 10 estados federales: Alto Nilo, Bahr el-Ghazal del Norte, Bahr el-Ghazal Occidental, Warab, Unidad, Jungali, Lagos, Ecuatoria central, Oriental y Occidental.
 
La escisión de la zona Sur, de mayoría étnica africana y confesiones tradicionales y cristianas del resto de Sudán –musulmán y árabe– arrastró consigo problemas seculares, como hambre, pobreza, inseguridad, corrupción y violencia interétnica, al tiempo que generó otros que dificultan aún más la vida del nuevo país.
 
Ahora, entre los temas en disputa, están el diseño de una frontera común con Jartum, la distribución de los ingresos por los recursos petroleros y la definición de zonas en litigio, entre ellas la localidad de Abyei, escenario de choques militares entre ambos gobiernos y cuyo subsuelo es rico en hidrocarburos por explotar.
 
Sudán del Sur intenta hoy alcanzar la verdadera independencia económica y política; y si se quiere hasta territorial, ya que, para colmo de complicaciones, aún no tiene delimitadas sus fronteras con el vecino septentrional.
 
Algunos datos muestran la depauperación en el sector de la salud, en el que sólo el 19 por ciento de los partos son atendidos por profesionales sanitarios y uno de cada siete niños muere por causas curables antes de cumplir los cinco años.
 
El 73 por ciento de la población adulta es analfabeta; y la matrícula en el nivel secundario asciende sólo al 6 por ciento de la población en edad escolar.
 
A lo anterior debe añadirse la carencia de infraestructuras, la debilidad del Estado para ejercer su autoridad más allá de la capital, y el recrudecimiento de los conflictos armados internos con la consiguiente avalancha de desplazados y la agudización de la crisis alimentaria.
 
Junto a ello, el impacto de una brutal sequía que se extiende a toda la zona del Cuerno Africano hacia el Este y el Sahel en dirección al Occidente.
 
Los choques violentos entre las tribus en varias partes del país crean temores en relación con la unidad de Sudán del Sur.
 
Médicos Sin Fronteras estima los desplazados en 120 mil y considera que los índices de mortalidad, sólo en el campamento de refugiados de Jaman, duplican el nivel considerado de emergencia.
 
La corrupción es otro fenómeno latente, al extremo de que el primer mandatario, Salva Kiir, admitió que 45 funcionarios robaron nada menos que 4 mil millones de dólares destinados a los servicios públicos básicos.
 
Para recuperar ese agujero negro en los fondos públicos, el gobierno creó una cuenta que sólo había ingresado unos 60 millones de dólares: los nombres de los autores del desfalco se mantienen ocultos.
 
El cierre de la frontera tras la proclamación de la independencia, como consecuencia del acuerdo firmado por el gobierno en Kenia en 2005, derivó en el incremento del 200 por ciento de los precios en los artículos de primera necesidad, según la ONU.
 
A ello habría que añadir el cese de la producción petrolera, equivalente al 98 por ciento de los ingresos, que redujo de manera drástica las entradas en divisas fuertes y provocó una debacle en la economía por una devaluación del 40 por ciento en la moneda local, la libra sursudanesa.
 
El enfrentamiento en la zona de Heglig, también rica en hidrocarburos, entre los ejércitos de Jartum y Juba llegó al paroxismo cuando tropas del segundo la ocuparon durante 10 días.
 
Riek Machar, vicepresidente sursudanés, admitió en un balance en ocasión del aniversario de la proclamación de la independencia, que las autoridades no han satisfecho las expectativas de la población, y atribuyó el fracaso “a las dificultades imprevistas que fueron encontradas”.
 

 Progresos lentos y desiguales

 
En ese contexto, las presiones de la Unión Africana y las Naciones Unidas obligaron a los contendientes a sentarse a la mesa de negociaciones para  abrir un proceso que se anuncia largo y cuesta arriba por la cantidad y magnitud de los diferendos que los separan.
 
Por tercera ocasión, Sudán y Sudán del Sur reanudaron el 5 de julio pasado, en Etiopía, conversaciones para intentar resolver las diferencias que impiden el buen desenvolvimiento de las relaciones bilaterales.
 
La delegación de Jartum estuvo presidida por el ministro de Defensa, Abdelrahim Mohamed Hussein, mientras que por Juba la encabezó el jefe negociador, Pagan Amum.
 
Omer Dahab, portavoz sudanés, declaró a periodistas que, pese a no alcanzarse acuerdos, las negociaciones constituyen un “destello de esperanza”.
 
Estas pláticas, aún en curso, dan continuidad a las celebradas el 30 de mayo y el 8 de junio.
 
Pese a los limitados progresos del diálogo, Amum se mostró optimista, al igual que la representante especial de la ONU para Sudán del Sur, Hilde Jonson, quien señaló que las negociaciones evolucionan.
 
El expresidente de la Comisión de la UA, Jean Ping, al inaugurar la reunión del Consejo de Paz y de Seguridad del bloque panafricano en Addis Abeba, reconoció progresos “lentos y desiguales” en la ejecución de la hoja de ruta confeccionada por la UA para intentar hallar una solución a la crisis, la cual, a todas luces, tiene más aristas invisibles que evidentes, aunque todas igual de complejas.
 
 
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