Calderón, PAN; y Ebrard, circo

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El centro quiere llamarse izquierda;
la derecha quiere llamarse centro […]
Ambos son la democracia sin el pueblo
 
Maurice Duverger, La democracia sin el pueblo
 
El Senado ha actuado a la manera del Senado de la república romana. Y en esta comparación, los diputados federales han actuado como manifestación de la partidocracia: jalando para con sus respectivos candidatos, en lugar de posponer lo que divide para cooperar, legislativamente, con los intereses que benefician a la nación si es que a ésta representan y no a sus facciones. Los congresos de los estados y la Asamblea Legislativa del Distrito Federal hacen más de lo mismo: sirven al desgobernador en turno y al jefe de gobierno defeño, marginando a la sociedad que pide beneficios colectivos.
 
Y así se desdibuja la democracia y se pervierten los fines del republicanismo. Con lo cual, “la democracia sin el pueblo de todas maneras tiene una ventaja: el pueblo no se siente responsable de ella”, como concluye en su memorable ensayo Duverger. Y para distraer a las capas sociales menos comprometidas políticamente, esos gobernantes les ofrecen toda clase de distracciones, y el clero político organiza fiestas religiosas con el pretexto de celebrar lo más frívolo de los acontecimientos; y privatizando las fechas históricas, relegan aquellos sucesos nacionales y universales que merecen recordarse y celebrarse.
 
Calderón ha ido a postrarse ante la corte papal, asiste a misa para confesarse, comulgar y rezar por el milagro de que la inseguridad que ha cobrado más de 60 mil vidas se transforme en una paz social que supla a la Civitas Diaboli por la Civitas Dei. En las entidades recibieron la figura de cera y hábitos de un papa en preparación de la visita de Joseph Ratzinger, exmilitante de las juventudes nazis y quien ha insistido en amenazar a la humanidad de que “el infierno es una posibilidad real” (La Jornada, 9 de febrero de 2008; y consultar el ensayo Contra Ratzinger, editorial Grijalbo, traducido del italiano por María Pons Irazazábal), para apuntalar a su candidata presidencial, una vez que ya crucificaron el Artículo 24 constitucional embistiendo al Estado laico.
 
Así le arrimaron votos a la derecha depredadora en el cargo presidencial. Con las varias “pistas” de la anestesia circense, Ebrard quiso ganarse el populismo antidemocrático, degradante y envilecedor, mientras los graves y grandes problemas de la ciudad en manos del mal gobierno antirrepublicano no tuvieron respuesta. En tanto que él y su grupo nadan de a muertito en las cloacas de la corrupción administrativa, los contratos empresariales y los negocios al amparo del abuso del poder. Ebrard y Calderón tuvieron un factor común en Peña Nieto, otro devastador politiquillo en el Estado de México.
 
Calderón ha resultado peor que Fox, y Miguel Ángel Granados Chapa lo analizó en su penúltima columna “Marcelo Peña y Enrique Ebrard”. Muy bien la pudo titular Calderón-Fox. El espectáculo calderonista son sus actos de cirquero con sus malabarismos económicos, maldades políticas (¿ya tenemos de facto el golpe militar, cuando todo el país es patrullado por soldados, marinos y la policía federal?) y su desprecio al pueblo, marginando las demandas sociales de 50 millones de pobres, 12 millones en las calles en el comercio informal y 20 millones más en el desempleo.
 
Los mexicanos somos más de 112 millones, con un 90 por ciento sobreviviendo con máximo cuatro salarios mínimos, dentro de una inflación manipulada por comerciantes mayoristas, banqueros y financieros rapaces, intermediarios que compran barato y venden carísimo. Y los servicios y bienes gubernamentales en constante alza y abusivos impuestos, mientras la burocracia calderonista y el mismo Calderón manotea las entradas multimillonarias en dólares de Petróleos Mexicanos. Sin embargo, no hay pan, pero sí PAN (Partido Acción Nacional) con sus espectáculos electoreros, sus funcionarios ladrones (por ejemplo en Pronósticos Deportivos, donde Calderón solamente despidió a su anterior director, Adolfo Blanco Tatto sin fincarle responsabilidades por su millonaria fortuna personal; o la prima hermana de su esposa, enriquecida y responsable, con otros compinches, del incendio de la guardería sonorense, etcétera).
 
Y su más amigo que enemigo, resolviendo con arreglos en secreto a través de Camacho, la ecuación nazi-fascista del “amigo-enemigo” de Carl Schmitt, para ser cómplices de la política como espectáculo: circo con pistas de hielo, desfiles religiosos del barbón con traje rojo y los dizque reyes magos… Mientras Calderón se hinca en la iglesia guadalupana, se confiesa (confundiendo pecados con abusos políticos) y comulga en vísperas de ir a postrarse ante el ultraconservador y derechista Ratzinger, de pasado nazi (al militar en las juventudes hitlerianas), tapadera de millones de violaciones sexuales a manos de curas que abusan de niños y jóvenes, desprecian a las mujeres y viven satisfechos con su mal fingido celibato.
 
Será largo el final del calderonismo y ebradorismo, de consecuencias negativas en lo social y sangrientas en la pavorosa inseguridad. Calderón y los suyos, empezando por Lujambio con su Estela de Luz, han sido una estela de corrupción que contribuyó al circo para distraer a unos estratos de la sociedad que caen en las redes de la política como espectáculo. Un circo que Ebrard y sus asesores han presentando a lo largo del año (contratos millonarios para presentar cantantes, conciertos y otros entretenimientos) y convertido en reuniones proselitistas. Calderón, con su PAN, completa lo de que al pueblo, en lugar de empleo, mejores salarios, atención médica, más escuelas, control de la inflación y paz-tranquilidad pública, nada como Televisa, futbol, toros, pistas de hielo, etcétera. Por cierto, no todo el pueblo es arrastrado a esa irrealidad, por lo que las muestras de inconformidad social mantienen encendida la lucha para rescatar a la democracia sin el pueblo del circo y el PAN.
 
*Periodista
 
  
Fuente: Contralínea 292