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El señor Calderón, a punto de irse de Los Pinos (y su búnker, construido para eludir riesgos ante el armamento de punta de los matones del narcotráfico), intentó imponer la censura previa, que la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos prohíbe, a la información respecto a los hechos, actos y omisiones de su “no-guerra” contra la rebelión armada de las delincuencias, pero ha resultado un acuerdo fallido. Censura previa que “ninguna ley ni autoridad puede establecer”, pero que Calderón, Televisa y algunos otros medios de comunicación quisieron imponer en una complicidad pública, para evitar que los mexicanos, como opinión pública, estuvieran enterados. Con única  finalidad de silenciar los homicidios culposos e imprudenciales que la subcultura jurídica del abogado jusnaturalista Calderón llama “daños colaterales”.
 
No prosperó la perversa iniciativa de editores, concesionarios y comunicadores. Falleció ipso facto, es decir, por el hecho mismo de ser una estupidez autoritaria. Los medios de comunicación que, por servilismo al “señor presidente”, convinieron en ponerse esa soga al cuello a la espera de que esta censura previa sirviera para colgarlos derogando los Artículos 6 y 7 constitucionales, ellos mismos se la quitaron y dejaron que sus reporteros continuaran cumpliendo con su derecho a informar y el resto de los periodistas analizara, evaluara e incluso criticara la información, ofreciendo sus puntos de vista a lectores, radioescuchas, televidentes, como a través de internet y los nuevos sistemas de información para su difusión.
 
Calderón y sus empleados directos, encargados del despacho de los asuntos de la administración pública federal (centralizada y paraestatal), no han dejado de ensayar fines autoritarios y, por tanto, inconstitucionales. El “acuerdo” sobre las rodillas (y las espaldas de quienes se agacharon para aceptarlo), buscó seleccionar la información que debería ofrecerse a los mexicanos, censurando previamente aquellas partes que de manera veraz y contrastante recogía en sus fuentes directas lo que ocurría respecto al combate a sangre y fuego de las fuerzas militares y policiacas federales contra la rebelión delincuencial que ha interrumpido, en partes del país, la vigencia constitucional como imperio de la ley a través de los poderes del Estado.
 
No por ingenuidad, sino por maldad antidemocrática, el Partido Acción Nacional-calderonismo pretendió con su dedo inquisidor ocultar que a lo largo y ancho de nuestra geografía los narcotraficantes, entre ellos y contra los militares y policías, disputan el territorio como cotos de caza para sus sembradíos, rutas de comercialización y de paso hacia el mercado consumidor estadunidense. Y son protegidos por lavadores de dinero en complicidad con funcionarios municipales, gobernadores y federales que traicionan a la nación, para repartirse el botín y enriquecerse ilícitamente.
 
La sociedad ha de ser informada de cuanto sigue aconteciendo como exige la más elemental democracia, si es que el pueblo ha de tener el máximo de elementos para juzgar a sus gobernantes y a todos aquellos que participan en la vida pública nacional. Ni siquiera, pues, los apresurados suscribientes y sus corifeos en algunos medios de comunicación que rastreramente aplaudieron esa complicidad cumplieron las estupideces de no publicar ni difundir los hechos sangrientos de la “no-guerra” calderonista. En cuanto lo firmaron lo echaron a la basura del calderonismo y el inquilino de Los Pinos recibió en su nariz el olor a censura que quiso imponer. Esa censura previa de Calderón tiene un parecido a la medida establecida en 1660 que desató la “guerra de la prensa”, que culminó con la Revolución Inglesa de 1688, cuando tuvo lugar “criticar los postulados del mercado desde los valores del Maquiavelo republicano y sus continuadores” (John Greville Agard Pocock, El momento maquiavélico. El pensamiento político florentino y la tradición republicana atlántica, Editorial Tecnos).
 
Más de cuatro siglos después de que se impuso la previa censura, Calderón y sus ignorantes epígonos, encabezados por Televisa y secuaces en alguna prensa escrita y oral, volvieron a tener esa ocurrencia en el contexto de la “no-guerra” que sufre la nación con miles de homicidios, crímenes de lesa humanidad de mexicanos que han caído víctimas de errores tácticos y estratégicos y una tensión social por el terror… Más de cuatro siglos después, Calderón quiso establecer otra vez esa censura previa que la dinámica de la información echó a la basura.
 
*Periodista
 
 
 
Fuente: Contralínea 291