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La juventud mexicana se merece una ovación. El viernes 11 de mayo, en una expresión de patriotismo, justicia y libertad, los estudiantes de la Universidad Iberoamericana detonaron una bomba comunal contra el silencio. Ésta estalló y abrió paso a gritos, reclamos y emociones embotelladas durante años, al unísono de “Peña Nieto, la Ibero no te quiere”. El candidato priísta no pudo haber sospechado que desencadenaría la ira de miles de estudiantes ni que sería un integrante imprescindible de la “primavera mexicana”.

 
La protesta estudiantil fue tan impredecible como intempestiva, tan pasional como inspiradora y tan gratificante para muchos como aterradora para otros. Un grupo de estudiantes podría ser responsable de la vertiginosa caída del candidato protegido, mimado y custodiado por los medios de comunicación y las elites políticas. Así se levantó una población joven, que demostró que no dormitaba sino que observaba con preocupación la sombra del Partido Revolucionario Institucional que se avecinaba.
 
El control de daños del equipo de Peña Nieto reflejó estrategias arcaicas y autoritarias del viejo priísmo: callar a la población y desmentir los hechos. Al día siguiente un número vergonzoso de diarios difundió el “éxito” rotundo del candidato que huyó de una universidad. ¿Qué tan diferente es entonces la censura periodística en México o en países como China, que al menos la reconocen?
 
El informe Freedom House, por segundo año consecutivo, señala que México es un país sin libertad de prensa. Indica que “en la sociedad civil mexicana se critican estas prácticas oligopólicas [de Televisa, Tv Azteca y Telmex], pero la falta de voluntad política impide que funcionarios y políticos se enfrenten a los poderosos medios de comunicación y las empresas de telecomunicaciones”. Las noticias suelen ser propagandísticas más que informativas. Así, el país censurado es el país en el que todo aparenta estar bien.
 

La primavera mexicana

 
La respuesta de los estudiantes a los medios de comunicación que tergiversaron los hechos del 11 de mayo fue un reto frontal a la censura. No sólo mostraron que no eran “porros” ni “acarreados”, sino que en un video 131 participantes del movimiento revelaron su identidad. En un país donde basta un nombre para ser posible víctima de extorsión, secuestro o asalto 131 jóvenes mostraron que el miedo silencia mientras que la verdad libera.
 
El Movimiento Yo soy 132 es ya un ejemplo de acción colectiva entre universidades, estados y sociedad civil que se unieron a favor del libre acceso a la información y en contra de la mentira. El 23 de mayo este movimiento anticensura y apartidista reunió casi 20 mil estudiantes en una marcha del Zócalo hacia Televisa. Todos cantaron al coro de “voto informado nunca manipulado”.
 
Este movimiento le inyectó una dosis de vitaminas a la democracia mexicana. Mostró que sí se puede exigir un cambio. Las respuestas de los candidatos presidenciales han sido diversas, pero ninguno puede negar la importancia de las protestas. El agraviado Peña Nieto lanzó un Manifiesto por una Presidencia democrática. A un mes de las elecciones, este decálogo podría ser perjudicial para el candidato cuya credibilidad flaquea y a quien se le asocia con el autoritarismo.
 
Vázquez Mota ofreció dialogar con el Movimiento, pero también aseguró que quienes temen su triunfo son responsables de las protestas en su contra. Andrés Manuel López Obrador apoyó las protestas estudiantiles y, posiblemente por ello, subió a segundo lugar en los indicadores de votación (tracking poll, Roy Campos).
Éste es el momento en que los candidatos deberían responder a los reclamos de la juventud, no de atacarla. Al final, ésta podría tener un papel decisivo en el resultado de las elecciones.
 
El movimiento enfatizó que el derecho a la información debería ser una garantía individual protegida por el Estado. Sin embargo, es justamente el gobierno federal, y algunos gobiernos estatales, quienes han enmudecido. El presidente Calderón aprovechó para opinar: “a diferencia de lo que ocurre…”. ¿Qué mejor manera de deslindarse de toda responsabilidad de haber tenido que garantizar el engranaje institucional para proteger el derecho a la información?
 

¿A qué le temen?

 
Cuando Carmen Aristegui denunció a Televisa por estar detrás de un desplegado en su contra, lanzó una pregunta clave: “¿A qué le tiene miedo Televisa?”. La televisora, al igual que muchos actores políticos, le teme a la información, a la democratización de los medios, al empoderamiento de los ciudadanos y a un impredecible giro que podría ocurrir en las elecciones.
 
Quien no valora el impacto de los medios sociales ni respeta la voz de los ciudadanos no merece gobernar. Quien prefiere callar a los que debe escuchar no representa más intereses que los suyos. Quien ataca y engaña en lugar de negociar no tiene los valores cívicos para sacar el país adelante.
 
Las protestas estudiantiles han logrado revivir el interés de la juventud ante el proceso electoral. Esto tiene un valor intrínseco y ha sido una inspiración para muchos mexicanos. La juventud contagia esperanza de un cambio que se genera desde la ciudadanía. Los mexicanos quieren ser escuchados, no quieren ser burlados más.
 
El Movimiento aún no se ha pronunciado a favor de un partido. ¿Yo soy 132 se mantendrá apartidista? ¿Algunas facciones adoptarán una afiliación partidista? A un mes de las elecciones el movimiento desconoce su impacto, pero tiene el potencial de cambiar el resultado electoral.
 
La posibilidad de un cambio real existe en el voto y también en la calles. En su Ensayo sobre la lucidez, José Saramago ofreció un escenario de terror para la clase política: durante las elecciones locales 83 por ciento de los votantes emiten un voto en blanco. El voto en blanco es una protesta válida. Sin embargo, en estas elecciones cada voto contará en un desenlace que ni las telenovelas de Televisa podrían personificar.
 
*Maestra en Estudios de Paz Internacional por la Universidad Trinity College de Dublín, Irlanda; politóloga e internacionalista por el Centro de Investigación y Docencia Económicas, de México
 
 
 
 Fuente: Contralínea 288

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