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La ocupación israelí de Jerusalén oriental no puede borrar por completo la cultura que subyace bajo modernos edificios construidos por los invasores. Tampoco, la historia ni la memoria de quienes fueron expulsados cuando eran niños y que hoy reivindican el regreso a sus hogares

  Pierre Klochendler/IPS
 
 
Lifta, Israel. “Ahí está el inicio de mi vida. Mi padre convocaba a la plegaria ’Allahu Akbar’ y toda la aldea lo escuchaba”, dice el palestino Yacoub Odeh, de 72 años, mientras señala una casa destruida en lo alto de una colina jerosolimitana.
 
Entonces Odeh tenía ocho años. Hoy, 64 años más tarde, evoca la Naqba, “gran catástrofe”, que recayó sobre el pueblo palestino durante la guerra que condujo a la creación del Estado de Israel.
 
Cientos de miles huyeron de sus hogares o fueron expulsados por las fuerzas del país naciente y, como Odeh, se convirtieron en refugiados.
 
La aldea de Lifta languidece en medio de las ruinas esparcidas entre la Jerusalén occidental, israelí, y la oriental, ocupada por Israel. Para muchos palestinos, el lugar simboliza el recuerdo de la tierra perdida y la falta de un Estado propio. Allí, Odeh vuelve a sentir la libertad y la paz.
 
Ahí, entre las murallas seguras de su infancia, acaricia con cariño las piedras sobrevivientes. “Por nuestra puerta entraba el sol matinal”, relata.
Muchas casas todavía están majestuosamente en pie. Lo que queda de la de Odeh es un hinojo silvestre y muros medio enterrados.
 
Antes de la guerra, Lifta era una aglomeración de 500 hogares, una comunidad rica de 3 mil personas que vivían en armonía: “El manantial, los jardines, los campos, la mezquita, la prensa de las aceitunas. Así era mi mundo”, recuerda. Y en sus oídos todavía suena el eco idílico de personas bailando y cantando.
 
“¿Cómo no ser acosados por ese fatídico día de febrero de 1948? Estábamos bajo sitio. Yo escuchaba a las pandillas sionistas disparando”, dice.
 
Una centena de palestinos fueron asesinados por milicianos judíos durante un ataque a la aldea cercana de Deir Yassin; el horror proyectó una ola de pánico: “De repente mi padre cargó a mi hermana y a mi hermano. Cruzamos el valle, trepamos la montaña, y nos llevamos sólo lo que había en nuestras mentes, nuestros recuerdos… En unos momentos nos convertimos en refugiados”, narra Odeh.
 

En semanas no quedó ni un alma en aquella aldea de 2 mil años.

 
Y un sólo año bastó para que la mayoría de los que aún vivían allí –en lo que después sería parte del Estado de Israel– se volviera una minoría a la que se le negó el derecho a la tierra.
 
En techos y pisos se hicieron grandes agujeros que volvieron inhabitable la aldea abandonada. La familia Odeh nunca volvió a habitar en ese lugar. Nadie lo hizo. Pero los oriundos de Lifta no dejaron de soñar con regresar a casa.
“Nunca olvidaré ni perdonaré hasta que recupere mi derecho a ser libre en Lifta, en Palestina”, asegura Odeh.
 
Año tras año, el 15 de mayo, “Día de la Naqba”, los palestinos manifiestan su aspiración a cumplir lo que, insisten, es su “innegable derecho de retorno”. En este caso, los refugiados blanden llaves simbólicas como recordatorio de los hogares que perdieron.
 
Según la Oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo, actualmente hay más de 4 millones registrados, dispersos por Oriente Medio.
 
La mayoría de los israelíes consideran que el histórico reclamo palestino es “una amenaza existencial”.
 
Creen que el cumplimiento del “derecho de retorno” destruiría su Estado desde adentro, dado que la absorción de millones de palestinos alteraría irrevocablemente su mayoría judía.
 
Según Odeh, “hay suficiente lugar para musulmanes, judíos y cristianos. Debemos vivir juntos, igual que nuestros abuelos”.
 
Algunos esperan que el fantasma de esa sentimental solución de un sólo Estado termine alentando a Israel a negociar una solución política de dos Estados, y que Palestina absorba a la mayor parte de los refugiados.
 
Odeh personifica la historia de su pueblo. Poco después de su desplazamiento forzado, su padre falleció: tenía “el corazón roto”, dice. La familia se reasentó en Jerusalén oriental.
 
Él trabajó en una videoteca en Kuwait, estudió derecho en Beirut y militó en el Frente Popular para la Liberación de Palestina. Tenía 27 años cuando Israel conquistó el oriente de Jerusalén.
 
Al regresar, resistió la ocupación. Sentenciado en 1985 por un tribunal israelí a tres cadenas perpetuas consecutivas por “actividades terroristas”, fue liberado en un canje de prisioneros.
 
Actualmente es activista por los derechos humanos y autodesignado custodio de la memoria de su aldea.
 
Lifta es un paraíso para los hippies sin techo que la eligen y un refugio para los soldados con licencia en busca de serenidad. Y es una de las últimas aldeas vacías en pie después de la guerra de 1948.
 
En aquel entonces se destruyeron 500 de esas aldeas palestinas. Por lo general, lo que queda son terrazas, piedras mohosas y hierbas que señalan cementerios abandonados, añosas higueras silvestres o perales, y restos de muros.
 
Al seguir a Odeh en su recorrido por la aldea de su infancia, el visitante no puede dejar de admirar la belleza del lugar y la dignidad que de él emana, las cicatrices que la naturaleza y el tiempo fueron infligiendo, la invasión de la ciudad moderna y la nostalgia por el paraíso perdido.
 
En 1959, un decreto convirtió a esta codiciada zona en reserva natural. Queriendo emular la preservada aldea de Ein Hod, donde ahora vive una comunidad artística israelí; urbanistas de la Autoridad de Tierras de Israel intentaron convertir Lifta en un barrio lujoso.
 
Pero exhabitantes del lugar, respaldados por organizaciones israelíes de derechos humanos apelaron al tribunal distrital. En febrero, el plan se archivó. Por ahora.
 
“Queremos preservar Lifta tal como está, renovarla como museo histórico abierto para todos”, insiste Odeh. “¿Por qué quieren destruir este patrimonio cultural? ¿Para construir chalets?
 
“Palestinos, cristianos, judíos, musulmanes. Eso no importa. Lo que importa es poner fin a la ocupación, crear un Estado democrático”, dice Odeh. Y murmura: “La historia no irá siempre en la dirección equivocada”.
Entonces Odeh vuelve a su casa, que se encuentra a pocos kilómetros de aquél que alguna vez fuera su hogar.
 
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