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La imaginación crea la realidad
Richard Wagner
 
El simulacro nunca es aquello que oculta la verdad. Es la verdad la que oculta que no hay verdad alguna. El simulacro es cierto
 
Con la instantaneidad de la información, ya no queda tiempo para la historia
 
No hay afrodisíaco como la inocencia
Jean Baudrillard
 
La inocencia no tiene nada que temer
Jean Baptiste Racine
 
La realidad es irritantemente veleidosa. Hace cortocircuito con la simulación. Se niega empecinadamente a seguir de manera escrupulosa con la estrategia mediática que le fue construida para convertirse en una existencia imaginada. Aun en los lugares más imprevistos, como ocurrió en el sacrosanto negocio universitario de los jesuitas, irrumpe abruptamente, herética, indómita, hasta desquiciar a los que se han declarado como los propietarios de la verdad revelada, al grado de transformarlos en hilarantes energúmenos (como sucedió con Héctor Aguilar Camín, a quien poco le faltó para descuartizar vivo al periodista Jenaro Villamil); a esos mercenarios que sin el menor desdoro entintan sus plumas en los vertederos más rentables, y que con aturdidores golpes publicitarios tratan de convencer a los ignorantes votantes de un hecho consumado, providencial (consummatum est: todo está cumplido): el inquebrantable retorno electoral del ave fénix priísta. Con su flamante nuevo césar a horcajadas, acompañado por su gaviota real, cuya frívola y esquizofrénica tele-irrealidad trata de venderla como una mercancía afamada, glamorosa, estilizada como una Carla Bruni o una Jacqueline Kennedy.
 
Sobran razones que justifican la colérica respuesta de los cancerberos de Enrique Peña Nieto, los Pedro Joaquín Coldwell, Emilio Gamboa o Arturo Escobar, de los plumíferos del statu quo y de los monstruos de los grupos de poder, encabezados por Emilio Azcárraga y Ricardo Salinas, que crearon al engendro y que alquilan la franquicia del Partido Revolucionario Institucional para tratar de asegurar que la alternancia garantice la continuidad del viejo régimen autoritario-neoliberal, en contra de aquellos estudiantes de la Universidad Iberoamericana que, inusitadamente, rechazaron y cuestionaron ásperamente la presencia del candidato del sistema en sus instalaciones. Digo inusitado pero no imprevisible, dada la tradición de los jesuitas en la defensa de los derechos humanos, y el descontento, abierto o soterrado, que priva en diversos sectores de la población en contra del consenso autoritario: el sistema político opresivo, las elites depredadoras y su modelo económico neoliberal, y sus operadores nominales priístas y panistas. Respuesta que se ha manifestado en instituciones como el empresarial Tecnológico de Monterrey (aquí sí, increíblemente, despidieron masivamente al amoroso candidato de la “izquierda” –por llamarlo de alguna manera– institucional con el grito de “¡presidente!, ¡presidente!” y “¡es un honor estar con Obrador!”; y que llegó acompañado con la expanista Tatiana Clouthier y los desahuciados oligarcas Fernando Canales, Alfonso Romo y Cristina Sada), o en las universidades públicas como la de Querétaro, Coahuila o Guadalajara, donde los estudiantes, en una especie de termómetro social, muestran su malestar hacia los Partidos Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional (PAN), Verde Ecologista de México (PVEM) y Nueva Alianza (Panal).
 
Residual e involuntariamente, el alumnado de la Ibero no sólo reflotó el gorila diazordacista que los “nuevos” priístas y sus manipuladores de la información llevan dentro, y que los calificaron de “porros”, “acarreados”, “infiltrados”, descalificaciones aderezadas con las amenazas por parte de golpeadores a los 131 estudiantes que dieron la cara para refrendar su constitucional derecho a la libertad de expresión; matones que, por cierto, ya se presentaron en los cacicazgos priístas de Michoacán, Coahuila, Veracruz; en estos dos últimos estados arremetieron a golpes en contra de quienes se manifestaron en contra de Enrique Peña Nieto. También desnudaron a un Peña desorientado, carente de recursos para enfrentar adecuadamente las situaciones adversas, las cuales, naturalmente, aparecen ante quienes deciden participar en el circo político, irascible: “¡Chingada madre! ¡Estamos en campaña! ¿No te das cuenta?”, le gritó y manoteó al capitán Gustavo Cuevas, su jefe de seguridad, por empujar a una simpatizante, en su visita a San Luis Potosí, según dice Álvaro Delgado que testificó Jesusa Cervantes, ambos de la revista Proceso).
 
Pero lo fundamental es que con los gritos de “corrupto”, “feminicida”, “cobarde”, “asesino” y “Atenco”; los señalamientos a sus relaciones con Carlos Salinas de Gortari o Elba Esther Gordillo, entre otras lindezas, además del zapato de cortesía que le fue arrojado como rúbrica en su desesperada fuga del edificio (que rememoró al periodista Muntazer al Ziadi, que en 2008, al grito de “toma tu beso de despedida, pedazo de perro”, aventó su calzado al baby Bush, en su despedida de Irak, país al que sometió a un baño de sangre), los estudiantes perforaron el cuidadoso blindaje publicitario construido alrededor de Enrique Peña, el cual parecía invulnerable. Pusieron en duda a las encuestas y a los encuestadores mismos que lo presentan como imbatible, que lo perfilan como el inevitable triunfador electoral con un amplio margen que asimismo le redituará a su partido el control del Congreso de la Unión, como si la historia ya se hubiera escrito a partir de 2009, cuando el PRI se convirtió en la mayoría relativa en las dos cámaras y ganó diversas gubernaturas.
Los estudiantes abollaron la maquinaria y mostraron su fragilidad, hecho que ni Andrés Manuel López Obrador ha logrado, en virtud de su discurso y su campaña basados en la conciliación y la santa hermandad de clases que se impuso a sí mismo como una camisa de fuerza, con el objeto de presentarse como un candidato confiable, “moderno”, sin extremismos; ni Josefina Vázquez, que alegremente chapotea en el estercolero priísta para exhibir sus porquerías.
 
El rechazo y las consignas lapidarias de los chicos de la Ibero proyectaron sobre Peña las sórdidas tinieblas del pasado histórico priísta que se mantienen intactas, así como los saldos de su propio cacicazgo en el Estado de México, las cuales opacaron las luces de los reflectores con que se trata de agigantar escenográficamente la sombra de su figura, en aras de presentarlo como un genuino estadista, merecedor de dirigir el destino de la nación. Dañaron la “retórica de la ficción objetivada”, de la “hipersimulación”, de la “simulación ofensiva”, como dice Baudrillard, que busca mostrarlo con un pasado impoluto, y con un presente familiar y político edulcorado, buenmozo, de sempiterna sonrisa, carismático, experimentado, nacido en buena cuna, buen padre, católico, con una pareja encantadora (según los malintencionados, ella simboliza el matrimonio con Azcárraga-Televisa), ambos refinados, dinámicos, triunfadores, que recrean las bobaliconas novelas televisivas; de futuro rosáceo, como si hubiera sido elegido por los dioses para convertirse en el príncipe que resolverá los problemas heredados por el panismo y que agobian a la república. Con una campaña basada en aparentes hechos consumados, con un partido reciclado, como si la población conociera su supuesta eficacia y estuviera convencida de que cumplirá con sus compromisos una vez instalado en la Presidencia, que resolverá la inseguridad, que mejorará el desempeño económico y el bienestar, que será un césar democrático.
 
En suma, despeñaron el espectáculo mediático peñanietista, inodoro, la ficción vacía de contenido, superficial, que oscila entre el reality show y el unreality show, entre tele-realidad y la tele-irrealidad, y que ridículamente  le diseñaron los grupos de poder que anhelan encumbrarlo.
 
En parte, de lo anterior es responsable el propio Peña Nieto, ya que en su campaña ha mostrado sus limitaciones políticas e intelectuales que restringen el horizonte de su visión, su capacidad para improvisar y optimizar su competencia, su liderazgo, que cuestionan su elección como candidato. Su carrera, la gubernatura y su candidatura no se han forjado por méritos propios. Siempre ha vivido a la sombra de los grupos político-empresariales del Estado de México, tarea facilitada por el hecho de ser nieto, hijo y familiar de gobernadores de esa entidad. En especial de Arturo Montiel Rojas, que desde ese puesto lo apadrinó, lo llevó de la mano, lo nombró como su sucesor y lo apoyó a forjar los acuerdos necesarios para alcanzar la candidatura presidencial a costa de otros prospectos más capacitados, como Manlio Fabio Beltrones, que no le quedó más que apechugar, a cambio del futuro liderazgo de la diputación priísta y quizá otros beneficios. Manlio tuvo que postrarse ante el linaje del cachorro, elegido con la más rancia tradición antidemocrática priísta antes del registro de los candidatos. En correspondencia, Peña protegió a Montiel y evitó que diera con su osamenta en la cárcel, acusado de corrupción.
 
Obviamente, los acuerdos trascendieron el horizonte aldeano mexiquense hasta los grupos de poder: el clero católico político –el circo religioso de su boda y su viaje al Vaticano; su relación con el capellán del PRI, Onésimo Cepeda, y otros prototipos del religioso déspota, adicto a los grupos político-empresariales, al dinero y la mundanal frivolidad, violadores de las leyes; las contrarreformas constitucionales para ofrecerles más espacio e imponer en 18 estados gobernados por el PRI-PAN su visión cavernícola de la concepción o la fecundidad y que castiga penalmente el derecho de las mujeres a abortar–, los oligárquicos hombres de presa que amasaron sus fortunas con el pillaje del Estado y los recursos nacionales, legal e ilegalmente, y que posiblemente financian suciamente su campaña –los 24 que integran su consejo consultivo empresarial: Lorenzo Zambrano (Cemex), Blanca Treviño (Walmart),   Eduardo Sánchez Navarro (Grupo Aeroportuario del Pacífico), Flavio Díaz Mirón (Federación Mexicana de la Industria Aeroespacial), Juan Cortina Gallardo (Grupo Azucarero México) o Luis Orvañanos (GEO), entre otros; los señores de horca y cuchillo del sindicalismo priísta y de otros organismos, como Carlos Romero Deschamps; los caciques gobernadores priístas, que manejan corruptamente el erario y a sus estados como señores feudales; Elba Esther Gordillo y otros capos, como Jorge Emilio González.
 
Se ha dicho que retornaría un nuevo PRI sin identidad, mafioso. Lo único indiscutible es lo último. En realidad nunca se ha ido. Es el mismo partido, con sus pellejos añosos para los “nuevos” cachorros. La mutación de su piel “nacionalista-revolucionaria” se inició con Miguel Alemán (1946-1952), el “primer cachorro de la revolución”, según Vicente Lombardo, cuando los caudillos militares cedieron el gobierno a los civiles. Alemán aplicó un nuevo pacto social, favorable a la burguesía nacional y extranjera (por eso es conocido como “mister amigo”), basado en la represión, la corrupción, los bajos salarios, la antidemocracia sindical, la imposición de  líderes charros, ilegítimos y corruptos. Por eso se decía popularmente: “Los alemanistas se apoderaron de México, pero lo hicieron crecer”. Desde Miguel de la Madrid llegaron los cachorros de pelaje neoliberal, ideología y praxis político-económico que desde entonces no han mutado. Desde el Congreso, cogobiernan con el PAN el modelo neoliberal y al sistema despótico. Ambos partidos comparten su postura reaccionaria-clerical. Sus cuadros son genéricamente intercambiables.
 
Enrique Peña Nieto surge como el candidato ideal a la alternancia para el bloque dominante desde el momento en que el PAN se desacreditó socialmente y se convirtió en un peligro, ante el riesgo de que su derrumbe permitiera a la “izquierda” el acceso al gobierno,  a la que no quieren visceralmente, aún cuando ésta se desdentó para demostrarles que abandonó su ímpetu revolucionario.
 
Peña Nieto cumple los requisitos para satisfacer a las elites: a) es un déspota iletrado, tropical, como lo ilustró en Atenco. La delincuencia y la disidencia la atenderá con el estado policiaco-militar, el terrorismo estatal, la guerra sucia; b) su principado sería continuista neoliberal. Abraza el credo de la estabilidad ortodoxa y de las contrarreformas estructurales, causantes de la pobreza y la miseria generalizada, el pillaje y las grandes fortunas. Por eso propone ahondar la encubierta reprivatización energética, o la “flexibilidad” laboral, el asistencialismo “universal”, que implica la privatización de los servicios sociales, el impuesto al valor agregado a alimentos y medicinas. En la Secretaría de Hacienda, Luis Videgaray evitaría el riesgo del extravío porque es un Chicago Boy del ITAM-Tecnológico de Massachusetts, allegado a Pedro Aspe; c) es un reaccionario clerical. Su mediocridad conmovedora carece de sentido. No quieren un político pensante. Desean un siervo. Por eso lo apoyan.
 
El problema será para los que, con su afrodisiaca inocencia, le concederán su voto. Tarde se arrepentirán y sufrirán su error por seis años más.
 
*Economista
 
 
 Fuente: Contralínea 286