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El descubrimiento de grandes yacimientos de agua en África genera más zozobra que esperanza: las trasnacionales occidentales ya buscan de qué manera “ayudar” a los paupérrimos pueblos a sacar el líquido de las profundidades. Despojo y conflictos, en el panorama de las naciones empobrecidas

 
Antonio Paneque Brizuela/Prensa Latina
 
 
Una gran paradoja, y también un reto, afronta la humanidad con el reciente anuncio de científicos británicos sobre la existencia de una gigantesca reserva de agua en África, eterna sedienta de ese y de otros recursos.
 
El continente de los inmensos y tórridos desiertos, las sequías asesinas, la imagen mediática, el símbolo y hasta la caricatura, de la sed universal se entera ahora de que tiene más agua que muchos cristalinos oasis del planeta.
 
Aunque, contrario a lo que piensan muchos, no es África la región más requerida de agua, sino el Mediterráneo Oriental, por su creciente población, alto consumo y pocas fuentes. La noticia, sin embargo, impactó en el continente.
 
Los 1 mil millones de africanos recibieron la revelación británica (al menos los que se enteraron) entre el asombro y la alegría, sobre todo los 300 millones que más carecen de agua.
 
El estudio del British Geological Survey estima en 600 millones de kilómetros cúbicos el preciado líquido acumulado en el subsuelo de la región. Pero ahora el dilema que se presenta en el continente es cómo explotar esas reservas.
 

Primeras interrogantes

 
Los cuestionamientos iniciales en torno al tema están asociados al acostumbrado déficit financiero del continente, los desajustes estructurales de sus economías y la insuficiente ayuda de los Estados desarrollados.
 
África es un continente signado por escasas políticas sociales y económicas nacionales e internacionales, corrupción, desgobierno, crisis de sus gobiernos y hasta por la ausencia de ellos, como es el caso de Somalia.
 
¿Con qué medios perforar el extenso subsuelo de un continente que no puede afrontar sus problemas más acuciantes de subsistencia, como es la limitación de que sólo puede irrigar el 5 por ciento de su tierra fértil?
 
¿Cómo pensar en más recursos cuando la ayuda internacional hasta el momento es insuficiente incluso para sofocar el déficit de nutrientes que padecen 500 millones de habitantes, la mitad de su población?
 
Un enfoque demasiado optimista ante la buena nueva chocaría con el débil enfrentamiento a esa apremiante crisis alimentaria, causada precisamente por la escasez en general de agua y en particular por el déficit de lluvias.
 
¿Y qué decir sobre otros usos no económicos del preciado líquido como el sanitario, cuya posibilidad de satisfacer constituye ya no sólo un flagelo global, sino un tema permanente de agenda en foros y organismos internacionales?
 

Buenas y malas del estudio británico

 
El estudio, coordinado por el científico Alan MacDonald y publicado en la revista Environmental Research Letters, asegura que esas reservas bastarían para abastecer “incluso a las zonas más azotadas por la sequía”. Pero acto seguido afirma que la extracción del líquido “sería también lo más difícil, por la capa de granito que lo protege y la profundidad, en algunos casos de más de 250 metros”.
 
Ciertos resultados de la investigación, basada en sondeos y en mapas hidrológicos elaborados por los países del continente, parecen compensar la citada falta de lluvias: “Esas reservas existentes en la región –asegura MacDonald– equivalen a 20 veces el agua procedente de las precipitaciones de toda África en un año. ¡Un regalo de 20 años de aguaceros!”.
 
Las nuevas fuentes, que en su mayoría se localizan bajo algunos de los países más desérticos –como Argelia, Libia, Egipto y Sudán– podrían objetivamente “mejorar la productividad de los cultivos”, añade el estudio.
 
Los investigadores británicos hablan también con entusiasmo sobre grandes reservas acuíferas en Mauritania, Senegal, Guinea, Guinea-Bissau, Nigeria, Congo y la región limítrofe entre Zambia, Angola, Namibia y Botswana.
 
Sin embargo, advierten, muchos de esos depósitos no son recargables, porque se formaron hace cinco mil años en condiciones hidrogeológicas diferentes a las actuales.
 
La extracción para abastecer a la población sería posible en muchos países áridos y semiáridos, aunque no para cultivos intensivos, excepto en zonas del Norte, donde se requeriría para ello una infraestructura cara y compleja.
 
Pero en general, la explotación en aquella región podría realizarse con sencillos pozos, porque las reservas se encuentran a menos de 25 metros de profundidad.
 
“Las perforaciones industriales –alerta MacDonald– puede que no sean la mejor estrategia si se consideran criterios de sustentabilidad, pues la escasez de precipitaciones podría reducir el nivel de algunos acuíferos”.
 

El hambre no es sólo por falta de agua

 
La Asociación Global del Agua y el Consejo Mundial del Agua –integrados desde 1995 por organismos internacionales, gobiernos, la sociedad civil y el sector privado– elevan el debate a otras dimensiones.
 
Al evaluar el asunto, esas organizaciones coinciden en que la gestión del agua debe incluir aspectos “no solamente técnicos y medioambientales, sino fundamentalmente sociales, económicos y políticos”.
 
Un enfoque más específico sobre el tema relacionado con África, como el de Javier Guzmán, director de Veterinarios Sin Fronteras, les da la razón a los expertos de esas entidades: “Las causas del hambre en ese continente –dice el especialista en un lenguaje más directo– no hay que buscarlas solamente en la sequía o en las catástrofes naturales”.
 
Las carencias alimentarias “en gran parte, están provocadas por acciones de empresas y gobiernos extranjeros que hacen en la región lo que legalmente está prohibido hacer en sus países de origen”, añade.
 
La hambruna por déficit de lluvias, combinada con el alza de los precios, no ha tenido tampoco un eficaz respaldo en ayuda de la comunidad internacional, en particular de los países industrializados.
 

Otros estudiosos cuestionan la calidad del agua hallada

 
Como “atenuante” sobre las dificultades para afrontar esas reservas descubiertas, figura la afirmación de MacDonald, con respecto de que “no sería necesario invertir en tratamientos del agua, porque la calidad es muy buena”.
 
Sin embargo, al conocer la noticia sobre el hallazgo de los depósitos de agua, especialistas del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, de España, dijeron que será necesario someter esas aguas a “estudios locales y regionales”.
 
Carlos Martínez Navarrete, vocal de Hidrogeología del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos, insiste en esas investigaciones para “determinar en profundidad las características geológicas y geomorfológicas de los acuíferos hallados por la British Geological Survey”.
 
El experto advierte que esa agua puede no ser potable debido a causas naturales (exceso de flúor, arsénico u otros elementos) o antrópicas (bacterias fecales o nitratos, esto último, sobre todo, en zonas urbanas).
 
En términos geopolíticos y comerciales, el investigador alerta sobre la repercusión internacional de grandes explotaciones en el continente, que podrían desencadenar conflictos entre países por el reparto del líquido.
 
Pero la mayor preocupación ante el descubrimiento británico debiera estar relacionada con el creciente déficit mundial de agua y las posibles confrontaciones futuras sobre los grandes acuíferos del planeta.
 
África, asentada casi en toda su magnitud sobre esas colosales reservas de un recurso deficitario, se revela como gran competidora junto a cuencas como la del Amazonas, cuyo destino es disputado ya por grandes potencias.
 
Por otro lado, a la región podría ocurrirle con el agua lo mismo que con sus valiosos minerales –desde los primeros yacimientos y el inicio de la metalurgia en el año 600 antes de nuestra era (el hierro, en Egipto) hasta el día de hoy–: las grandes compañías occidentales podrían invertir y luego recuperar el dinero, las ganancias… y el agua.
 
 Fuente: Contralínea 286