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Hoy, el poder público viene a ser, pura y simplemente, el consejo de administración que rige los intereses colectivos de la clase burguesa
 
Karl Marx y Friedrich Engels, Manifiesto del partido comunista
 
 
¿Qué pueden esperar las mayorías de quien resulte triunfador de las próximas elecciones presidenciales?
 
Luego de la lúgubre y dilatada noche de la derecha neoliberal priísta (1983-2000) y del conservadurismo clerical-neoliberal panista (2000-2012), las necesidades de la población son excesivas y representan un desafío para el siguiente gobierno, independientemente del partido que sea, en caso de que tenga el mínimo interés de ofrecer soluciones, ya que el comportamiento de quienes han pasado por la Presidencia durante el México postrevolucionario (reiteremos: de los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional), quizá con excepción del general Lázaro Cárdenas, ha guardado una norma:
 
Primero, como candidatos, para satisfacer sus ambiciones personales y de los intereses de los grupos que representan (que a menudo no son los de las mayorías), se comprometen a satisfacer cuantas demandas se les ocurren a los votantes.
 
Luego, una vez obtenido el respaldo que les permite ganar las elecciones, se olvidan de sus promesas, traicionan sus palabras e imponen políticas antisociales, verdaderas felonías en contra de sus votantes, postura facilitada por la ausencia de leyes que les obliguen a cumplir sus ofertas y de mecanismos institucionales que permitan a la población a forzarlos en el mismo sentido o sancionarlos, incluso con la destitución, si las incumplen en el transcurso de su mandato. Por la presencia de una sociedad ingenuamente creyente en los cambios pacíficos a través de procesos electorales, pese a sus reiterados desengaños y su resistencia a asumir su destino y, por tanto maleable, susceptible de aceptar ser vilmente engañada y manipulada, despolitizada, desorganizada, pulverizada, paralizada: agobiada por sus penurias cotidianas. Alguna vez dijo Margaret Thatcher, matrona del despotismo neoliberal capitalista: “La sociedad no existe”. En la democracia burguesa delegativa el individuo es una ficción, al cual el sistema se ve obligado a concederle una nebulosa y cíclica existencia política durante un sólo día: el de las votaciones. Y cuando “irresponsablemente” elige al candidato equivocado se ve forzado a enmendar suciamente el yerro, robándose las elecciones y usurpando el trono al ganador, conforme lo testifican George baby Bush, en 2000; Carlos Salinas de Gortari, en 1988, o Felipe Calderón, en 2006.
 
Desde septiembre de 2011, Geir Haarde (primer ministro de Islandia entre 2006 y 2009) enfrenta una peculiar cuita: es enjuiciado por un tribunal especial, acusado de poner en riesgo los intereses del Estado al no prevenir la colosal crisis bancaria que sufrió el país en 2008, de cuyo riesgo había sido oportunamente advertido, por negligencia y violación de la ley sobre la responsabilidad de ministros, delitos por los cuales puede ser condenado a una pena de dos años de cárcel. Grave incriminación para tan irrisoria sanción que puede ocurrir en la civilizada Islandia. ¡Lástima que Haarde no realizó su trabajo en México, porque nunca hubiera sido importunado, merced a la ley de la impunidad que priva! Nuestros gobernantes han realizado peores infamias y viven tranquilamente, generosamente pensionados y protegidos oficialmente. El mismo gobierno (los poderes Ejecutivo –el jefe y sus secretarios–) Legislativo y Judicial, vela, solapa y protege ese orden, que es una manera de salvaguardarse entre todos, junto a los desmanes cometidos por el empresariado, en especial los de la oligarquía. Un ejemplo es el escándalo más reciente, de estruendo internacional, que involucra al secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, responsable de la “(in)seguridad” pública federal, sus muchachos, las televisoras, jueces, ministerios públicos y a  Calderón. Como es harto conocido, pisotearon atroz y descaradamente los derechos de la francesa Florence Cassez, promovieron obscenamente su linchamiento público, le impusieron una pena por 60 años y montaron un espectáculo repugnante para exaltar la imagen de García Luna. Ahora Arturo Zaldívar, ministro de la Suprema Corte de Justicia, con su proyecto de dictamen ha desnudado la farsa, (digna de la escenografía de Televisa y TV Azteca), y el cúmulo de tropelías cometidas.
 
¿Alguien en su sano juicio cree que García Luna y sus cómplices serán sancionados por sus canalladas, que serán fulminantemente despedidos, sometidos a juicio y encarcelados por sus abusos de poder?
 
Dentro del ritual electoral sexenal, el catálogo de los buenos deseos de las mayorías es pletórico. Sintéticamente, éstos pueden agruparse así:
 
a) La esperanza de una mejoría en sus condiciones materiales de vida: sus salarios reales, la dignidad y certidumbre en sus empleos, la restauración de sus derechos laborales y la calidad de los servicios de bienestar. Esto implica, como condicio sine qua non (condición sin la cual no) arrojar al basurero de la historia el proyecto neoliberal de nación priísta-panista (las contrarreformas estructurales, el equilibrio fiscal, la estabilidad de los precios sobre el crecimiento, el autismo estatal, la venta de la soberanía nacional), brutal maquinaria que ha concentrado el ingreso y riqueza nacional en manos de la oligarquía (el 1 por ciento de la población) con métodos ilícitos legalizados (la rapiña, el despojo, la usura, la especulación) y una opulenta fábrica generadora de pobres y miserables (casi 80 millones de mexicanos) y de delincuentes potenciales y declarados, incluyendo a la elite política-oligárquica, por una estrategia de desarrollo soberano y socialmente incluyente.
 
b) El anhelo de la democratización participativa del sistema político, que fue abortada por el gobierno bifronte de la derecha panista-priísta y el bloque dominante, que reforzó el autoritarismo presidencialista del antiguo régimen del partido hegemónico y cercenó una amplia gama de derechos republicanos, sustituidos por los más rancios valores del cavernícola conservadurismo clerical. Ni siquiera el ámbito electoral, convertido en la parodia de democracia, escapó de sus tentaciones despóticas.
 
c) La instauración del estado de derecho como forma de contención a la impunidad de las elites dominantes y de castigo para sus abusos cometidos.
 
d) El fin del baño de sangre en que se ahoga el país, debido a la incontrolada bestialidad de la delincuencia, espoleada por el no menos sanguinario terrorismo de Estado impuesto por Calderón para enfrentar la inseguridad, con su planificada terapia de criminalización de la ascendente protesta social y de limpieza de la anchurosa escoria social, resultantes de políticas públicas y el modelo de “libre mercado”.
 
La respuesta a la pregunta inicial es sencilla: nada, si el triunfador es Enrique Peña Nieto o Josefina Vázquez Mota.
 
Peña es un candidato de utilería, fabricado por la voraz derecha oligárquica, sobre todo la televisiva. Vázquez es de la actual ultra derecha teocrática gobernante. Ambos carecen de propuestas originales. Electoralmente su pelaje tiende a confundirse, ya que se presentan como herederos legítimos del mismo viejo orden políticamente autoritario, socialmente clerical y económicamente neoliberal. Aspiran a administrar ese orden por seis años más, a contracorriente de las demandas de las mayorías, que han sido convertidos en verdaderos esclavos para maximizar la acumulación privada de capital, y claramente alineados a los intereses de los oligárquicos hombres de presa, locales y extranjeros, que han acrecentado sus fortunas inescrupulosamente, con sus negocios sucios con ejecutivos y legisladores priístas-panistas. Aunque ambos buscan presentarse como los “candidatos del pueblo”, lo anterior explica que sus campañas electorales sean vacías de contenido, demagógicas, mentirosas, amnésicas, se reduzcan al simple espectáculo escenográfico, la publicidad degradada que trata a los votantes como retrasados mentales –similar a las de las autoridades electorales–, la proyección de imágenes y sonrisas hueras, caricaturescas, aún más ridiculizadas por ellos mismos, al evidenciar sus patéticas carencias naturales de liderazgo y su ignorancia supina que los integra como militantes de las primeras generaciones de los analfabetas funcionales que rigen los destinos de la nación y cuyos máximos exponentes, hasta el momento, lo encarnan Miguel de la Madrid, Vicente Fox y Calderón.
 
Peña y Vázquez sólo podrían ganar gracias a la maquinaria del poder. Y como el auténtico crimen organizado, sus partidos y los grupos dominantes han puesto a funcionar el mecanismo de perfecta relojería de la manipulación de la población, el terrorismo mediático, el fraude, el uso ilegal de recursos financieros, la violación de leyes electorales, la marginación y el linchamiento del candidato de la coalición progresista, para tratar de garantizar el triunfo de sus gerentes y la consolidación de la alternancia bipartidista de derecha. Todo con la complacencia y complicidad de las autoridades electorales. El delfín de los llamados “poderes fácticos” es obvio.
 
Con Calderón el descrédito del Partido Acción Nacional llegó a su máxima expresión y Vázquez apenas cuenta con la reserva del voto de los conservadores y la ultraderecha. Ella se sabotea al refrendar la herencia calderonista, al confesarse como admiradora del matrimonio de la criminal dictadura chilena pinochetista y de la del “mercado libre” de los Chicago Boys, por su santurronería y sus públicas creencias en el cavernícola clericalismo que, automáticamente, la convierte en una feroz enemiga de los derechos laicos de la sociedad y los progresistas de las mujeres, y transforma en tragicómica su perorata que trata de explotar oportunistamente su naturaleza femenina que se consume en un simpático “hembrismo”. El vulgo calificó a Fox como el alto vacío. Peña sería su equivalente, pero liliputiense. Pero eso no importa a la oligarquía. No quieren un estadista, sino un esperpento para manosearlo a modo. Si George baby Bush sirvió de espantapájaros a los neoconservadores estadunidenses, ¿por qué no podría Peña jugar el mismo papel? El hombre hechizo ya fue encaramado al tren ultra liberal de alta velocidad y ha demostrado con creces su disposición por satisfacer los apetitos carnales de la oligarquía –Emilio Azcárraga Jean, Ricardo Salinas Pliego, los depredadores petroleros– y el clero están felices con su creación.
 
Gabriel Quadri de la Torre es el premio de consolación de Elba Esther Gordillo, que sólo será útil para sus negocios particulares con el estatus quo.
 
O casi nada podrá esperar la población si triunfa Andrés Manuel López Obrador. Es evidente que sus propuestas basadas en un gobierno republicano, laico, honesto, austero, respetuoso de la Carta Magna, las políticas keynesianas y del Estado de bienestar, representan la mejor opción para las mayorías. Pero no es suficiente un régimen con una buena política social, sin eliminar el modelo neoliberal de nación, que representa el principal obstáculo para los salarios, el empleo, el bienestar, la redistribución del ingreso, la justicia, la igualdad y la democracia. Argentina, Brasil, Venezuela, Bolivia o Ecuador ejemplifican los obstáculos que representan el neoliberalismo, el viejo sistema político y las elites que lo usufructúan. El cambio de fondo y la modificación de la correlación de fuerzas constituyen un imperativo para aspirar a un desarrollo incluyente y autónomo. La agudización de la lucha de clases es la expresión inevitable de la pugna entre el viejo orden y el nuevo. No hay alternativa.
 
Los grupos de poder han mostrado que son alérgicos a los candidatos progresistas, pese a que manifiestan sus deseos de ceñirse a las reglas del juego y cuyo aroma de izquierdistas es difuso, por no decir inexistente. Son su bestia negra. López Obrador no sólo tendrá que luchar contra ellos en condiciones de desigualdad. Su amoroso discurso ha sido inútil. También contra sus enemigos internos que controlan el partido. Contra él mismo, porque su deslizamiento al pantano del centrismo alejará a otros grupos progresistas y de izquierda. Y contra el Congreso de la Unión, en caso de ganar, por lo que los alcances de sus políticas estarán bloqueados. Contra las tentaciones desestabilizadoras y golpistas.
 
Lo más probable es que las elecciones no arrojarán nada nuevo. Sólo desencanto y el sabor de “rebaño desconcertado” –palabras de Walter Lippman, ideólogo anticomunista que popularizó el término “guerra fría”– entre los que aspiran al cambio.
 
La democracia electoral burguesa, que en México no tiene nada de democrática, emascula el potencial revolucionario de la sociedad. Además dejó de convertirse en una opción de cambio pacífica. Los golpes de Estado financieros en la Unión Europea evidencian que las elites están dispuestas a subvertirla cuando sus intereses lo exigen.
 
Tendrán que buscarse otras salidas.
 
*Economista