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Si alguna virtud se le debe reconocer a Felipe Calderón es su tenacidad, la cual lleva hasta sus últimas consecuencias. Ésta puede ilustrarse, por ejemplo, en el ámbito de la política social. Ha reiterado que con el panismo, con Vicente Fox y su propio gobierno, se ha reducido la pobreza y la desigualdad, ésta “por primera vez en la historia de México”, incluso “a lo largo de una crisis”. A finales de marzo de 2011, Calderón señaló que la “clase media es mayoría en México”, ya que, en “los últimos 10 años, la condición de vida [de la población] ha cambiado […] y mejorado” significativamente. Ello se explicaría por la creación de empleos formales, la mejoría de los salarios reales y el gasto público de bienestar, factores que, cada vez que hay oportunidad, exalta estruendosamente.
 
Afirmar y reafirmar no empobrece. Aun cuando ese mundo idílico delineado se estrelle una y otra vez con la grosera realidad, desgaste el discurso hasta convertirlo en una retahíla de palabras huecas, y demerite la investidura de quien insiste estérilmente en colorear de rosa a un escenario lúgubre.
 
En realidad, la tesonería de Calderón se ubica en el sentido inverso: la aplicación de una estrategia dividida en dos fases. Una de tierra social arrasada y otra de profilaxis devastadora.
 
Durante la primera, con magnánima opulencia, crea los pobres y los miserables. En la segunda, cual ángel exterminador, lleva a cabo, bondadosamente, la ingrata tarea de limpieza de las indeseables excrecencias sociales, de los desclasados (el lumpen, según Marx) por el proyecto neoliberal de nación que se niegan a aceptar la vida marginal y degradada a la que han sido condenados y se integran a la exuberante delincuencia que, curiosamente, ofrece mejores ingresos, comparados a los mezquinos salarios que, como ley de hierro, impone cada año Calderón, en nombre de la desinflación, la productividad y la competitividad, y que resignadamente pagan los empresarios que, de esa manera, observan cómo crecen sus ganancias. Aquella etapa del proceso, empero, no le corresponde exclusivamente a Calderón. Aunque le desagrade, comparte el mérito con los cinco gobernantes precedentes. La otra sí. Tiene su registro en los derechos de autor, donde su nombre es reescrito varias veces al día, sin desmayo, desde que inició su santa cruzada, con sangre fresca para evitar que se seque, al cabo que su disponibilidad es abundante.
 
Hago las cuentas al derecho y los resultados me salen al revés de los obtenidos por Calderón, y peores que los anunciados por los barrocos pobretólogos oficiales del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).
 
¿Cómo  se explica la supuesta mejoría observada en las condiciones de vida de la mayoritaria “clase media”?
 
¿Qué es y quién es  la “clase media”?
 
El “concepto” de Calderón es ambiguo, como la abigarrada taxonomía académica que dice mucho y no define nada convincentemente. Acaso se refiera a aquellos cuyo estatus económico les permite beneficiarse de su profesión o actividad, subordinada o independiente, que les proporciona aceptables ingresos y un nivel de bienestar aceptable, a la elite cuya posición y “prestigio” le permite influir políticamente en las cosas públicas, en el sentido weberiano del término. O quizá se refiera a los que tienen la oportunidad de ascender en la escala social, ocupan puestos directivos, toman ciertas decisiones en diversos niveles de las empresas y el Estado, defienden como  capataces los intereses de sus amos, reproducen los valores y la cohesión del sistema, y legitiman su existencia que es la de ellos mismos. Desde el punto de vista de las relaciones de producción, que polarizan a la sociedad entre explotadores y explotados, serían los esclavos asalariados de “lujo” encargados de la funcionalidad del sistema.
 
¿Se clasifica por el nivel de ingreso? Si es así, ¿cómo se diferencia de la “clase baja” y la “alta”, de la chusma y la oligarquía?
 
Según Ernesto Codero, las “clases medias en México tienen ingresos en los hogares [del] quinto decil de ingreso que es más o menos de 6 mil 400 pesos al mes (sic), que con algunos esfuerzos, ya pueden pagar con crédito casa y auto y escuelas particulares para sus hijos”. “La recuperación económica”, añadió, “ya se traduce en el bienestar de la población”, sobre todo de quienes perciben 13 mil pesos mensuales y se encuentran en el decil más alto de ingresos”.
 
Bajo su lógica y desde el punto de vista de la ocupación, no son clasemedieros los que no perciben ingresos aunque laboren, y los que ganan hasta 3.6 veces el salario mínimo, casi los 6 mil 140 pesos de los que hablaba Cordero. En promedio, en 2001, había 38.1 millones de ocupados y en 2011, 46.2 millones. Aquellos equivalieron al 71 y al 66.5 por ciento del total en esos años, aunque aumentaron de 27.2 millones a 30.2 millones. Un número nada despreciable porcentual y absolutamente. Crecieron porque los escasos empleos creados con Calderón se han concentrado en ese rango; el 46 por ciento entre uno y dos veces el salario mínimo, 3 mil 500 pesos mensuales que los condena a la indigencia a quienes los reciben, y el 53 por ciento en actividades “no especificadas”. Así, en un 99 por ciento se trata de lo que llaman la “precarización” del trabajo. Con propiedad, esos son los muertos de hambre, los miserables y los pobres. O si se prefiere, la “clase media pobre”, empobrecida. Y son la mayoría.
 
La respetable “clase media” sería el resto: los que perciben más de 3.6 veces el salario mínimo. Con Fox pasaron de 9.9 millones a 12.5 millones, del 26 al 29 por ciento de los ocupados. Con Calderón sumaron 11.5 millones, el 25 por ciento. Es decir, la “clase media” no es amplia. Y con Calderón no se ensanchó. Se redujo.
 
Pero en la “clase media” también existen las clases sociales. Hay de clases a clases. La “clase media-media”, según las tontas estratificaciones, serían los que ganan de tres a cinco veces el salario mínimo (entre 5.2 mil y 8.7 mil pesos). Con Fox pasaron de 5.7 millones a 7.5 millones, del 15 al 17 por ciento del total. Con Calderón suman 7.6 millones, el 16.5 por ciento. De los empleos creados con Calderón, representaron el 3 por ciento. Una bicoca. Con esos ingresos sólo un demente, un cínico o un mentiroso puede suponer que se vive dignamente.
 
Los que perciben más de cinco veces el salario mínimo (más de 8 mil 157 pesos), aumentaron con Fox de 4.2 millones a 5 millones. Del 11.1 a 11.7 por ciento del total. Con Calderón son 3.9 millones, el 8.2 por ciento. Esa clase de empleos cayeron 27 por ciento.
 
Por tanto, los beneficiados por el neoliberalismo y  la “recuperación económica” –la peor de América Latina, menor incluso que la del humilde Haití– no son muchos y cada vez son menos, dada la concentración del poder político y económico. Realmente son pocos. Por ejemplo, son los que medran y saquean a las finanzas públicas. Alguien que gane un salario mínimo requiere de 10, 12 y 15 años para obtener lo que un legislador, un calderonista y un cortesano de la corte perciben en un mes por su salario y sus prestaciones. Si se compara con Carlos Slim, Emilio Azcárraga o Ricardo Salinas Pliego, que han convertido al país en un botín, requerirá vivir varias veces.
 
Pero ésa no es la “clase media”. Es la elite dominante, la política, la burguesía y la oligarquía. Los hombres de presa.
 
Es parte de la casta divina del uno por ciento que, con justicia, despotrican los indagados del mundo capitalista, cuya fortuna y su poder descansa en su miseria y pobreza. Ella es responsable de su exclusión del paraíso capitalista en su fase neoliberal, de explotación despiadada sin bienestar.
 
La información del Coneval reafirma que hay más náufragos que navegantes. Y un gobierno más desvergonzado. El número de personas con “pobreza alimentaria” (sin capacidad para comprar la canasta básica con todo su ingreso) aumentó 6.5 millones; de 14.7 millones a 21.2 millones. Los “pobres de capacidades” (su ingreso no les permite adquirir dicha canasta ni cubrir sus gastos en salud y educación), aumentó en 10 millones; de 22 millones a 30 millones. Los “pobres de patrimonio” (no pueden cubrir los conceptos anteriores ni de vestido, vivienda y transporte) se elevaron en 12.2 millones de 45.5 millones a 57 millones. La última simpática clasificación del Coneval, (que incluye a las otras), indica que la población afectada por la pobreza se incrementó de 42.7 del total a 51.3 por ciento.
 
Digo simpática porque el ingreso que emplea el Coneval para medir la pobreza rural y urbana (la alimentaria, 822, y 1 mil 102 pesos; de capacidades, 972, y 1 mil 351; de patrimonio, 1 mil 492 y 2 mil 211) no es para pobres: es para los indigentes entre los miserables. Ni los 6 mil 400 pesos de Cordero atenúan las penurias de los pobres.
 
Para recuperar el poder de compra que tenían los salarios mínimos en 1976, su máximo histórico, tendría que ser del orden de 258 pesos diarios y no el promedio de 58.38 que se pagará este 2012, de poco más de 7 mil 700 al mes y no de 1 mil 751. Ello a pesar de que los sabios y bien cebados  pobretólogos del Coneval saben que los bienes y servicios “patrimoniales” exigen más de 10 mil pesos. También entrevén que la pobreza afecta en diversos grados a cerca del 80 por ciento (70-80 millones) de la población, que menos del 10 por ciento (10 millones) son los incluidos al banquete neoliberal, y que ellos comparten sus viandas.
 
Las cuentas del Coneval también testifican que la pobreza y la desigualdad no disminuyeron “por primera vez en la historia”, ni mejoró el bienestar de la “clase media” en los últimos 10 años. Empeoraron en varias décadas.
 
La Comisión Económica para América Latina (Cepal), organismo libre de toda sospecha, como el Coneval o la Organización para el Comercio y el Desarrollo Económicos (OCDE), recién señaló que México y Honduras comparten orgullosamente el mismo triunfo. A diferencia del resto de América Latina y el Caribe, aumentaron sus pobres y miserables. El calderonismo en 2.1 y 1.5 por ciento en cada caso. Esos dos países tienen un rasgo en común: son administrados por déspotas. El gobierno de Honduras se debe a un golpe militar. El de México a uno “técnico”-electoral. Digo “éxito” porque durante las crisis capitalistas y con el neoliberalismo se redistribuye la riqueza de los sectores de bajos ingresos a los de altos ingresos.
 
Los calderonistas dicen que mejoró la distribución del ingreso, debido a que el colapso de 2009 afectó con más fuerza al decil más alto de la pirámide social. Tienen parcialmente razón. El valor real del ingreso total nacional se redujo 12 por ciento entre 2008 y 2010, y el grado de concentración disminuyó (el Coeficiente de Gini pasó de 0.456 a 0.435; cuando es más cercano a cero está menos inequitativo). La participación del decil X, el ubicado en la cúspide de la pirámide social, bajó de 36.2 por ciento del total a 33.9. En 2000 participaba con el 40.6 por ciento. Pero la distribución no se volvió menos inequitativa, gracias a que los calderonistas aplicaran una política redistributiva, se debió  que todos los deciles perdieron con la crisis, y el X perdió más que todos (17.8 por ciento). Los otros lo hicieron el 8.2 por ciento, en promedio. Pero parte de esa riqueza perdida por el decil X era ficticia, contable, inflada por la especulación; y el colapso financiero la esfumó.
 
De todos modos, acertadamente, la OCDE considera que México tiene la peor distribución del ingreso entre los 34 países que integran a ese organismo y una de las peores del mundo.
 
En 2008, el ingreso del decil X equivalía al recibido por el 70 por ciento de los hogares. En 2010, al 60 por ciento. No perdió más espacio porque los compensó con los impuestos que evade, los subsidios públicos, el aumento de los precios, los menores salarios y el recorte de las prestaciones laborales, entre otros instrumentos. En parte, ellos, con su especulación, contribuyeron al derrumbe. Sin participar en ésta, las mayorías no sólo pagaron los costos. Con la agudización de la expoliación que sufren la pagan doblemente.
 
El aumento del salario mínimo en 2.65 pesos diarios perpetúa la política de tierra social arrasada calderonista-neoliberal. Con el alza de los precios de la canasta básica no sólo ya se perdieron, sino que se agudizará la caída de su poder de compra. Con el calderonismo, al cierre de 2012 perderán cerca del 7 por ciento de su capacidad adquisitiva y los contractuales alrededor del 2 por ciento, medida por los precios de la canasta básica.
 
Así, el salario mínimo concluirá el sexenio calderonista con una pérdida real de casi 78 por ciento, desde su máximo alcanzado en 1976. Será similar al que tenía en 1948. Será un retroceso de 64 años. Los contractuales perderán el 52 por ciento de su máximo, registrado en 1979. Su poder de compra también retrocederá a un nivel similar al mínimo: una verdadera hecatombe que ofrecerá más candidatos para que Calderón continúe su cruzada de limpieza social. Más pobres y más miserables poblarán el país, y más sangre teñirá de rojo a todos los rincones de la nación.
 
*Economista