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Sigue subiendo la marea de la criminalidad, cuya gorgona (monstruo de la mitología griega) es el narcotráfico, con sus tribales ejércitos de sicarios, en plena y abierta rebelión contra la sociedad, las instituciones del Estado, la policía y los militares que sí cumplen con sus deberes para rescatar la perdida seguridad nacional. Los cárteles se han convertido en sangrienta realidad sobre los mexicanos, como escribió el novelista Albert Camus, igual que una peste “para desgracia y enseñanza de la humanidad” al haber despertado “a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”. Esa medusa del narcotráfico es “un monstruo alado de garras afiladas, cuya espantosa cabeza tiene serpientes en lugar de cabellos, una lengua larga, unos dientes puntiagudos y, sobre todo, una mirada penetrante que, según la leyenda, convertía a los hombres en piedra” (Varios autores, Diccionario de la milotogía clásica, Alianza Editorial).
 
Los capos compran funcionarios, militares y policías e infunden miedo a los servidores públicos para hacerlos sus cómplices; secuestrar, exigir “impuestos”, incendiar edificios y sembrar toda clase de terror con sus matones, drogadictos –capaces de todas las barbaries– como la de colgar cuerpos, para mantener a la sociedad enlutada y sobreviviendo en la angustia de ser baleados a plena luz del día. Pero hay otra criminalidad: la de los gobernantes, quienes, además de ser socios en el reparto del botín por el comercio de las drogas, también hacen del poder estatal el poder de matar. A algunos les ha dado por cobrarse así sus venganzas. Son una nueva versión de Fuenteovejuna (obra teatral en tres actos escrita por Félix Lope de Vega, una de las más importantes de su carrera): “todos a una” en la feroz criminalidad. Con cerca de 60 mil homicidios (cifras oficiales), otros datos revelan que entre feminicidios, niños y bebés quemados vivos, estudiantes dentro de sus escuelas, padres y madres de familia, son más de 100 mil y la lista aumenta a cada minuto.
 
Entre esos homicidios (para no sumar los allanamientos a domicilios, las violaciones sexuales de soldados y marinos contra mujeres indefensas, etcétera), están los periodistas que en su labor han caído víctimas de esa triple criminalidad. Los ensayos de Luis María Díez-Picazo, en su obra La criminalidad de los gobernantes (Crítica, Grijalbo Mondadori), y en la revista Claves, edición 69: “Criminalidad gubernativa y acusación independiente”(enero-febrero de 1997), son textos vigentes sobre la barbarie de quienes hacen suya la divisa cavernícola de que el poder es el poder de matar. Y que, como gobierno, es decir, funcionarios o llamados burlonamente “servidores públicos”, está por encima de la legalidad. Existe la criminalidad de los narcotraficantes y de los empresarios quienes, cuando no recurren a los tribunales para tratar de silenciar a la prensa, agreden a los periodistas, asaltan sus oficinas y los intimidan para que no aparezca ni información ni críticas a su desempeño público con contratos para robar en Petróleos Mexicanos, por ejemplo, y recibir beneficios del sector público en perjuicio de los intereses nacionales.
 
Esa triple criminalidad se ha convertido en un azote sangriento: la de los gobernantes en la completa impunidad; la de los narcos en abierta rebelión; y la empresarial en México al embestir con su capitalismo salvaje con la protección oficial. Todos devastan a la nación al censurar la información en cualquier medio, al grado de querer imponer el absoluto silencio a sus actos de violencia. “La expresión [de la] criminalidad gubernativa es meramente convencional y sirve para designar cualesquiera hechos delictivos cometidos por los integrantes y agentes del poder Ejecutivo [agreguemos del Legislativo y Judicial]. Comprende, así, tanto los delitos cometidos en el ejercicio de sus cargos: prevaricación, malversación, como aquellos que, sin estar específicamente vinculados con el ejercicio de sus funciones públicas poseen una connotación política: espionaje a la oposición, financiación ilegal de partidos políticos, etcétera”, escribió Díez-Picazo. Y le faltó la criminalidad de matar.
 
La cual está aumentando en todo el país. Contra esos tres frentes es que la población sufre toda clase de delitos a buen recaudo de la impunidad. Entre ellos los periodistas en todas sus facetas que no tienen limados sus filos para la crítica. Los gobernantes se parecen a los delincuentes y éstos a los empresarios. Así los tres bandos, como pandillas al estilo de los nazifascistas, tienen bajo su terror sangriento a los mexicanos que no saben cuándo va a terminar esta noche sangrienta que es una peste donde las ratas del narcotráfico han hecho realidad la criminalidad contra la nación.
 
*Periodista