El linchamiento de Gadafi

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La muerte de Muamar el-Gadafi fue celebrada con suma alegría en los palacios presidenciales occidentales. El pueblo libio no festejó. Se trató de un asesinato militarmente inútil, pero que busca, por un lado, ser utilizado como ejemplo contra los regímenes contarios a los intereses de Estados Unidos y, por el otro, desestructurar la sociedad tribal libia. Los medios occidentales buscaron justificar la masacre ilegal contra un jefe de Estado

 
Thierry Meyssan/Red Voltaire
 
El 20 de octubre pasado, el Consejo Nacional de Transición (CNT) de Libia anunció la muerte de Muamar el-Gadafi. A pesar de la gran confusión inicial, los primeros indicios sugieren que una caravana de automóviles que intentaba salir de la ciudad de Sirte, urbe sitiada, fue bloqueada o en parte destruida por los bombardeos de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Los sobrevivientes de dicha caravana, dicen, se refugiaron en las tuberías de una canalización. Gadafi, que habría resultado herido, fue entonces capturado por la Brigada Tigre, de la tribu de los Misrata, que habría aprovechado la ocasión para lincharlo.
 
No se autorizó que el cuerpo del “guía” –como se le llamaba a Gadafi– de la Gran Jamahiriya Árabe Socialista fuera conservado en su ciudad natal de Sirte, o transportado a Trípoli, la capital, para su entierro. Fue enviado como un trofeo de guerra por los Misrata a la ciudad del mismo nombre.
 
Esta tribu, que durante bastante tiempo dudó qué bando escoger (el de los rebeldes o el de Gadafi) y que en la actualidad prácticamente no tiene representante dentro del CNT, habría dado finalmente el asalto de Trípoli después del bombardeo de la OTAN, y habría linchado a Muamar el-Gadafi. E incluso habría trasladado el cuerpo del “guía” a su ciudad para celebrar su triunfo. En julio pasado, Gadafi habría maldecido a los Misrata, instándolos de partir hacia Estambul y Tel Aviv, refiriéndose al hecho de que su tribu proviene de judíos turcos inmigrantes que se convirtieron al Islam.
 
Una avalancha de comentarios, preparados de antemano, fue lanzada masivamente a través de las corporaciones mediáticas de los países de la OTAN con la finalidad de demonizar una vez más a Gadafi y, por lo tanto, hacer olvidar las condiciones bárbaras de su linchamiento y muerte.
 
 
Los principales dirigentes de la Coalición de la OTAN han celebrado jubilosamente la muerte de su enemigo y dicen que marca el acto final de la operación Protector Unificado. Al hacerlo, admiten implícitamente que dicha operación no tenía como fin hacer respetar y aplicar la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), sino que tenía como finalidad derribar un sistema político y matar a un líder, es decir, al presidente de una nación. Esto a pesar de que el asesinato de un jefe de Estado en función está prohibido por la ley de Estados Unidos y condenado universalmente.
 
Además, el linchamiento de Muamar el-Gadafi demuestra la voluntad de la OTAN de no querer llevarlo ante la Corte Penal Internacional para juzgarlo, simplemente porque no habría sido capaz de condenarlo por crímenes de lesa humanidad, a falta de pruebas fehacientes, de la misma manera que el Tribunal Penal Internacional para la exYugoslavia no pudo demostrar la culpabilidad del expresidente de la República Federal de Yugoslavia, Slobodan Miloševi?, a pesar de dos años de proceso.
 
En el torrente de barro y de calumnias vertidas por los medios de comunicación comercial de las naciones de la OTAN para ensuciar el legado y la memoria de Gadafi, las mentiras y falsas acusaciones son repetidas constantemente, lo que demuestra que estos medios de comunicación tienen en realidad pocos elementos verídicos que pudieran ser utilizados en contra de Gadafi.
 
Tal como ocurrió con el atentado contra la discoteca La Belle, en Berlín (5 de abril de 1986, tres muertos, en la entonces República Federal de Alemania), hecho que fue utilizado como pretexto por la administración de Ronald Reagan para bombardear su palacio y matar a su hija y, por lo menos a 50 personas más (14 de abril de 1986). En aquel momento, el fiscal alemán Detlev Mehlis (el mismo que 20 años más tarde estaría a cargo de la investigación del asesinato del primer ministro libanés Rafiq Hariri y la falsificación de esa investigación) se basó en el testimonio de Mushad Eter para acusar a un diplomático libio y su cómplice Mohammed Amair. Sin embargo, la televisión alemanaZweites Deutsches Fernsehen descubrió más tarde que Eter era un testigo falso y más bien un agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), mientras que el atacante Mahammed Aamir era un agente del Mossad (la inteligencia de Israel).
 
 
O el caso de la tragedia aérea de Lockerbie en Reino Unido (21 de diciembre de 1988, 270 muertos): los investigadores identificaron al dueño de la maleta que contenía la bomba y el sistema relojero para activar el explosivo gracias al testimonio de un comerciante maltés que había vendido un pantalón, que fue encontrado en la misma maleta-bomba. La justicia escocesa acusó entonces a los agentes libios Abdelbaset Mohmed Ali al-Megrahiy Al Amin Khalifa Fhimah, y el Consejo de Seguridad de la ONU tomó las sanciones contra Libia.
 
En última instancia, para poner fin a las sanciones, Libia accedió extraditar a los dos agentes (el primero fue condenado a cadena perpetua, el segundo fue absuelto) y pagar 2.7 mil millones de dólares en compensación, mientras que el acusado prisionero continúa proclamando su inocencia hasta hoy día.
 
En definitiva, en agosto de 2005, uno de los responsables escoceses encargado de la investigación declaró que la principal prueba, el sistema autodisparador (temporizador o sistema relojero que desencadenó la bomba) había sido colocado en el lugar del accidente por un agente de la CIA. Más tarde, el mismo experto que había analizado el temporizador para el tribunal, admitió que él mismo había fabricado ese aparato antes que la CIA lo pusiera sobre el lugar del accidente (donde cayeron los restos del avión). Finalmente, el comerciante y vendedor de pantalones de Malta admitieron haber recibido 2 millones de dólares para dar un falso testimonio. Las autoridades escocesas decidieron revisar el caso y el proceso, pero la salud de Abdelbaset Mohmed Ali al-Megrahino lo permitió.
 
La actual campaña de desinformación sobre Libia y Gadafi incluye también un aspecto sobre el estilo de vida de éste. Se le describe como un faraón con su suntuoso y lujoso modo de vida, de su astronómica fortuna oculta. Pero todos aquellos que conocieron de cerca a Muamar el-Gadafi, o simplemente visitaron su residencia después de los bombardeos pueden dar fe de que vivía en un ambiente similar al de la burguesía de su país, lejos de la ostentación jet-set de su ministro de Planificación, Mahmoud Jibril.
 
Del mismo modo, ninguno de los países que siguen investigando el paradero de la fortuna oculta de Gadafi, que se ha prolongado durante meses, ha sido capaz de encontrar ésta. Todo el material y sumas incautadas pertenecían al gobierno libio y no al “guía”.
 
Al contrario, los medios de comunicación occidentales sólo mencionan la orden de arresto internacional emitida por la Organización Internacional de Policía Criminal contra Muamar el-Gadafi antes de que comenzara la ofensiva de la OTAN sobre Libia.
 
Pero estos mismos medios de comunicación no dicen nada de la acusación de la justicia libanesa contra Gadafi por haber eliminado al imán Musa Sadr y sus compañeros (en 1978). Esto se debe al hecho de que el secuestro fue patrocinado por Estados Unidos, que quería eliminar a este líder chiíta antes de dejar que el ayatolá Ruhollah Jomeini regresara a Irán, por miedo a que Sadr no extiendiera por Líbano la influencia de la revolución iraní.
 
Los medios de comunicación de Occidente no mencionan las críticas formuladas por la resistencia civil antiimperialista libanesa y las que también denunció la Red Voltaire contra Muamar el-Gadafi: sus compromisos oportunistas con Israel.
 
Hasta la batalla de Trípoli, el “guía” negoció con los enviados de Israel, con la esperanza de poder comprar la protección de Tel Aviv.
 
A pesar de mis críticas a su política internacional, y del expediente completo acerca de mí que la Dirección Central deInteligenciaInterior (rama de los servicios secretos franceses) le había proporcionado en julio pasado en un intento para que me arrestaran, Muamar el-Gadafi me dio su confianza y me pidió que ayudara a su país para hacer valer sus derechos ante la ONU, un comportamiento que no refleja el de un tirano abyecto.
 
Los medios de comunicación comerciales de los países de la OTAN no mencionaron tampoco las injerencias de Libia en la vida política francesa, que yo condené, sobre todo acerca del financiamiento ilegal de la campaña electoral presidencial de Nicolás Sarkozy y de Ségolène Royal,presidenta de la región Poitou-Charentes e integrante del Partido Socialista. El “guía” había autorizado a su cuñado Abdallah Senoussi para que corrompiera a los dos principales candidatos presidenciales franceses a cambio de la promesa de darle una amnistía o de ejercer presión sobre la justicia francesa para que cerraran su expediente penal.
 
Pero sobre todo, los medios de comunicación nunca mencionaron el principal trabajo del “guía”: el derrocamiento de una monarquía títere impuesta por los anglosajones, la expulsión de las tropas extranjeras situadas en Libia, la nacionalización de los hidrocarburos, la construcción del Man Made River (el sistema de irrigación más importante en el mundo), la redistribución de las ganancias del petróleo dentro de la población (que hizo que una de las más pobres del mundo sea la más rica de África), el asilo generoso a los refugiados palestinos y la ayuda al desarrollo sin precedentes en el Tercer Mundo (la ayuda de Libia al desarrollo era más importante que toda la ayuda reunida de los países del Grupo de los 20).
 
La muerte de Muamar el-Gadafi, no va a cambiar nada en el plano internacional. El acontecimiento más importante fue la caída de Trípoli, ciudad bombardeada masivamente y conquistada por la OTAN –sin duda el peor crimen de guerra en este siglo–, seguido de la entrada de la tribu de los Misrata para controlar la capital (y la masacre de inocentes).
 
Semanas antes que comenzara la batalla de Trípoli, la gran mayoría de los ciudadanos libios participaron, viernes tras viernes, en masivas manifestaciones contra la OTAN, contra el Consejo Nacional de Transición y a favor de Gadafi. Ahora el país está destruido y está gobernado por la Organización del Tratado del Atlántico Norte y sus títeres del Consejo.
 
La muerte del “guía” tendrá por otro lado un efecto traumático y durable en la sociedad libia. Al matar con sus sicarios al líder del país, la OTAN ha destruido la esencia misma del principio de autoridad. Serán necesarios muchos años y mucha violencia antes de que un nuevo líder pueda surgir y sea reconocido por el conjunto de las tribus, o que el sistema tribal sea reemplazado por otro modo de organización social.
 
En este sentido, la muerte de Muamar el-Gadafi, abre un periodo de incertidumbre y desestabilización para el país, que puede ir camino a una iraquización o somalización de su territorio.