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“Uno también se muere”, me dijo un amigo cuando le comenté el fallecimiento del periodista Jesús Corral Ruiz (fundador y director, por más de 40 años, de lo que fue el Diario del Yaqui en Cajeme, municipio sonorense, cuya cabecera es Ciudad Obregón. Recordé la frase, cuando supe de la defunción de Alberto Delgado Pastor. Ambos mis maestros, benefactores y amigos, en las aulas del periodismo y el bachillerato, respectivamente, en aquel matutino y en el Instituto Tecnológico del Noroeste (ahora Instituto Tecnológico de Sonora).
 
“Uno también se muere” me dije cuando supe de la muerte de Miguel Ángel Granados Chapa (1942-2011), periodista desde 1964 y quien nos reunía en su Plaza pública a partir de 1977, donde forma y fondo (lenguaje y contenido) permanecerán como legado del periodismo de análisis combativamente crítico, para hacer de la libertad de prensa una diaria conquista y defensa en las innumerables veces que salió al paso para que se respetara al amparar a sus iguales, ejerciendo su trabajo escrito y oral como contrapoder.
 
Con su ética democrática y republicana, Granados Chapa nunca dejó de asirse a la legalidad y legitimidad constitucionales, al buscar que sus demás disposiciones fueran consecuentes con ese imperio de la ley, para defender las causas sociales, políticas, culturales y, en general, de cuanta injusticia, abuso de los poderes público y privado, eran víctimas en lo individual y colectivo los mexicanos.
 
Fue siempre el primero en defender a los periodistas. Nada de lo que tenía lugar en México le fue ajeno. Y con su memoria prodigiosa, archivaba y la consultaba sobre la marcha de sus escritos y durante sus conversaciones en los medios de comunicación, y en sus reuniones privadas. Respetuoso de todos los demás, hasta en sus diferencias y con sus adversarios, supo, por ellos “guardar la distancia con los hombres y con las cosas”. Siempre atento, pendiente, de los sucesos de la nación, se dedicaba, hasta el último día, a dar su opinión, que fundamentaba con información que confirmaba sin concesiones de ninguna especie.
 
Fue un trabajador incansable, prudente en sus juicios, pero contundente por su implacable análisis y prosa que fue enriqueciendo. E hizo de su voluntad, sentimiento y racionalidad un tríptico de su quehacer periodístico.
 
A Granados Chapa lo describe a la perfección lo que el filósofo británico Bertrand Russell escribió: “Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida, el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad”. Con su formación en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y escuelas públicas, a las que defendió por su laicismo y gratuidad, logró sus licenciaturas en derecho y periodismo, aunque dejó pendiente su doctorado, que interrumpía constantemente por su cumplimiento periodístico.
 
Investigó y escribió libros. El último, todavía inédito: la biografía sobre el periodista mexicano Manuel Buendía, cuyo homicidio se perpetró desde los pasillos del poder presidencial delamadridista. Y un  prólogo del libro de Carlos Moncada sobre los periodistas asesinados en el último medio siglo. Fue profesor puntual en la UNAM, en la licenciatura de periodismo y confundador del entonces Unomásuno y del diario La Jornada. Su columna Plaza pública en el diario Reforma se reproducía en más de 30 periódicos en todo el país; y Diario de un Espectador, en su columna La Calle, que apareció varios años en el matutino Metro.
 
La nación tuvo en Granados Chapa al reportero de honradez acrisolada, para solamente servirla, atento siempre a sus problemas para darles una voz propositiva, críticamente constructiva, para abrir las orejas cerradas de quienes estaban obligados a resolverlos o al menos dejar un testimonio periodístico.
 
Sus escritos siempre fueron sustentados en la veracidad de la información, contrastada para afianzar sus comentarios a los que nunca presentó como infalibles y absolutos. Voltereanamente defendió hasta la muerte el derecho de ciudadanos y periodistas a decir su verdad; pero defendió hasta la muerte su derecho a sostener la propia, para escuchar y escribir democrática y republicanamente.
 
Siempre reportero, aprendió el oficio de la manifestación de su pensamiento en el contexto de las libertades de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia. Y las ejerció con responsabilidad jurídica. Fue, “entre los periodistas humanamente descarriados o despreciables”, uno valioso y realmente auténtico.
 
Es con Francisco Zarco su igual. Honró el trabajo periodístico como él y nos deja, en su obra rescatable, una piedra de toque para el desempeño teórico y práctico para el aprendizaje de la tarea a la que muchos periodistas de México dedican su labor en los medios de comunicación. La nación recordará a Zarco y a Granados Chapa.
 
*Periodista