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Alicia en el País de las Maravillas: “Curioso y más curioso”.
El rey, mientras preside el tribunal: “Comience por el comienzo y siga hasta llegar al final; después, párese”.
Duquesa: “Si todo el mundo se ocupase de sus propios asuntos el mundo giraría bastante más rápido de lo que va”.
Larry Elliott. “Alicia en la eurozona de las maravillas”, The Guardian.
Joseph Stiglitz (2000): “Las cosas seguirán de mal en peor. Sucedió: ¡lo he visto!”.
 
El comportamiento de los principales actores en el drama financiero europeo y, por añadidura, en el resto del mundo, merced a la mundialización neoliberal, se ha vuelto esquizofrénico. Si se buscara una imagen que recree lo que sucede ahora, o para ser más preciso, desde 2008, cuando estalló la crisis global, podría pensarse en las pinturas la Danse macabre, de Lübeck (siglo XV), y de Hans Holbein, El joven (siglo XIV), donde aparecen la figura de la muerte junto a otras humanas, vivas o sus esqueletos, todos bailando, junto a una sepultura. O en la repetición alucinante del poema sinfónico La danza macabra, de Camille Saint-Saëns, que transcurre del silencio y la calma a los acordes suaves del violín y las cuerdas que se tornan tétricas, el baile enloquecido de la muerte y los esqueletos –cuyos huesos chocan y crujen al ritmo del xilófono– al borde de las tumbas, el miedo, la melancolía, la huida, el cortejo hacia los sepulcros y el retorno de la paz y la calma. A ratos, empero, se torna en una tragicómica parodia de la danza macabra (The skeleton dance) de Walt Disney.
 
En su pérdida de la realidad y disfunción social, cada histrión se empeña en que se repita otra vez el oráculo. Las disputas mezquinas entre los principales gobiernos de la eurozona, la obsesión patológica de la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional (FMI) por imponer sus siempre fracasados remedios ortodoxos de ajuste fiscal y económico, el sadismo de las desacreditadas empresas calificadoras y las inagotables orgías especulativas, de euforia, histeria, pánico y estampidas de los especuladores, están a punto de modelar el infierno por todos tan temido: que ante su inhabilidad para superar su quiebra fiscal, Grecia se vea obligada a declararse formalmente en incapacidad de pagos del servicio de su deuda soberana, con la eventual posibilidad de que cambie la política ortodoxa de ajuste y de estabilización que le impusieron para tratar de superar su grave crisis económica y sociopolítica; que lo anterior comprometa aún más a España, Portugal, Italia y, quizá, a otros países europeos atrasados, con el riesgo de que tampoco puedan cubrir sus adeudos; que se agraven las complicaciones de un gran número de bancos del continente, varios de los cuales tendrán que ser rescatados o cerrados “ordenadamente” con el objeto de evitar la quiebra masiva, con la consecuente parálisis del sistema de pagos regional.
 
De llegar al escenario anterior, las naciones europeas extenderán su crisis irresuelta a una segunda hecatombe financiera y en otra recesión mundial. Sus secuelas alcanzarán la economía global, dadas las interconexiones, con la desventaja de que los márgenes de la política monetaria y fiscal ya se agotaron.
 
Si el retorno a la restricción fiscal empieza a desplazar la reactivación por recesión suave y el estancamiento económico que se extenderá por varios años más, otro desplome provocará, ineludiblemente, una depresión dilatada que, quizá, durará lo que resta de la presente década, con una complicación adicional: el desempleo, la baja o la pérdida en los ingresos reales y la quiebra en las expectativas de vida de las mayorías, y agudizará el descontento sociopolítico. El futuro mismo de la eurozona ya es sombrío. El abandono de Grecia de ésta sigue latente como última solución a su quiebra. También, empieza a hablarse de la formación de otro bloque encabezado por Alemania y Francia, sin la participación de las naciones más débiles de la eurozona.
 
Larry Elliott, responsable de la sección económica del diario británico The Guardian, dice que “la moneda única está desfondándose por el hoyo de la conejera y va a darse contra el suelo con un topetazo tremebundo”. Junto con la eurozona, debe añadirse.
 
Lo señalado previamente no es una exageración. “Las semillas de la calamidad ya [están] plantadas”, dijo Joseph Stiglitz, en 2000. El liberal demócrata inglés Vincent Vince Cable, ejecutivo de la compañía petrolera Shell, acaba de señalar que están presentes todos los elementos “para una tormenta perfecta”, además de advertir que su país está por enfrentar “una segunda crisis financiera como la de 2008” y “años de estanflación a la japonesa” (estancamiento con inflación).
 
El comité monetario y financiero internacional del FMI afirmó que “la economía mundial entró en una fase peligrosa que exige un grado excepcional de vigilancia, coordinación y preparación”, además de “medidas enérgicas”.
 
El presidente del Banco Central Europeo, Jean-Claude Trichet, agregó que la crisis de la eurozona empieza a irse de las manos de los dirigentes políticos; que ya tiene una dimensión sistémica y amenaza al conjunto de la economía global. Que los bancos están en grave riesgo porque el miedo se extiende al mercado interbancario y que los primeros rechazan prestarse unos a otros, secando el crédito y amenazando la estabilidad del conjunto del sistema, además de que tienen que recapitalizar urgentemente. “La crisis es sistémica y debe ser combatida con gran determinación. El alto nivel de interconexión del sistema financiero de la Unión Europea ha provocado un rápido aumento del riesgo de contagio, que amenaza la estabilidad financiera en el conjunto de la Unión Europea y afecta de manera negativa a la economía real en todo el mundo. Hace falta que todas las autoridades actúen al unísono, con decisiones claras, lo más rápido posible y con la mayor determinación para preservar la estabilidad financiera” (Clarín, 21 y 25 de septiembre; 12 de octubre de 2011).
 
Las dificultades, empero, no se reducen a los conflictos que prevalecen entre los gobiernos dominantes.
 
Es indudable que la atención a la crisis regional y global ha carecido de liderazgo. Como dijo un analista, entre ellos “predomina la política del avestruz: no tratan de resolver los problemas sino de callar a quienes los mencionan. Los líderes políticos no asumen la magnitud de las pérdidas y tampoco ilustran a la opinión pública sobre las grandes dificultades que acarrea el futuro”.
 
Como nación hegemónica, Estados Unidos está agobiado por su propio colapso y las luchas internas entre los demócratas y los republicanos. Sin embargo, los europeos han desairado reiteradamente sus llamados para que lleguen a acuerdos y enfrenten coordinadamente la situación. El principal obstáculo ha sido la canciller alemana, Angela Merkel, y sus diferencias con el mandatario francés Nicolas Sarkozy y otros gobiernos. A ella, principalmente, se debe el agónico retraso del apoyo financiero a Grecia, ya que supone que los helenos deben de resolver solos sus problemas; en la ampliación de los recursos del fondo de rescate, de 440 mil millones de euros a alrededor de 2 billones de euros, para que el Banco Central Europeo vuelva a comprar bonos de los países en dificultades en los mercados secundarios y evitar el alza de las tasas cobradas a los que emitan, en lugar de obtenerlos directamente, lo que se considera como un atentado a uno de los emblemas neoliberales que exige el divorcio entre el banco central y los gobiernos; o en el plan de recapitalización de la banca.
 
Sarkozy y Trichet proponen que los bancos que no puedan financiarse en los mercados financieros recurran al fondo. Quieren socializar el costo de sus bancos en la eurozona y reducir los apoyos públicos. Los intermediarios galos y los alemanes son los más comprometidos en Grecia, Italia, España y Portugal. Merkel dice que cada país se haga cargo de sus bancos. Christine Lagarde, directora gerente del FMI, insiste en que la banca se fondee en los mercados o con su propio dinero.
 
La postura de Merkel es explicada por el rechazo de sus socios liberales de la coalición de gobierno. Aceptarla no sólo implicaría poner en riesgo a su régimen. En víspera de las elecciones locales, también agudizaría la cólera de los indignados contribuyentes que responsabilizan a los intermediarios, a quienes califican, con justa razón, como usureros, especuladores y delincuentes, y a los gobiernos de la crisis, del desempleo y la caída de sus ingresos y bienestar. De por sí, el futuro de ellos, el de Barack Obama y otros gobernantes es oscuro.
 
Las cosas se complican cuando acaba de estallar otro escándalo: el fraude cometido en junio de 2009, en plena crisis y rescate financiero, entre los bancos Unicredit, italiano, y el Barclays Bank, británico, que representó una pérdida fiscal por 745 millones de euros al gobierno italiano y una ganancia a Unicredit por 245 millones de euros. Y cuando recién Bélgica y Francia rescataron al banco mancomunado Dexia, que arrastra pasivos tóxicos del orden de 95 mil millones. José M Durao, presidente de la Comisión Europea, se ha “sugerido” que se sometan a sanciones penales a los directivos bancarios que violen las reglas financieras de la Unión Europea, porque “hemos visto comportamientos abusivos por parte de algunas entidades; la incitación, la complicidad y la manipulación del mercado han causado la actual crisis”.
 
Nada dijo Durao que ellos y los gobiernos han sido displicentes en el castigo de esos “abusivos” que causaron la crisis. Se mantienen impunes y ellos como cómplices. Sólo “sugiere”: Borrón y cuenta nueva. Pero no imponen las penas.
 
Las opciones de fondeo, empero, son onerosas. Capitalizarlos con los impuestos reducirá los recursos disponibles de los Estados, cuando amplían el saqueo de los bolsillos de sus ciudadanos con más gravámenes, les recortan los gastos sociales o los arrojan a la calle para reducir el déficit fiscal y pagar sus deudas. Si se fondean en los mercados se elevarán los intereses que afectarán el costo de los adeudos públicos y privados. La capitalización no será fácil. Algunos bancos tuvieron que asumir pérdidas con el descuento de 21 por ciento “concedido” a la deuda de Grecia, aunque se les pide que se eleve a 30 por ciento. Dexia perdió 338 millones de euros. Otros arrastran pasivos tóxicos y la caída del crédito. De los 90 intermediarios sometidos a la prueba de tensión en 2010, ocho presentaron deficiencias y a 16 se les “recomendó” capitalizarse, ya que apenas superaron por un punto porcentual el nivel básico de solvencia “recomendado” por las reglas de Basilea III (4.5 por ciento, más una tasa adicional de 2.5 por ciento). Ahora se plantea que la eleven a 9 por ciento.
 
¿Ello evitaría una crisis masiva? Nada lo garantiza. La crisis fiscal y los adeudos de Grecia, Italia, España, Portugal e Irlanda es suficiente para hundir a varios bancos y comprometer a los sistemas financieros de Francia y Alemania, entre otros. Sus adeudos soberanos superan los 800 mil millones de dólares. El banco de pagos internacionales estima que las carteras de la banca alemana, belga y francesa equivalen a 6.6 por ciento, 5 por ciento y 3.4 por ciento, respectivamente, de sus inversiones externas. El total de los recursos comprometidos se estiman en el orden de los 2 billones de euros.
 
Como para tener nerviosos a todos, las desacreditadas Moody’s, Standard & Poor’s y Fitch reparten dudosas descalificaciones con generosa alegría, a pesar de que su reputación se fue a la basura con su corresponsabilidad del colapso de 2008-2009.
 
El sistema financiero europeo está al borde del abismo y la crisis de la deuda en la zona del euro, a la vuelta de la esquina. Y las políticas anticrisis que se aplican aceleran el próximo desplome. A los intermediarios se les permite que sigan actuando libremente como siempre. Los gobiernos y el FMI, como si fueran evangelistas renacidos, imponen la austeridad fiscal que conduce a otra recesión que afectará los ingresos fiscales recibidos, que alimentará el déficit público y reforzará su incapacidad de pagos y la cólera social.
 
No se requiere tener una bola de cristal para predecir el futuro del capitalismo globalizado. México no escapará a ese escenario oscuro.
 
*Economista