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En el Perú andino aún no cicatrizan las heridas abiertas durante los conflictos armados internos de 1980-2000. De la matanza de 1983, el paupérrimo pueblo de Lucanamarca no ha podido recuperarse. El terror que padecieron los pobladores se convirtió en indiferencia y aversión a cualquier actividad política. Mujeres se organizan para confeccionar prendas y obtener ingresos, pero sus manos no sólo tejen ropa sino una nueva organización comunal

Milagros Salazar/IPS-Voces de la Tierra

Lucanamarca, Huanca Sancos, Perú. Hilos fucsia, turquesa y verde discurren apacibles por el telar de madera que Dora Huancahuari aprendió a dominar, igual que otras artesanas de esta remota comunidad andina de Perú golpeada por la pobreza y la violencia armada. Las mujeres ahora comparten un negocio que sirve para reconstruir sus vidas.

Es sábado por la tarde en un deshabitado Santiago de Lucanamarca, un pueblo que es cabeza del distrito municipal del mismo nombre enclavado en la vertiente oriental de Los Andes a 3 mil 490 metros sobre el nivel del mar, entre valles profundos y escarpadas montañas de la provincia de Huanca Sancos, en la región de Ayacucho, en el Sur peruano.

Como es habitual, la mayoría de los pobladores de la localidad aún sigue trabajando en el campo, mientras tres mujeres se han reunido para tejer mantas, chompas (suéteres) y carteras multicolores de lana de ovino.

“Aquí estamos empezando de a pocos con nuestros tejidos para después vender en Huamanga [la capital de Ayacucho, también conocida por este nombre] y tener dinero para nuestros niños”, dice a IPS Huancahuari, de 42 años y madre de cinco hijos, mientras teje sin pausa.

Con unos 2 mil 700 pobladores y un ingreso familiar mensual que equivale apenas a 62 dólares, Lucanamarca es considerado un municipio en extrema pobreza y con el menor índice de desarrollo humano de Huanca Sancos, según el informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo de 2005.

Sólo 2.4 por ciento de sus habitantes, que en 95 por ciento son quechua o aymarahablantes, tiene acceso a servicios de alcantarillado dentro de su vivienda y sólo 480 hogares tienen aparatos de radio y 84 de televisión, en un área que sobrevive de la agricultura y la ganadería, sobre todo del cultivo de papas y alfalfa y su cabaña de ovinos.

A este escenario de carencias, se suma un episodio de dolor aún sin cicatrizar durante el conflicto armado interno en Perú (1980-2000).

Ayacucho fue el departamento del país más golpeado por los enfrentamientos entre la guerrilla maoísta Sendero Luminoso y las fuerzas del Estado. Y la comunidad de Lucanamarca fue el escenario de una de las mayores masacres de esa época de horror.

El 3 de abril de 1983, un supuesto grupo de senderistas asesinó con hachas y machetes a 69 comuneros, entre hombres, mujeres, niños y ancianos, en venganza por la resistencia de su población a sus dictados.

Veintitrés años más tarde, el líder máximo de Sendero Luminoso, Abimael Guzmán, fue sentenciado a cadena perpetua por esa matanza.

“Después de esos hechos tan crueles el pueblo ya no vivió igual. La gente ya no quería participar en las faenas comunales, actuaban como indiferentes a cualquier iniciativa”, asegura a IPS Ángel Huamanculí Matías, el alcalde municipal.

El emprendimiento de las mujeres tejedoras de Lucanamarca es una lucha contra esa aparente apatía, que para muchos de los habitantes del pueblo responde al deseo de olvidar y enterrar malos recuerdos.

En su primera etapa, el proyecto se desarrolla en esta comunidad y la vecina Carmen de Alanya, donde las mujeres han conformado una entidad jurídica con el objetivo de comercializar sus tejidos y poder desarrollarse como una pequeña cooperativa.

“En la época de violencia se rompió el tejido social. Por eso, se pensó en un proyecto como el de los tejido para que las mujeres pudieran unirse en un deseo común que además les permitiera mejorar sus vidas”, señala a IPS la historiadora Carola Falconí, de la no gubernamental Comisión de Derechos Humanos (Comisideh).

En cada hilo por tejer, hay un paso para la reconstrucción de ellas y también del pueblo.

Para garantizar la sostenibilidad del proyecto, la organización trabaja desde el año pasado con las beneficiarias del gubernamental programa social Juntos, que otorga el equivalente a unos 36 dólares mensuales a cada madre en situación de extrema pobreza.

En Lucanamarca hay más de 50 beneficiarias y una decena que ya se involucraron en el proyecto de los tejidos. “Hemos reflotado unas máquinas que estaban abandonadas para darles un mejor uso y hemos traído un maestro para que las capacite en el tejido”, explica Ramiro Valdivia, responsable de Comisideh en la zona.

La idea es que pronto se inscriban como una asociación y así accedan a microcréditos para que alcancen la autogestión y puedan vender sus productos de manera directa en Huamanga, a la que se llega desde Lucanamarca por un único e intrincado camino en un viaje que dura más de seis horas, aunque la distancia sea sólo de 180 kilómetros.

Actualmente, la Comisideh es la intermediaria en la venta de bolsas bordadas en la capital del país, situada a 360 kilómetros al Noroeste de Lucanamarca y a unas ocho horas de viaje por carretera. “Cuando yo tejo mi propia manta me ahorro unos 60 soles [22 dólares]; eso me ayuda para tener dinero para la escuela de mis dos hijos”, cuenta Vilma Matías, de 29 años.

Ella, como la mayoría de los pobladores de la localidad, también perdió a un familiar en la masacre de 1983. “Mi hermano sigue en la puna [tierra alta de la cordillera]. A mi mamá le decían: ‘no lo saques, te van a matar’. Y ahí nomás ya ha quedado [enterrado] mi hermano”, narra mientras ordena sus hilos.

Matías era muy pequeña cuando sucedió la matanza pero logró reconstruir lo sucedido con la narración de los demás pobladores, porque su madre en casa nunca quiso hablar de ese episodio cruel.

“Ahora queremos salir adelante, y aquí seguimos”, asegura, tras señalar que su esposo no se molesta por su interés en el tejido y la asociación que está creando con otras mujeres, pero tampoco la alienta. “No dice nada, yo vengo nomás”, explica en un esforzado español, ya que su lengua materna es el quechua.

Pero la lucha no parece fácil. El machismo impera en Lucanamarca y las mujeres que son beneficiarias del programa Juntos son vistas por algunos hombres como descuidadas e infieles, según una encuesta realizada por la Comisideh en 2010 como parte de un diagnóstico social.

“Se les acusa de no hacer caso a sus parejas y no cumplir con sus responsabilidades en sus hogares. Las autoridades [de las comunidades del municipio] consideran que el programa Juntos ha generado una masiva separación de las familias y el incremento del adulterio”, señala el documento para evidenciar el machismo que debe enfrentarse en la zona.

Los espacios de decisión comunal aún se encuentran en manos de los varones mientras que en el municipio sólo existe una concejala mujer.

La violencia familiar y sexista es el principal problema en la zona al punto que entre 2009 y 2010 se registraron dos asesinatos de mujeres por parte de sus parejas o exparejas y la violación sexual y asesinato de una joven, revela el estudio de Comisideh.

“Por esta situación compleja, la idea fue dar algunos pasos con un proyecto pequeño que enganche directamente con las necesidades de estas mujeres y puedan tener la oportunidad de relacionarse mejor socialmente. De a pocos se puede abrir el camino”, puntualiza Falconí.

El concentrado interés con que las tres mujeres manejan los hilos y mueven los telares la tarde de un sábado igual a otros parece ser una buena señal.

Fuente: Revista Contralínea 245 / 07 de agosto de 2011