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Diecisiete campesinos, hombres trabajadores que buscaban llegar a Estados Unidos, fueron interceptados por uno de los comandos paramilitares que pululan en el México de Felipe Calderón. Los secuestraron en algún lugar de Tamaulipas. Desde entonces no se sabe nada de ellos. Sus familiares se organizaron para buscarlos. Por sus propios medios decidieron emprender un viaje con la esperanza de regresar de vuelta a sus desaparecidos. El grupo se enfrentó a la indiferencia de las oficinas gubernamentales, al desprecio de funcionarios y un sistema anquilosado

Gerardo Ramos Minor/Contralínea TamaulipasHora Cero


Ésta es la historia de cuatro hombres y un pueblo llamado San Luis de la Paz, Guanajuato, que decidieron emprender un viaje en busca de 17 de los suyos desaparecidos cuando iban hacia Estados Unidos. Llegaron a Matamoros para confirmar o descartar que estuvieran entre los muertos encontrados en las fosas clandestinas de San Fernando, Tamaulipas. Es también la crónica del dolor de cientos de familias mexicanas que lloran la ausencia de un desaparecido, narrada en el documental Con las manos vacías.
En San Luis de la Paz la población está acostumbrada a la rutina del que emigra a Estados Unidos: lo despiden en la central de autobuses con un abrazo, lágrimas y muchas bendiciones. Y después, esperan las remesas para tener una vida mejor con el sueño de salir de la pobreza.
Guanajuato es el estado que ocupa el tercer lugar nacional como expulsor de migrantes hacia Estados Unidos. Ahí crecieron José Manuel Pérez Guerrero, Valentín Alamilla Camacho, Fernando Guzmán Ramírez, Alejandro Castillo Ramírez, Samuel Guzmán Castañeda, Ricardo Salazar Sánchez, Héctor Castillo Salazar,
Miguel Ángel Ramírez Araiza, Mariano Luna Jiménez, Gregorio Coronilla Luna, Antonio Coronilla Luna, Isidro González Coronilla, Ángel Padrón Sandoval, José Luis Duarte Cruz, Juan Manuel Duarte Cruz, José García Morales y José Humberto Morín López.
Todos salieron el pasado 21 de marzo hacia Estados Unidos, con la esperanza de ingresar a ese país como indocumentados. Para la mayoría, no era la primera vez que realizaban esta travesía por necesidad económica.
Con el mínimo de ropa y de dinero tomaron un autobús de pasajeros hacia la frontera sin imaginarse que en alguna parte de la ruta se iban a esfumar.

Y aunque nadie sabe con exactitud qué fue de ellos, sus familiares temen que hayan perecido a manos de grupos del crimen organizado, que los hayan secuestrado y posteriormente matado, porque no pudieron pagar un rescate por su liberación o porque se negaron a unirse a sus filas.

Tuvo que suceder una masacre como la de los 72 centroamericanos asesinados en un rancho del municipio de San Fernando, en agosto de 2010, para que el resto del país se diera cuenta de algo que para los migrantes –mexicanos o extranjeros– ya no era novedad: estaban siendo secuestrados y asesinados impunemente.
Cuando San Luis de la Paz quedó atrás, el autobús entró a Tamaulipas y, según los informes de la Procuraduría General de la República, fue interceptado por un grupo de hombres armados.

La mayoría de los 17 hombres iban a cruzar el Río Bravo con destino final a Houston, Texas, para encontrarse con familiares que trabajan ahí.
Reynosa, Matamoros, Nuevo Laredo, entre otras ciudades fronterizas sirven como trampolín para ingresar sin papeles a Estados Unidos; una vez que llegan al destino bastan cinco minutos para tomar el teléfono, llamar a casa y decir que todo está bien.
Por eso los familiares que se quedaron en San Luis de la Paz sabían que pasarían días o algunas semanas –pero no meses–, sin tener noticias del que se fue. Y en ocasiones una remesa con algunos cientos de dólares es la única señal de que el viaje tuvo un final feliz.
Sin embargo, en marzo pasado las reglas habían cambiado, y en San Luis de la Paz lo sabían. Por eso una a una, madres y esposas de los 17 viajeros les pidieron que no se fueran, que la pobreza es más llevadera con toda la familia junta. Pero la decisión estaba tomada: cada uno tenía una urgencia que atender: terminar de construir un cuarto para la casa, tener dinero para la familia o juntar un patrimonio que le permitiera contraer nupcias.

No había pasado ni un mes desde que el grupo partió hacia el Norte, cuando los noticieros dieron la trágica noticia: se habían encontrado más de 70 cuerpos enterrados en fosas clandestinas en San Fernando, nuevamente.
Desde entonces los días dejaron de ser tranquilos, en espera de alguna señal de los ausentes.
Fue entonces cuando el pueblo, reunido en una improvisada asamblea, decidió enviar a cuatro emisarios a Tamaulipas a buscar noticias de los desaparecidos; a hurgar entre más de 70 cadáveres encontrados en las fosas para saber si estaban los suyos.
Entre ellos estaba Raúl Pérez, el delegado de la comunidad, el hombre que una década antes estuvo a un paso de morir abandonado en las áridas praderas del Sur de Texas, después de que el coyote que guiaba a su grupo decidiera escapar asustado por la presencia de agentes de la Patrulla Fronteriza.

Raúl tenía un motivo muy poderoso para desafiar el camino a Tamaulipas: su hijo José Manuel, Meme, como todos lo conocían, estaba entre los desaparecidos.
Junto a Raúl viajarían Erick Salazar, quien iba en búsqueda de su hermano Ricardo y de su primo Héctor Castillo Salazar, y Hugo Guzmán Ramírez, quien buscaba a su hermano Fernando y a sus primos Alejandro Castillo Ramírez y Samuel Guzmán Castañeda. También iría Hugo Coronilla en representación de las esperanzas de ocho familias.

Con 2 mil pesos, una carpeta con fotografías, copias de actas de nacimiento y credenciales de elector, los cuatro viajaron a Matamoros, Tamaulipas.

Con el paso de los días cientos de personas comenzaban a llegar al Servicio Médico Forense buscando terminar con la incertidumbre: saber si su pariente estaba entre los cuerpos desenterrados en San Fernando.

Muchas preguntas

Es sábado 9 de abril por la tarde. En las oficinas de la Dirección de Servicios Periciales de Matamoros hay mucha actividad. Decenas de personas –mujeres en su mayoría– esperan que alguien las atienda.
Callados, resignados y con aspecto humilde, van de oficina en oficina según las instrucciones de un funcionario público; les explica que su trámite tienen que hacerlo en otra parte. Finalmente encuentran una mujer amable que empieza a tomar los datos de cada uno los 17 desaparecidos. Esperanzados, comienzan a dictarle nombres, edades y señas particulares que son anotados en hojas de papel blanco. Nadie protesta.

El olor a muerte que impregna el lugar –ya que los cadáveres son almacenados a unos metros de distancia en una caja de tráiler– no desanima a estos cuatro hombres: siguen firmes en su objetivo de ver los rostros de los muertos con la esperanza de reconocer a uno de los suyos.

Pero no fue posible. Los cuerpos desenterrados presentan un avanzado estado de putrefacción y la mayoría están irreconocibles.
A cambio, las autoridades de Tamaulipas representadas por Rubén González Chapa, delegado regional de la Procuraduría de Justicia en Matamoros, ofrece mostrarles las fichas con datos de los cadáveres encontrados, hasta ese momento, en más de 10 fosas clandestinas de San Fernando.

La tarea fue hurgar en su memoria, y con el apoyo de otros familiares en San Luis de la Paz, recordar el color del cabello, algún tatuaje, cicatriz o cualquier otro detalle que ayude a su identificación. Cumplida la tarea no queda más que esperar.

Dolor compartido

La quietud de la mañana del domingo 10 de abril en Guanajuato sólo se rompe con el repicar de una campana. A paso lento, familias completas se dirigen a una pequeña capilla ubicada en la comunidad de Maguey Blanco, de donde son originarios varios de los desaparecidos.
La liturgia transcurre; sólo hay una petición: que aparezcan vivos o muertos, pero que aparezcan.

Mientras, los cuatro emisarios visitan la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe en Matamoros para hacer la misma plegaria. Terminadas las gestiones con Dios, es momento de reiniciar las gestiones oficiales.
Aunque amable y solidario con el dolor de los cuatro originarios de San Luis de la Paz, Osvaldo Salinas, encargado de Servicios Periciales, les explica que va a ser imposible que entren a ver los cuerpos a la morgue.

Pero no todo está perdido. Raúl puede someterse a un examen genético cuyos resultados serán comparados con los realizados a los muertos en las fosas. De hecho, todos los padres y madres de los desaparecidos tienen que hacer lo mismo, pero para ello se necesita el apoyo de las autoridades de Guanajuato.

El grupo decide separarse y enviar de vuelta a casa a Erick. Él debe convencer a los familiares de interponer las denuncias penales por las desapariciones y hacerse las pruebas del ADN. Pero la tarea no es fácil. En sus comunidades pocos son los que quieren cooperar; están atrapados entre la tristeza, la desesperación y la esperanza de localizarlos vivos; están indecisos entre viajar a la capital de Guanajuato para exigir una investigación o esperar a que la ayuda de las autoridades les caiga del cielo.

El lunes 11 de abril por la mañana, mientras Erick viaja con destino a Guanajuato, un grupo de familiares sale a la capital del estado para exigir informes al gobierno. Pero les dicen que primero tienen que interponer las querellas por las desapariciones y hacerse las pruebas genéticas, en San Luis de la Paz.

Son casi las cinco de la tarde y Erick ha regresado a casa; reunidos los familiares de los 17 desaparecidos, les explica que en Matamoros fue imposible entrar a ver los cadáveres, y que la única opción para identificarlos es realizarse la pruebas genéticas.

Las palabras del joven son el último empujón que se necesitaba para actuar. Horas después se ven atiborradas las oficinas de la Procuraduría de Justicia de Guanajuato para levantar las denuncias; al mismo tiempo se realizan las exámenes genéticos a los familiares, que serán enviadas a los laboratorios.
En Matamoros, el lunes 11 de abril inicia con la noticia de que los tres emisarios restantes podrán ver las primeras fichas de identificación de 43 cadáveres, las cuales podrían coincidir con sus familiares. Estas fichas contienen datos generales y una descripción de la ropa que vestían las personas al momento de morir.
Es también una escueta descripción de la causa de su muerte: un golpe en la cabeza con un objeto contundente.

Para agotar el tiempo antes de la cita, el grupo decide dirigirse al puente nuevo internacional que une Matamoros con Brownsville. Ésta es la primera vez que Hugo Coronilla, Hugo Guzmán y Raúl Pérez ven el Río Bravo desde lo alto y seco.

Mientras observan la puerta de entrada a Estados Unidos, un grupo de deportados pasan a su lado. La esperanza de que sea uno de sus hermanos, primos, amigos o hijos apenas dura unos segundos.
Pero la visita no es en vano. Un agente del Grupo Beta de Migración Mexicana les pide hablar con los repatriados. Ellos acceden. En pocos minutos relatan su triste peregrinar que los trajo desde su pueblo natal, donde trabajan como albañiles y realizan labores en las áridas tierras de cultivo, hasta esta frontera.

De vuelta a casa

De regreso en las oficinas de Servicios Periciales, los tres están listos para buscar a sus parientes entre las fichas de identificación; tras un par de horas, hurgando entre papeles, descartan que alguien de los 17 desaparecidos sea alguno de los cadáveres trasladados desde San Fernando.

En cada experiencia son evidentes los sentimientos encontrados. Saben que sus familiares no están muertos, pero su angustia continúa por no saber en dónde están. Toman la decisión de volver a San Luis de la Paz, donde la espera de noticias será más llevadera junto a sus familias. Cuando deciden volver a Guanajuato, se enteran que el número de cadáveres encontrados en San Fernando se incrementó a casi 150.
Devastados, saben que podrían pasar semanas, quizá meses, sin recibir noticias de sus familiares desaparecidos desde el 21 de marzo.
Así, la mañana del miércoles 13 de abril inician el largo camino de regreso a San Luis de la Paz. Su deseo es el mismo: que junto con ellos vinieran los de su propia sangre.

Y aunque no tienen noticias, ninguno ha perdido la fe. Piensan que aún existe la posibilidad de que el autobús donde venía el grupo haya pasado de largo los retenes de la delincuencia organizada, que hayan llegado a la frontera y continuado su ruta hacia el interior de Estados Unidos.
“Tenemos fe”, repiten una y otra vez cuando hablan de su viaje, de su misión y la esperanza de que aparecerán con vida.
Es casi el mediodía y el sol inclemente cae sobre los áridos campos de San Luis de la Paz. Nadie en el grupo sabe mucho de Erick, quien decidió quedarse en casa. Desde que llegó ha confortado a su madre, a su cuñada y a su pequeña sobrina, con el sueño de volver a ver un día a Ricardo.
El primero en reencontrarse con su familia es Raúl, el delegado, quien abraza a sus hijos. Tuvo 10 con su esposa, quien ya no sabe cuántas veces le ha pedido a Dios que le regrese a Meme. María de Jesús sólo tiene una petición: si su hijo está muerto quiere que se lo digan, que no se lo oculten: “De lo contrario voy a perder las ganas de vivir”.

En los últimos días su salud ha empeorado. En varias ocasiones ha ido al dispensario médico donde le recomiendan no angustiarse más.
La felicidad por volver a ver a su esposo sano y salvo se opaca porque no tiene noticias de Meme.

En otro ejido cercano, a Hugo Coronilla lo recibe una pequeña multitud conformada por sus familiares. Sólo con ver su rostro saben que no trae buenas noticias. Agobiado, se quiebra al ver a su madre, su hermana y sus primos. Es la primera vez en días que suelta una lágrima.

Finalmente, tras más de 1 mil 700 kilómetros de viaje, Hugo Guzmán regresa a su humilde hogar. En el zaguán de la puerta de su casa, su madre lo espera con un gesto derrotado. La mujer apenas escucha la explicación de su hijo, quien le detalla que vieron las fichas de más de 40 cadáveres y ninguno de ellos era su hermano Fernando.
“No coincidía con la ropa, ni nada”, dice a su madre, quien rompe el silencio con una desgarradora pregunta: “¿Ni uno?”.

La mujer regresa a su casa, mientras Hugo camina despacio detrás de ella, cabizbajo, con su mochila que casi arrastra. No derrotado del cansado viaje, pero sí con las manos vacías.

El otro San Luis de la Paz

No todo es seco y desesperanzado en San Luis de la Paz. También hay aires de vida. Un poco desenfadado, el lugar despierta tarde. Las calles y callejones se ven lavados entrada la mañana. El olor a tierra mojada recibe el nuevo día. La actividad matutina empieza como a las ocho de la mañana, cuando hombres y mujeres acuden al trabajo, y los niños, tomados de la mano de sus madres, se dirigen a la escuela. Se puede escuchar el andar de las bicicletas, intercaladas con el sonido de las campanadas que invitan a los fieles a misa. El mercado Hidalgo se llena de colores, y una fiesta de olores y sabores se sucede. En las calles, los perros juguetean.
La rosada plaza principal, hecha toda de cantera, con su kiosko central y sus múltiples bancas rodeadas de frondosos árboles y flores, comienza a recibir gente. Junto a la iglesia, adornada por los rayos del sol, ya se venden gorditas y tamales, en los primeros albores del día.
Nuevamente, las bicicletas recorren la plazuela: los más viejos se sientan en las bancas con gelatinas y nieves, y los más jóvenes toman la ruta que los lleva hacia la alameda, a la cual se llega por una larga calleja empedrada. Es un oasis en el desierto.
Con sus fuentes, sus altísimos árboles, las cómodas bancas, el trinar de los pájaros y todo su verdor, la alameda es un lugar inolvidable.

Los más deportistas salen a ejercitarse; los canófilos encuentran lugar para pasear a sus mascotas, y los glotones pueden sentarse apaciblemente a comer las moras que ahí, generosa, la madre naturaleza les ofrece. El tiempo se detiene, la aridez de los ejidos vecinos parece no alcanzarlo.
En los alrededores, casonas con fuentes adornan las calles, y los callejones invitan a perderse en ellos. El sol recorre el cielo y cae la tarde; luego el anochecer trae consigo la brisa nocturna. Las mujeres comienzan a hacer gorditas, las últimas del día.
Otra desbandada de olores ocurre: migaditas, chicharrón, rajas con queso, chocolates y atoles se hacen presentes. Después de la espléndida cena, San Luis, cobijado por sus colinas, se prepara para dormir. Los pobladores van a casa, los pájaros callan, y un cielo estrellado y limpio se deja ver. Es momento de soñar.

Con las manos vacías
El Ejército Mexicano detectó en abril pasado una decena de narcofosas ubicadas en el municipio fronterizo de San Fernando, Tamaulipas. El número de cadáveres encontrados aumentó hasta llegar a 183 conforme los días transcurrieron.
En su mayoría se trataba de migrantes procedentes de los estados del centro y Sur de la República, quienes viajaban con destino a la frontera con Estados Unidos para intentar cruzar ilegalmente, pero en su ruta fueron secuestrados y asesinados por el crimen organizado.
La mayor parte de estos migrantes viajaban como pasajeros de autobuses foráneos que eran detenidos por hombres armados.
Tras conocerse la noticia de la ubicación de las fosas, cientos de familiares de personas desaparecidas llegaron hasta el Servicio Médico Forense de Matamoros –donde fueron trasladados los cuerpos encontrados–, en busca de sus padres, hijos, hermanos y amigos perdidos.
Entre estas personas se encuentran Raúl Pérez, Erick Salazar, Hugo Coronilla y Hugo Guzmán, originarios de San Luis de la Paz, Guanajuato, quienes fueron encomendados por sus coterráneos para buscar a 17 personas originarias de este pequeño poblado, desaparecidas desde el pasado 21 de marzo, cuando viajaban en un autobús con destino a la frontera.

Durante cinco días, un equipo de reporteros del periódico Hora Cero siguió a estos hombres en sus pesquisas, en un recorrido que comprueba que en México los familiares de una persona desaparecida están condenados a sufrir el dolor de la incertidumbre y el olvido oficial.

Al mismo tiempo, en San Luis de la Paz, familiares de los 17 desaparecidos cuentan la historia de estos hombres y los motivos que los llevaron a abandonar todo en búsqueda del llamado “sueño americano”.
Con las manos vacías es un desgarrador relato del dolor que enfrentan cientos de familias en este país, cuyos seres queridos están perdidos por la “guerra” contra la delincuencia declarada por el gobierno federal.

También es el testimonio de las mujeres y niños que se quedan, en México, añorando el recuerdo de un esposo y padre que se fue de mojado para ofrecerles una vida mejor.

Fuente: Contralínea 245 / 07 agosto 2011

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