Las tribulaciones de un imperio

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Las decisiones asumidas en Estados Unidos respecto del nivel del endeudamiento del gobierno, tanto en lo inmediato –la urgente necesidad de ampliar adicionalmente el monto total de préstamos requeridos para financiar las operaciones del Estado, pues desde el 16 de mayo alcanzó los 14.3 billones de dólares, su tope máximo legalmente establecido para el año fiscal en curso, el cual concluye al cierre de septiembre, lo que obligó al Departamento del Tesoro a realizar diversas maniobras contables para evitar quedarse sin fondos, lo que hubiera paralizado las actividades públicas y obligado a una moratoria forzada de sus obligaciones financieras internas y externas, hasta la aprobación y el ejercicio del nuevo presupuesto, y cuyo margen de acción se agotó el 2 de agosto– como en lo mediato, no son cuestiones exclusivamente locales, ajenas para el resto del mundo. Por sus consecuencias, involucran a todo el planeta.

Aun en su decadencia y la pérdida relativa de su influencia geopolítica y económica a escala mundial, e incluso con sus limitaciones militares –pese a que su poderío es indiscutible y lo será durante mucho tiempo–, observadas después de que en 1971 Richard Nixon abandonó unilateralmente los acuerdos de Bretton Woods (la conversión del dólar en oro y devaluó la moneda) que provocó el derrumbe del orden de posguerra, y que es más notoria al inicio del presente siglo, Estados Unidos todavía es la nación imperialista hegemónica unipolar. Toda medida que adopte –como ha ocurrido desde principios del siglo XX, pero sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial– inevitablemente repercutirá en diversos grados en el conjunto del sistema capitalista, a través de los circuitos productivos, comerciales y financieros, debido a la globalización neoliberal, a la desregulación interna, la apertura externa y la integración de los mercados. Para desgracia de la humanidad, su destino en gran medida depende de los intereses de las elites políticas y empresariales estadunidenses.

Aunque se encuentra postrado en su peor crisis financiera y productiva desde la Gran Depresión de la década de 1930, la importancia mundial de Estados Unidos es ostensible. Su economía es la mayor del mundo: equivale al 22 por ciento del producto total; contribuye con el 11 por ciento de los flujos comerciales y es el principal exportador e importador: controla el 23 por ciento de toda la inversión directa en el extranjero (2.5 billones de dólares acumulados de 11 billones de dólares) y es el principal destino de la de otros países (3.1 billones de dólares), cuyo monto supera en tres veces la captada por naciones como Francia o Gran Bretaña, y en seis veces a China. Su mercado de capitales representa una cuarta parte de la capitalización internacional (61 billones de dólares de 242 billones de dólares) y es cuatro veces más grande que el valor de su economía (14 billones de dólares) y 5 por ciento más que el producto interno bruto (PIB) mundial. El dólar estadunidense conserva su supremacía como moneda de reserva y de pagos. Wall Street es todavía el corazón del sistema financiero planetario.

Ronald Reagan inició el desmantelamiento de los controles impuestos por Franklin D Roosevelt a los especuladores y estafadores financieros, luego de que éstos provocaron la crisis bursátil de 1929 y la Gran Depresión de la década de 1930, con la complacencia de Herbert C Hoover, Roy A Young, el fámulo de la reserva federal del crimen organizado en ocho familias (Goldman Sachs, Rockefeller, Lehman, Loebs Kuhn, Rothschild, Warburg, Lazards y Seifs), y el filántropo Andrew W Mellon, todos creyentes fieles del laissez faire, laissez passer. Y, paradójicamente, esos inversionistas, que juegan en los casinos de Wall Street, de Manhattan, de Fairfield County, Connecticut, de Nueva Jersey, del número 30 de la South Wacker Drive, en Chicago, o en los mercados extrabursátiles (over the counter market), donde participan los llamados “distribuidores” y “corredores” (dealers y brokers), “creadores de mercados” (market makers), telefónica o electrónicamente, sin una sede específica, expertos en crear memorables orgías especulativas, en avasallar a gobiernos “soberanos” y en hundir a países, terminaron por colapsar espectacularmente, en 2007-2011, al gobierno y la nación y que patrocinaron la liberación del espíritu salvaje de los capitales de corto plazo e impusieron la hegemonía de la acumulación financiera global sobre la productiva.

El problema actual del endeudamiento público y el riesgo de la insolvencia de pagos sintetizan los serios desequilibrios económicos y financieros que Estados Unidos arrastra desde hace cuatro décadas, al menos. Su crisis es estructural, que revela su decadencia hegemónica, agravada por el reciente derrumbe, la manera en que éste ha sido administrado por el baby Bush y Barack Obama y la ríspida disputa entre los demócratas y los republicanos por la forma de enfrentar los requerimientos adicionales y fiscales del Estado, conflicto que se cruza con la brutal lucha por el gobierno entre ellos, con los intereses que representan.

El hecho es el siguiente: el 2 de agosto pasado el endeudamiento llegó a su límite de 14.29 billones de dólares, y se necesitan 2.4 billones de dólares más para que puedan cubrirse los compromisos estatales hasta noviembre de 2012, después de las elecciones presidenciales, y hasta el pasado 27 de julio el Ejecutivo y los líderes legislativos demócratas y republicanos no habían alcanzado un acuerdo al respecto. Ello explica el dramático llamado de Obama de un día antes: “Éste es un juego peligroso, es un juego que nunca hemos jugado”, y urgió a la población a presionar a sus representantes para que hagan concesiones y sellen un acuerdo. Los “políticos [estadunidenses y europeos] parecen borrachos bailando al borde del abismo”, escribió el historiador Timothy Garton de la Universidad de Oxford.

La deuda del gobierno federal aumentó 5.3 billones de dólares entre el cierre de 2007 y junio de 2011, 59 por ciento más: de 9 billones a 14.3 billones de dólares, del 64 por ciento a alrededor del 95 por ciento del PIB, equivalente a su incremento acumulado entre 1992 y 2007. De aprobarse los 2.4 billones llegaría a 16.7 billones en 2012, igual o superior al PIB. Si se recorta el gasto entre 2.7 billones y 3 billones de dólares y se elevan los impuestos, quedaría en un nivel similar al actual o ligeramente menor. Su relación con el PIB sería comparable con el registrado entre 1945, 1946 y 1947, cuando fue de 116 por ciento, 121 por ciento y 106 por ciento, al término de la Segunda Guerra Mundial. El déficit fiscal de 315 mil millones de dólares a 1.5 billones de dólares entre 2007 y 2010, de 2.2 a 10.3 por ciento del PIB, aunque en el primer trimestre de 2011 se ubicó en 1.4 billones de dólares, 9.6 por ciento del PIB.

Los puntos anteriores son algunos de los que escandalizan a la derecha republicana, antiestatistas por vocación y supuestos militantes del equilibrio fiscal, que exigen un drástico ajuste. Pero se callan que con el baby la deuda federal pasó de 27 a 69.8 por ciento del PIB, de 17.9 mil millones a 500.7 mil millones de dólares, 276 por ciento más. Y que William Clinton heredó un superávit fiscal por 185 mil millones de dólares, 1.9 por ciento del PIB, y que Bush legó un déficit por 5.3 por ciento, 755 mil millones de dólares. Pero lo más importante es que su administración es corresponsable del colapso y nada hizo para enfrentarlo, salvo atender las urgencias de los que provocaron el desastre.

La magnitud de la deuda y del déficit fiscal se debe a una combinación de factores: a) El rescate de los intermediarios financieros y las empresas quebradas o en alto riesgo. El baby gastó 700 mil millones de dólares y Obama 900 mil millones. En total, 1.6 billones de dólares, el 30 por ciento del endeudamiento adicional de 2007 a junio de 2011, y 46 por ciento más que el déficit fiscal agregado; b) Lo anterior, más las medidas anticíclicas de tipo keynesiano de Obama (transferencias sociales, seguros contra el desempleo y la pobreza creciente, inversión y consumo público), elevaron el gasto del gobierno federal de 21.3 por ciento a 26.7 por ciento del PIB entre 2007 y 2010, 819 mil millones de dólares nominales más; c) La caída de los ingresos: de 19.1 a 16.4 por ciento, una pérdida por 281 mil millones de dólares debido a los efectos de la recesión, las menores ventas y ganancias, o las pérdidas y las quiebras de las empresas, el mayor desempleo, el menor ingreso de la población, sus problemas de endeudamiento o la reducción voluntaria del consumo ante la incertidumbre, entre otras razones. En 2007 los ingresos financiaban el 93 por ciento del gasto y en 2010 el 65 por ciento; d) Con Bush el gasto en recursos humanos pasó de 11.2 por ciento del PIB a 12.5 por ciento y con Obama a 16.3 por ciento; el de seguridad social de 4.1 por ciento a 4.3 y 4.8 por ciento; el de educación, formación, empleo y servicios sociales de 0.5 a 0.6 y 0.9 por ciento; el de salud de 1.6 a 2 por ciento y 2.5 por ciento; y el de seguro social (medicare) de 2.8 por ciento a 2 por ciento y 3.1 por ciento. En su marginalidad, es una mejoría que molesta a la derecha; e) Con Bush el gasto militar subió 109 por ciento, de 294 mil millones a 616 mil millones de dólares y el de recursos humanos en 70 por ciento y con Obama 12.5 por ciento y 25.9 por ciento, pese a que mantuvo el militarismo de aquél. Respecto del PIB, el gasto de defensa nacional pasó de 3 a 4.3 por ciento y a 4.7 por ciento, y con relación al gasto federal total de 65 a 67.7 y 66.9 por ciento.

El deterioro de las finanzas públicas se explica en gran medida por la contrarrevolución reaganeana de los ricos contra los pobres, que redujo los impuestos a las empresas y los sectores de altos recursos. Ahora Obama, tardíamente quiere ajustar el gasto con su alza y los recortes al bienestar y el gasto militar. Los republicanos, encabezados por la ultra del tea party, sólo aceptan la segunda medida. Conocen la debilidad de Obama y quieren explotarla para ganar la Presidencia en 2012. La simpatía de éste entre los progresistas cayó de 53 a 31 por ciento en un año, y entre los afronorteamericanos de 77 a 50 por ciento.

El ajuste retrasará la reactivación y afectará las finanzas. Una nación cuyo ahorro privado y público es negativo necesita del financiamiento externo. La deuda familiar equivale al PIB. De una posición acreedora neta hasta 1981 por 141 mil millones de dólares a un dedor neto, actualmente es el mayor importador de capitales del mundo: 42 por ciento del total. El mayor exportador es China, con 20.9 por ciento. Las reservas internacionales de este país llegaron a 3.2 billones de dólares en junio y del 60 al 70 por ciento está invertido en papeles del gobierno estadunidense, pese a que el rendimiento que paga es mínimo. La degradación en la calificación de dichos títulos o moratoria forzada de pagos sería un desastre para ése y un gran número de países. Acabaría con su credibilidad. El dólar dejaría de ser moneda de reserva.

A partir de 1975 el balance comercial de Estados Unidos se volvió crónicamente deficitario y su cuenta corriente desde 1982. En 2010 el saldo negativo de cada uno llegó a 646 mil millones y 471 mil millones de dólares. Con esa cantidad que emite sin restricción, inyecta liquidez a la economía mundial y exporta su inflación. Naciones como China o Alemania acumulan reservas con su superávit comercial y por los dólares que compran para evitar la revaluación de su moneda. China, Japón y Alemania concentran el 46 por ciento del total de las reservas internacionales. Parte de esos recursos sirven para expandir el circulante y del crédito bancario de las naciones se pagan importaciones, aumentan la capacidad de acumulación local y sus productos compiten con los estadunidenses. También se emplean para financiar el endeudamiento de otros países y para comprar valores de Estados Unidos que, de esa manera compensan su desahorro, la deuda pública y el déficit fiscal.

Una parálisis de sus pagos cimbraría al sistema capitalista. Afectaría al comercio, los mercados financieros y la incierta reactivación. Para naciones dependientes de ese país, como es el caso de México, sería desastroso.

Los ajustes postergados por Estados Unidos los ha pagado el resto del mundo. Pero su declinación hegemónica dificulta cada vez esa posibilidad. Ello explica que naciones como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica busquen ampliar su soberanía respecto de esa nación, lo que socaba su control del sistema capitalista. El Fondo Monetario Internacional dejó en claro sus inclinaciones. Mientras que a otros países como Grecia, España o Portugal, o los subdesarrollados los obliga a aplicar draconianos métodos de ajuste fiscal, a Estados Unidos le pide tímidamente que eleve su techo de endeudamiento.

El sistema capitalista se torna cada vez más disfuncional y descarnado. Pero la decadencia estadunidense empuja las fuerzas que llevarán a reformar, tarde o temprano, las bases en que se asienta.

*Economista

Fuente: Contralínea 245 / 07 agosto 2011