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Los conflictos armados y las catástrofes naturales desplazan a millones de personas de sus lugares de origen. Aunque las naciones ricas son responsables en gran medida de esos desastres humanitarios, sellan sus fronteras y dejan a su suerte a los más vulnerables de la humanidad

Marta Gómez Ferrals / Prensa Latina

Millones de personas en el planeta, principalmente de las naciones más empobrecidas, se ven obligadas a emprender un viaje, a veces sin retorno, para ponerse a salvo de sangrientos conflictos o catástrofes naturales.

De acuerdo con el último informe difundido en Nueva York por el Centro de Vigilancia de Desplazados (IDCM, por su sigla en inglés), las catástrofes naturales han superado a los conflictos armados como causa principal de las diásporas humanas forzosas.

En 2010, precisa la fuente, más de 42 millones de personas de todo el planeta abandonaron sus viviendas como consecuencia de devastadores desastres naturales, principalmente, y de conflictos bélicos.

La abrumadora mayoría –más de 38 millones de seres humanos– huyó de sus casas para no morir arrasada por torrentes de agua, deslaves o terremotos.

Esto representa un aumento de más de 123 por ciento respecto de 2009, año en que emigraron por igual motivo unos 17 millones de personas. Más de 3 millones escaparon de la guerra.

António Guterres, Alto Comisionado de la Organización de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), critica la falta de voluntad política de la comunidad internacional para intentar frenar el cambio climático, acelerador de los eventos naturales extremos.

África es el continente con situaciones más dramáticas y desoladoras.

Una información divulgada por la Oficina Coordinadora de Asuntos Humanitarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), con datos recogidos a fines del primer trimestre de 2011, señala que más de 5.3 millones de personas de 10 países del continente perdieron sus moradas por las dos razones anteriores.

Desde hace largos años el Cuerno de África enfrenta severas sequías, que agudizan la escasez de alimento y, por ende, la inseguridad alimentaria, pero además sufre las consecuencias de persistentes y agudos conflictos armados.

No debe subestimarse a éstos como causantes de desplazamiento forzoso.

El mundo ha conocido de la profundización y el horror de crisis humanitarias en Darfur, Sudán, Somalia, República del Congo y Costa de Marfil, en una enumeración somera.

Un dato ilustrativo aportado por ACNUR señala que unos 80 mil somalíes han sido desplazados por la guerra desde comienzos del actual año.

A ello hay que añadir que más de 1 millón 400 mil habitantes de ese país están desplazados dentro de su territorio y alrededor de 560 mil cruzaron la frontera.

A las terribles condiciones que generalmente esperan a los desplazados en los campamentos, donde viven hacinados por falta de espacio y sin suficientes alimentos, servicios de salud y educación, hay que sumar las brutales violaciones sexuales que allí sufren mujeres, niñas y niños.

Y lo peor es que el drama se prolonga largamente, a pesar de que existe un flujo de ayuda humanitaria internacional, promovida por instituciones y organizaciones no gubernamentales. Por desgracia pudiera calificarse ínfima al compararla con la magnitud del problema.

A principios de la década de 1990, las sangrientas consecuencias de algunos conflictos en países como Somalia generaron la puesta en práctica del llamado “intervencionismo humanitario”, muy rechazado entonces como hoy por una buena parte de la comunidad mundial.

Muchos expertos señalan que las intervenciones humanitarias agravan el sufrimiento de los pueblos afectados y restringen las libertades y soberanía de las naciones en cuestión, violando la Carta de la ONU.

En Asia, las monumentales inundaciones registradas en Pakistán, en julio de 2010, dejaron 21 millones de damnificados y el 70 por ciento de la infraestructura devastada.

La oficina del ACNUR refiere haber tenido que emplearse a fondo, más que en ningún otro lado, en un lapso corto de tiempo, para socorrer a los refugiados víctimas de las corrientes anegadoras en Pakistán.

Es una opinión casi unánime de los especialistas que después de una catástrofe las mujeres, niñas, niños y ancianos son los que más sufren de las poblaciones sobrevivientes.

En la región de Oriente Medio y África del Norte, convertida en un polvorín de movimientos sociales durante los últimos meses, se han intensificado los desplazamientos y los flujos de migración intempestiva.

Los desplazamientos allí tienen lugar en lo fundamental hacia los países de la misma área geográfica, aunque también hacia Europa.

Observadores opinan que en esa región, de forma tradicional, las políticas y las prácticas gubernamentales en materia de asilo han estado condicionadas por las preocupaciones relativas a la seguridad.

Más escandalosa, opinan algunos expertos y personalidades de organismos humanitarios, resulta la actuación de la Unión Europea, que como bloque obstaculiza e impide hoy la llegada de emigrantes procedentes de Libia.

La cantidad de libios emigrados por la guerra hacia países europeos, no rebasa el 2 por ciento de los desplazados de ese país.

Se han descrito actuaciones y acciones calificadas de verdadero “blindaje” de Europa ante el drama de unos 15 mil libios.

Para nada se sienten responsables del hecho de que esas personas intentan salvarse de las bombas y metralla descargadas sobre su país por algunas potencias de la Unión Europea.

El coordinador de la misión de Naciones Unidas para Libia, Rashid Jalikov, revela que han huido de Libia 200 mil nacionales y estima que podría haber hasta 600 mil desplazados en el interior del país.

En lo que respecta a América Latina, el número de desplazados superó en 2010 los 12 millones de personas.

La cifra mayor proviene de Colombia, con 5 millones en los últimos 25 años, 300 mil afectadas por conflictos armados y 3 millones por catástrofes naturales.

Mientras se crean las condiciones para enfrentar las catástrofes en las naciones más vulnerables y se mejora e incrementa el flujo de ayuda internacional necesaria, en las situaciones de emergencia, una cuestión queda clara. Hay que detener la violencia, las guerras y las intervenciones militares impuestas por las potencias. Es necesario frenar la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, disparadores del cambio climático y de las catástrofes.

Sólo así se reducirán los desplazamientos forzosos y se salvará la humanidad.

Fuente: Contralínea 242 / 17 de julio de 2011

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