¿Dónde están?

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En estos tiempos en los que la administración calderonista le declaró la guerra a la delincuencia organizada, hasta las carreteras han dejado de tener un destino cierto y seguro.

Hoy que la violencia y dolor se han convertido en algo cotidiano, uno puede abordar un autobús esperando llegar a la frontera con Estados Unidos y, al final, terminar muerto y enterrado en una fosa clandestina de Tamaulipas, Nuevo León, Durango o Coahuila.

Nadie está exento de este funesto destino y los migrantes -quienes por años han sido relegados a la escala más baja de los ciudadanos mexicanos-, mucho menos.

Durante décadas estas personas han desafiado cansancio, hambre, sed, policías corruptos y “coyotes” inhumanos para seguir rutas que, esperan, los llevarán a una prosperidad que sólo pueden alcanzar en Estados Unidos, a miles de kilómetros de distancia de sus familias y hogares.

Conforme fue avanzando esta guerra, la escalada de violencia creció en todas las regiones del país, principalmente los Estados fronterizos, donde alcanzó a los más inocentes, a aquellos que viajan para intentar encontrar un trabajo en tierras extranjeras.

Perdidos en el silencio oficial, cientos, quizás miles de migrantes perecieron a manos de delincuentes que los mataron porque no pudieron pagar el rescate que pedían por ellos o porque se negaron unirse a sus filas como sicarios.

Tuvo que suceder una masacre como la de los 72 centroamericanos asesinados en un rancho del municipio de San Fernando, en agosto de 2010, para que el nombre de esta pequeña población tamaulipeca quedara inscrito en la ignominia y el resto del país se diera cuenta de algo que para los migrantes ya no era novedad: estaban siendo secuestrados y asesinados.

Sin embargo la pobreza y los gritos de hambre de los hijos pueden ensordecer cualquier miedo, por lo que los migrantes siguieron desafiando los malos augurios de que, posiblemente, una vez que llegaran a tierras tamaulipecas, el autobús en el que viajaban iba a ser interceptado por hombres armados quienes, tras una rápida y arbitraria selección, los secuestrarían.

Así pensaron José Manuel Pérez Guerrero, Valentín Alamilla Camacho, Fernando Guzmán Ramírez, Alejandro Castillo Ramírez, Samuel Guzmán Castañeda, Ricardo Salazar Sánchez, Héctor Castillo Salazar, Miguel Ángel Ramírez Araiza, Mariano Luna Jiménez, Gregorio Coronilla Luna, Antonio Coronilla Luna, Isidro González Coronilla, Ángel Padrón Sandoval, José Luis Duarte Cruz, Juan Manuel Duarte Cruz, José García Morales y José Humberto Morín López, quienes el 21 de marzo de 2011 abordaron un autobús que los llevaría de San Luis de la Paz, Guanajuato, a Matamoros, Tamaulipas.

Su idea, como la de muchos de sus paisanos antes de ellos, era cruzar el río Bravo e intentar llegar a Houston, Texas, desde donde buscarían su destino final en Washington, Chicago, Nueva York u otra urbe norteamericana donde encontrarían el trabajo que su tierra natal les ha negado por décadas.

Cargados de sueños y planes de prosperidad, estos hombres se esfumaron en alguna parte de la ruta entre Guanajuato y Tamaulipas, conformada por solitarias carreteras donde la única ley que prevalece es la del mejor armado.

Mientras tanto, en San Luis de la Paz, los días pasaron y la preocupación fue creciendo pues no había noticias de aquellos que se fueron a la frontera.

Las dudas se convirtieron en incertidumbre cuando se supo que las autoridades habían encontrado más de 180 cadáveres enterrados en fosas clandestinas en San Fernando, Tamaulipas, y que la mayor parte de estas personas eran migrantes que buscaban llegar a Estados Unidos.

Buscando salir de dudas, la comunidad decidió enviar a cuatro de los suyos a Matamoros, donde se estaban concentrando los cadáveres. Su idea: ver si entre alguno de estos muertos estaban sus hijos, hermanos, primos o amigos.

Así nace “Con las manos vacías”, el segundo documental de Hora Cero que cuenta la triste historia de estos cuatro hombres que representan a toda una ciudad en su búsqueda por respuestas.

Esta obra es también el testimonio de algo que México está comenzando a conocer muy bien: el dolor de tener a un familiar desaparecido.

Más allá de intentar denunciar las organizaciones criminales que existen en el país, este documental busca darle nombre y apellido a los que están perdidos quienes, para la mayor parte de los medios de comunicación, apenas son simples números en una estadística nacional que cada día crece más.

“Con las manos vacías” es un intento para hacernos recordar que cuando leemos estas cifras oficiales nos estamos refiriendo a personas que sienten, aman, ríen y sufren pero, además, tienen a alguien que está esperando su regreso.3

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