Autor:

Isabel Soto Mayedo / Prensa Latina

La presunta cruzada contra el narcotráfico desplegada por Estados Unidos en América Latina y los enfoques geopolíticos de la estrategia seguida por ese país hacia la región durante más de dos siglos son harina del mismo costal.

En nombre del combate a la problemática –que cada año genera cifras superiores a los 320 mil millones de dólares en el mundo–, los gobiernos estadunidenses desplegaron en la zona bases militares, sistemas tecnológicos de punta, armas de todo tipo, buques de guerra, y miles de soldados.

Estas fuerzas contribuyeron a presionar gobiernos, ejercer el control político sobre movimientos sociales populares y poblaciones enteras, en tanto promovieron patrones de vida y conductas acordes al modelo imperial para viabilizar la dominación en el orden cultural.

La ofensiva contra el narcotráfico en el área resulta cuestionable porque la producción de drogas en ésta queda por debajo de los niveles registrados en Afganistán, en Myanmar (otrora Birmania) y Asia, según datos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Hasta la utilización del término narcotráfico –reiterado por las trasnacionales de la comunicación y referido sólo a la producción y comercialización de escasas drogas ilegales, como la mariguana, morfina, o cocaína– muestra la ambigüedad de la campaña desatada contra el flagelo.

En opinión del historiador cubano Luis Suárez Salazar, este apelativo induce a excluir del análisis a los barbitúricos, anfetaminas y analgésicos, cuyo uso es avalado por las autoridades, u otras de tipo sintético o socialmente aceptadas, como el alcohol.

La reducción de la cuestión a ese punto soslaya eslabones esenciales como el consumo, demanda, producción, procesamiento y trasiego de insumos industriales fabricados de manera legal, imprescindibles en la elaboración de drogas a partir de fuentes naturales y sintéticas, añade.

También excluye el financiamiento, almacenamiento, transporte de drogas y el lavado de dinero, actividades asociadas con empresas autorizadas sin cuyo concurso sería muy difícil crear esas mercancías y mover los capitales y ganancias resultantes del delito.

Narcotráfico: mecanismo de dominación

Los adalides de la supuesta batalla antidrogas impulsaron de manera secreta este mercado ilegal, concebido como mecanismo de control social y desarrollado con tal de captar ganancias y mantener la hegemonía en lo que consideran hace mucho su traspatio.

Este criterio es sustentado por Suárez Salazar, el colombiano Ramón Martínez y el argentino Marcelo Colussi, quienes de forma indistinta prueban la implicación directa de los poderes financiero, político, mediático y militar de Estados Unidos. Estadísticas recabadas por la ONU reflejan que el narcotráfico devino en uno de los grandes negocios del mundo y las cantidades de dinero que mueve son tan altas como las de la industria del petróleo o más que las de la informática.

Pero lo más preocupante en esta historia es el papel que ejerce como mecanismo regulador de las fuerzas sociales populares y el manejo que de este resorte realizan los interesados en avasallar naciones.

La cuestión puede ser enfocada de diferentes maneras por cuanto posee distintas aristas, pero Martínez sugiere iniciar los análisis desde la perspectiva de la política de dominación del imperio, algo manifestado en reiteradas ocasiones por Suárez Salazar.

Una vuelta a las páginas de la historia recuerda que el expresidente James Monroe (1817-1825) fue el primero en defender la expansión territorial hacia el Oeste para contener la influencia europea y crear condiciones con vistas a avanzar hacia Suramérica.

Tales planteamientos expresaron la convicción en el Destino Manifiesto, legada por los padres fundadores de la nación estadunidense, quienes preconizaron la pretendida exclusividad y derecho de ésta a ampliar su dominio espacial hasta por medio de la fuerza si fuera preciso.

Manifestaciones tempranas de esas creencias fueron el despojo de tierras contra los indígenas estadunidenses, la agresión y usurpación de más de la mitad de México (1836-1848) y la imposición a Nueva Granada del Tratado Mallarino-Bidlack (1848).

Con el tiempo, proliferaron los ejemplos de esta política expansionista, que apeló a veces a mecanismos económicos, políticos, culturales y religiosos al estilo de la avanzada pro anexionista, integrada por misioneros protestantes, que llegó a Cuba y Puerto Rico al iniciar la vigésima centuria.

En el “siglo de los vientos”, como lo calificó el ensayista uruguayo Eduardo Galeano, las sutilezas marcharon unidas a las acciones agresivas contra los pueblos latinoamericanos, cada vez más rebeldes y decididos a defender su derecho a la libre determinación.

La pujanza de los movimientos liberadores, la impronta de gobiernos antiimperialistas, el fortalecimiento de los movimientos sociales populares y otras expresiones de resistencia obligaron a rediseñar políticas.

El narcotráfico apareció en este contexto y ganó categoría de huracán ante la necesidad de sobrevivencia de muchos, que, frente a la falta de oportunidades, creyeron ver en éste la posibilidad de mejorar.

Los medios de difusión masiva también hicieron su parte al redoblar los espacios dedicados al asunto y al tratarlo de modo ambiguo.

Otras paradojas

Estados Unidos pretende erigirse en el principal enemigo del narcotráfico, pero, sobre todo, puertas afuera de su jurisdicción sigue siendo el mayor consumidor y el que más mariguana legal produce en todo el mundo.

En tanto, prosigue la estrategia de culpar a los pueblos sureños de propiciar el consumo y, por extensión, el ataque a sus gobiernos, máxime si éstos chocan con las ansias hegemónicas de sus vecinos.

El narcotráfico es el nuevo demonio que recorre Latinoamérica, suplantando a concepciones que Washington etiqueta de seres terribles, como el comunismo o la teología de la liberación.

En nombre de la guerra contra él, sucedieron intervenciones militares, injerencias controladoras de la agencia antidrogas estadunidense, el Plan Colombia o Plan Puebla Panamá.

También continúan las amenazas contra los países suramericanos productores de hoja de coca, donde ésta es procesada con ciertos químicos y convertida en cocaína para satisfacer la demanda norteña.

La persecución eleva los costos de producción y la tentación por lo prohibido, en tanto crecen las ganancias de quienes crearon este mercado.

Ganadores y perdedores están bien definidos. Contrario a lo que muestran los emporios mediáticos, toneladas de drogas y las más fuertes sumas de dinero viajan al Norte.

“La industria del narcotráfico no la dominan los capos colombianos ni los capos mexicanos; la industria del narcotráfico está en Washington; está en Estados Unidos”, asegura Martínez.

Para el colombiano, el mayor lavado de dólares lo hacen grandes bancos estadunidenses y ello es apenas una señal de la deshumanización y degradación de los que terminan ligados al fenómeno, pese a comprender que con ello acortan sus vidas.

El show mediático refleja sólo riquezas alrededor de los narcotraficantes, sin embargo vendedores callejeros, mulas internacionales, capos, sicarios, cadenas de mafias, empresarios, funcionarios y policías corruptos enrolados aprenden que sus días están contados.

La trasnacionalización del mercado de la droga implica a todo el mundo pese a ello, mas la incidencia estadunidense prevalece: su presencia en el principal productor de amapola para elaborar heroína (Afganistán) facilita explotar el negocio a la par del gas, esencial para su equilibrio energético.

De un extremo a otro, la estrategia asociada al narcotráfico arroja luces sobre su esencia geopolítica y la insistencia en abusar de la represión como mecanismo contentivo del trasiego lo reafirma.

El círculo vicioso parece irrompible, pero cada vez es más nítido el manejo político del tema y la certeza de que puede acabar si es aniquilado el poder que le da rienda.

Fuente: Contralínea 231 / 01 de mayo de 2011

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