Autor:

Los paramédicos voluntarios del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal dan atención prehospitalaria sin que la dependencia capitalina los dote del equipo y recursos necesarios

Son las 04:20 horas; alguien acaba de morir. La noticia llega en clave desde la radio que transmite la frecuencia policial. En la penumbra, Ángel, José y Hugo escuchan a la operadora. Formulan hipótesis, diagnostican. “El límite por caída es de 10 metros”, explica Ángel, recostado sobre la camilla azul. La tenue luz de un semáforo denuncia sus siluetas.

Entre férulas, sueros y vendas, los tres tripulantes de la ambulancia Z4-026 esperan en silencio que el centro de emergencia 066 pida su apoyo. No pasa mucho tiempo. De las nueve de la noche a esta hora, ya han acudido a cuatro puntos diferentes de la ciudad a atender emergencias.

La operadora en la radio pide a la 026. Hay que llegar a la colonia Primavera por una paciente en shock. Apenas sale la ambulancia, la alarma de sirena se cuela por los muros de las casas. Ángel, el responsable médico, se coloca a contraluz los guantes verdes de látex. Los 120 kilómetros por hora a los que viaja la camioneta modelo 94 derriban los frascos con soluciones de las vitrinas. Nada es nuevo. El mueble, empotrado en una de las paredes del vehículo, perteneció a otra ambulancia que fue chocada.

Un rosario de piedras azules cuelga de una lámpara sobrepuesta, se agita igual que los cuerpos de los uniformados. Dentro ya no hay más silencio.

Mientras Hugo, operador paramédico, esquiva los baches, Ángel repasa el mapa de la ciudad con los dedos: “La carrera es con el conductor: hay que encontrar la calle antes de que dé la vuelta”.

Claudia está en shock por una cardiopatía. A la niña la encontraron los paramédicos rodeada de murmullos y señoras. Algunas lloran. Ella, en medio de sus cobijas, apenas mantiene los ojos abiertos. “No te vayas”, le dicen.

La ambulancia no está equipada con un monitor cardiaco: el aparato cuesta entre 8 mil y 150 mil pesos; tampoco, con un cubículo de choque o un desfibrilador, que nuevo cuesta alrededor de 60 mil pesos.

Las condiciones que padecen los paramédicos contradicen a Pedro Estrada, director general del Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas (ERUM). El servidor público asegura que todas las ambulancias, incluso las del voluntariado, están equipadas. Además, afirma que las unidades pueden ser hospitales móviles.

“Ves una ambulancia de los voluntarios y una de nosotros y no hay diferencia. Son iguales. Tienen desfibrilador y todo el equipamiento. Están consideradas como ambulancias del tipo dos, de urgencias avanzadas”, afirma Estrada.

Las ambulancias operadas por el grupo de voluntarios son 13: tres son de fábrica, y las demás, ellos las acondicionan. El personal del ERUM cuenta con 32 ambulancias y con cuatro unidades de rescate que se prestan, en promedio, 150 servicios por día.

En los últimos años, el ERUM ha renovado su parque vehicular. En 2010, adquirió 10 ambulancias cuyo costo aproximado es de 1 millón de pesos, y 2.5 millones de pesos por unidad de rescate. Las unidades son fabricadas por la empresa alemana Mercedes Benz y equipadas por El Palacio del Rescatista, SA de CV.

Las 32 ambulancias pertenecientes a la agrupación están equipadas con ventilador automático, desfibrilador, cánulas, inmovilizadores, infusores de soluciones y el equipo básico: estetoscopio, baumanómetro, glucómetro, etcétera.

“El problema no es la capacitación, sino los recursos”, se lamenta Ángel, quien por temor a represalias solicita el anonimato. El paramédico que muestra una carpeta de alrededor de 250 reconocimientos, diplomas y títulos de grado, señala que el conocimiento en ocasiones está de más, pues no cuentan con el equipo para prestar la atención: “En esta ambulancia, no tenemos los recursos”.

Aunque el director del ERUM reconoce la necesidad de mejorar las condiciones del grupo de voluntarios para que ofrezcan un mejor servicio, asegura que los servicios del voluntariado no suplen el trabajo del personal integrado: “Es un apoyo más y se los agradecemos”.

Para Pedro Estrada, los servicios que prestan de manera voluntaria apenas representan el 5 por ciento del trabajo del ERUM. Los voluntarios consultados sostienen que los fines de semana atienden el 70 por ciento de las emergencias.

El grupo adquiere con sus propios recursos tanto el uniforme como el equipo con el que trabaja. La Z4-026 es propiedad de los voluntarios. Muchas veces, los materiales también corren por su cuenta. Tan sólo la maleta de Ángel, de donde saca instrumentos y gasas para atender a los pacientes, pesa alrededor de 10 kilogramos.

“Los recursos son importantes. Todo lo que se le hace a la unidad está en nuestras manos. Si se lava es porque nosotros la lavamos; si se rompe algo y se repara es porque nosotros lo hicimos, y si no, nadie lo hace. Eso es algo que no está bien. En todos los países hay voluntarios, pero los gobiernos corren con los gastos. Recibir apoyos nos facilitaría mucho las cosas”, señala Ángel.

Ciudad hostil

La urbe, de noche, no descansa. Cuarenta claves policiales conjugadas una y otra vez con nombres y direcciones dibujan una ciudad hostil. Mauricio, también paramédico voluntario, asegura que, desde hace cuatro años, los servicios por arma de fuego han aumentado, aunque también precisa que los accidentes por alcohol han disminuido a partir de que se instrumentó el alcoholímetro.

Según datos de la Secretaría de Seguridad Pública, el ERUM proporcionó 64 mil 812 servicios durante 2010. Entre traslados, atención a lesionados en la vía pública, rescate a colisiones de autos, atención a partos, rescates, servicios a indigentes, falsos avisos, servicios cancelados, prevención y cursos, la atención en la vía pública representa el primer lugar, con 18 mil 204 servicios.

Como Hugo, José y Ángel, alrededor de 60 socorristas o técnicos en atención médica prehospitalaria ofrecen sus servicios de manera voluntaria de viernes a domingo en el ERUM. Los voluntarios y voluntarias son, de lunes a viernes, panaderos, empresarios, notarios, padres de familia, estudiantes, odontólogos, profesores. Cubren cuatro turnos. De siete de la mañana a dos de la tarde, de dos de la tarde a nueve de la noche, y dos turnos nocturnos de nueve de la noche a siete de la mañana.

El Escuadrón ofrece 35 litros de gasolina por guardia, y desde hace un año, material básico: suero, gasas, vendas, oxígeno, cánulas, además de un seguro de vida que se activa en cuanto empiezan a cubrir su turno. “En la ciudad de México, hay una mala atención vial; no se hacen a un lado. A mí me voltearon en 1991: un borracho. Llevaba a una persona que habían apuñalado al hospital. Quedamos todos lesionados”, dice Mauricio.

Relata que ha vivido de cerca el incremento de la violencia: “En 2007, me tocaron las primeras cabezas en la ciudad, cerca del aeropuerto”.

Además de la violencia y los riesgos en las vialidades, los paramédicos hablan de dificultades en la organización que no permiten optimizar tiempos. Una persona tiene que recordar, primero, el número telefónico de emergencia 066. Una vez que se entera el centro de mando, llama a la base correspondiente. Si la ambulancia, por atender a otro paciente, no está disponible, se canaliza a otra ambulancia de un perímetro distinto.

“Lo que tendría que pasar es que la persona que toma la llamada sea la persona que despache la unidad. Eso sería lo ideal”, coinciden los paramédicos.

Otra dificultad es el sistema de salud, sobre todo para quienes no cuentan con ningún tipo de seguridad social a pesar de la existencia del Centro Regulador de Urgencias Médicas, al que los paramédicos llaman, describen al paciente y determinan a qué hospital enviarlo:

“Muchas veces ?dice Ángel?, la llamada deriva en tres hospitales. Cada uno brinda un servicio diferente al paciente. Te vas a tardar, al menos, un par de horas paseando a tu paciente”. “No lo puedes dejar si no lo reciben. Legalmente eres responsable de lo que le pase mientras esté en tu camilla”, insiste Hugo.

Los voluntarios consideran que debería haber centros especializados y no hospitales generales con departamento de urgencias donde los médicos tienen que ser todólogos. “Falta organización”, concluyen.

Bastó esperar a que el reloj marcara las 05:53 horas para que los hechos les dieran la razón. En Tezozómoc, ocurrió un choque aproximadamente a las 05:30 horas. Sin ambulancias disponibles, se pidió el apoyo de la Z4-026.

Aunque la 026 se encontraba al Norte de la ciudad, se trasladó hasta el lugar del siniestro. Se encendió la sirena. Ángel tomó nuevamente el mapa con la mano derecha, mientras con la mano izquierda sostenía el mueble que figura como vitrina.

Dos hombres en aparente estado de ebriedad impactaron su auto contra un Ford blanco. A bordo iba una pareja de comerciantes de mariscos. Se dirigían a comprar mercancía. El impacto le rompió el fémur a Alejandro Vega.

A las 06:15 horas, Alejandro ya estaba inmovilizado en la camilla de la 026. El Centro Regulador de Urgencias Médicas los envió al Hospital General de Ticomán, al que llegó la ambulancia a las 07:07 horas: siete minutos después de terminado el turno que José, Hugo y Ángel cubrían. En el hospital, no había médicos ni especialistas o equipo de ortopedia o traumatología.

Faltaban 10 minutos para las ocho de la mañana cuando el paciente fue trasladado al Hospital General Balbuena. Le tomaron dos placas.

A las 08:17 horas, la ambulancia arribó a Balbuena, donde según el oficial M Delgado, que resguarda la puerta de Urgencias, “no se atiende a nadie de trauma que no trae placas”.

A las 08:23 horas, después de terminado el turno de la ambulancia, y a casi cuatro horas de ocurrido el siniestro, el paciente no recibe la atención en Balbuena porque no hay camas.

José entra al Colegio donde trabaja como paramédico a las 07:30 horas. A Ángel lo esperan desde las 08:00 horas para salir rumbo a Hidalgo, donde ofrece servicios de rescate.

Son las 09:30 horas. En una hora y 13 minutos, cuatro pacientes han ingresado por la puerta de Urgencias del hospital Balbuena. Los tripulantes de la ambulancia hacen llamadas, entran y salen de la sala de urgencias.

A las 09:37 horas, el Centro Regulador, a petición de los paramédicos, envió un relevo: la ambulancia M3-012. Cambian a Alejandro de camilla. Una vez recuperada la camilla, a las 09:45 horas Hugo, José y Ángel se van en su ambulancia. Aún no hay cama para el paciente.

Ángel, José y Hugo abordan todos los viernes la ambulancia Z4-026 para atender entre cinco y 15 urgencias médicas en la ciudad de México. “No somos excelentes, pero damos una atención de calidad, humana. Tal vez no traemos mucho equipo ni traemos la mejor ambulancia del mundo, pero lo que hacemos nos gusta y se lo ofrecemos a dios”.

El presupuesto aprobado para el ERUM, según el portal de internet de la Secretaría de Seguridad Pública, fue, en 2010, de más de 102 millones de pesos y más de 113 millones de pesos en 2011. Pedro Estrada dice desconocer el monto, pero asegura que hay suficiencia presupuestal.

Carlos Alberto Flores, del Partido Acción Nacional, y Norberto Solís, del Partido Verde Ecologista de México, diputados de la Comisión de Seguridad Pública de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal; y el también panista Sergio Eguren, y Leonel Luna Estrada, del Partido de la Revolución Democrática, miembros de la Comisión de Protección Civil, coinciden en que los voluntarios del Escuadrón deberían recibir más apoyo para ofrecer un buen servicio a los habitantes de la ciudad de México.

Cada viernes, en un mundo de yodo, alcohol y otros olores, acechados siempre por la muerte, los tripulantes de la 026 escuchan en silencio y sin encender la luz la frecuencia de la policía capitalina. Un semáforo dibuja y difumina sus siluetas. Ahora son las 10 de la mañana; alguien acaba de morir.

Fuente: Contralínea 229 / 17 de abril de 2011