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Todo es relativo en la vida, sobre todo para los interesados propagandistas de “Occidente” (sin Alemania), quienes aseguran haber tenido éxito por impedir, gracias a la laxa resolución 1973 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) –que contó con la notable abstención de Brasil, Rusia, India y China (BRIC) y de Alemania–, la carnicería de civiles a manos de las tribus del coronel Gadafi que tenían sitiada la ciudad de Bengasi y que propició la  publicitada “protección humanitaria” de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), cuando sus miembros no se ocupan ni se preocupan del malestar de los ciudadanos en sus propios países, golpeados doblemente por las crisis financiera y económica, con el fin de beneficiar exclusivamente a sus plutocracias en detrimento del bien común.

A esto le llamamos “los cuentos de las mil y dos noches de la OTAN”. La organización con sede en Bruselas suma un cuento exógeno adicional a los mil y un maravillosos relatos nocturnos árabes: la “protección humanitaria” a los civiles de Bengasi, cuando se deja la muy pesada mano libre para que los aliados petroleros de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia en el mundo árabe se den la rienda suelta para asesinar a sus jóvenes contestatarios en el Golfo Pérsico, pasando por el Creciente Fértil hasta el Cuerno de África.

Ahora se juzgan las intenciones, no los actos: “Te mato porque estoy convencido de que vas a matar a tu vecino”.

¿Tenía, en realidad, el controvertido coronel Gadafi la intención de asesinar a medio millón de habitantes en Bengasi y a más de 100 mil contestatarios del puerto de Tobruk (muy cerca de la frontera con Egipto)?

¿Cómo se puede demostrar penalmente? Tal es “la nueva ley penal de la OTAN” que pretende aplicar ominosamente en los lugares donde sus intereses se encuentren comprometidos.

Se podrá estar de acuerdo o no con el coronel Gadafi, sin ser una perita en dulce (¿acaso lo son Sarkozy, Obama o Cameron, ya no se diga Berlusconi: aficionado consuetudinario del orgiástico “bunga bunga”?), pero no existen evidencias –fuera de la vulgar desinformación– que corroboren su deseo de exterminar a medio millón de rebeldes pertrechados en Bengasi y a más de 100 mil personas en Tobruk.

En varias de nuestras entrevistas sobre la personalidad clínica del coronel Gadafi –un campo muy riesgoso para sicoanalizar a los mandatarios del planeta porque se corre el peligro de quedarnos acéfalos de dirigentes–, adujimos siempre que se trataba de una “personalidad compleja”.

Como nos confesamos incapacitados para leer las intenciones de los demás –aunque la conducta pasada de los humanos en general constituya un parámetro nada desdeñable, pero tampoco automáticamente extrapolable– ni deseamos incurrir en el falso camino del sicoanálisis de los dirigentes mundiales, preferimos concretarnos a los “datos duros” objetivos y contrastables sobre la aventura de la OTAN, donde hemos detectado el deseo de la captura tanto de los pletóricos hidrocarburos de Libia –cuyo 80 por ciento se encuentra primordialmente en la parte oriental del país, es decir el bastión de los rebeldes de Bengasi (ver Radar Geopolítico, 3 de abril de 2011)– como del acuífero más grande del mundo, que por deseo de Alá abarca también la parte oriental de Libia, así como el 80 por ciento de Egipto y una sustancial parte de Sudán (ya balcanizado) y Chad (Bajo la Lupa, La Jornada, 3 de abril de 2011).

Si la intervención “occidental” (sin Alemania) consigue controlar, a través de los rebeldes de Bengasi –sin importar que en su gran mayoría pertenezcan al tan vilipendiado grupo fundamentalista islámico de Al Qaeda, pretendidamente combatido por Estados Unidos y Gran Bretaña en todo el mundo, como reza su hipócrita propaganda diseñada para cándidos, desinformados y oligofrénicos–, ergo, se podrá cantar “misión cumplida” a carta cabal (no como la espuria “misión cumplida” de Baby Bush y Tony Blair, que concluyó en el desastre militar de Irak, ya no se diga de Afganistán).

Sería conveniente escuchar los asertos de un periódico influyente, Der Spiegel (7 de abril de 2011), de un país que se abstuvo notablemente del resto de “Occidente”, Alemania, y cuyo periodista Carsten Volkery personaliza “la batalla de la OTAN” contra el coronel Gadafi y quien coloca en relieve “los temores de la OTAN de una guerra sin fin en Libia”.

Fuera de la captura cruda de los hidrocarburos y del agua fresca de Libia, asentados coincidentemente en la región oriental de la Cirenaica (capital Bengasi), cuesta trabajo entender los motivos racionales de la intervención de la OTAN, encabezada por el trío extraño de Sarkozy-Obama-Cameron (en orden de aparición teatral).

Estados Unidos ya se retiró de la intervención militar y le ha cedido el mando, de manera ambigua, tanto a la sede Bruselas como a Turquía (para el rescate humanitario), mientras Francia se ha quedado colgada de la brocha debido a su otra intervención simultánea en Costa de Marfil. Volkery reseña que los militares de Estados Unidos admiten la “parálisis” de la situación (stalemate) que no da más cabida a una solución bélica y que reclama una salida negociada, cuando Libia, un país estructuralmente “bipolar”, como siempre hemos insistido –con dos polos de poder, uno en la región de Tripolitania (capital Trípoli), donde se encuentran pertrechadas las tribus leales al coronel Gadafi, y otro, en Cirenaica (capital Bengasi)– guste o disguste, ha sido dividida de facto por la aventura bélica de la OTAN.

Volkery aduce que las intenciones verdaderas de la OTAN eran deponer al coronel Gadafi y exiliar su nepotismo. Si ése fue el objetivo primario real, entonces la OTAN habría fracasado estruendosamente –lo que a nuestro juicio sucedería en caso de perder el control del 80 por ciento de los hidrocarburos y el agua fresca de Cirenaica, cuando la situación militar se encuentra muy fluida (en seis semanas de combate fratricida entre las tribus del coronel Gadafi contra las tribus de Bengasi, con todo y la ayuda de la OTAN, el relevante puerto petrolero de Brega ha cambiado siete veces de manos).

Fuera del control de los hidrocarburos y el agua fresca (parte del mayor acuífero del mundo, con una extensión de 2 millones de kilómetros, equivalente a un “México acuático”), se asienta que la OTAN no goza de un objetivo claro en su misión ni de una estrategia de salida. Peor aún: ¿Cuál es la misión de la OTAN, una organización disfuncional, para el siglo XXI, que en su esquizofrenia de identificación busca incorporar a Rusia en su seno?

Hace mucho que “Occidente” (sin Alemania) asesinó a sus grandes pensadores, como Descartes y Kant, así que no hay que ser tan exigentes en pedir cartesianismo racional de parte de la “nueva OTAN”, que se parece más bien a una banda de cazadores arrojadores de piedras de la selva durante el paleolítico inferior en búsqueda de sus materias primas coyunturales.

Decíamos que el coronel Gadafi no es una perita en dulce y quizá su peor error haya consistido en abrirse insensatamente con sus aliados neoliberales de ayer, que resultaron sus verdugos cleptomaníacos de hoy. Gadafi no leyó la sublime alegoría del “dilema del prisionero”.

El coronel Gadafi se había querellado con la mayoría de los mandatarios de la Liga Árabe (con excepción de Siria y Argelia), de 22 miembros, quienes se cobraron sus facturas pendientes –primordialmente el rey Abdalá de Arabia Saudita y el jeque gasero de Qatar, ya no se diga los palestinos, a quienes sugirió “suicidarse”, además de los chiítas tanto árabes como persas, debido a la desaparición del influyente prelado Iman Musa Sadr, esfumado extrañamente durante una visita a Tripoli– y no tuvieron el mínimo pudor de aliarse con los intervencionistas foráneos, acusados por el agazapado coronel libio, quien nunca perdió su poder retórico de librar una “nueva cruzada” contra el Islam.

Todo lo contrario del lado de la Unión Africana, de 53 países, donde Gadafi goza de relativa mayor popularidad que en el seno de la Liga Árabe, que ha propiciado un antecedente muy riesgoso para sí misma– de allí la espectacular voltereta de Amer Musa, secretario de la Liga Árabe y conspicuo candidato de la OTAN a la presidencia de Egipto, cuando se percató del tamaño de la intervención bélica de corte neocolonial.

En efecto, en forma más sensata, la Unión Africana, encabezada por los buenos oficios de Jacob Zuma, presidente de Sudáfrica (flamante miembro del BRIC), ha propuesto un cese al fuego y una propuesta de paz entre las tribus de Bengasi y la tribus del coronel Gadafi, hoy a la contraofensiva de nueva cuenta en la crucial ciudad de Ajdabiya (no muy lejos de Bengasi).

Llamó poderosamente la atención la altisonante declaración del desertor general Abdul Fatal Yunes, anterior ministro del Interior del régimen del coronel Gadafi y hoy comandante malhadado de los caóticos rebeldes de Bengasi en cortedad de municiones y carentes de recursos financieros, quien fustigó a la OTAN de actuar “muy lentamente” en sus apoyos bélicos.

El portal israelí Debka (8 de abril de 2011), presunto portavoz del vilipendiado Instituto Central de Operaciones y Estrategias Especiales (más conocido como Mosad), pregunta si los rebeldes de Bengasi no habrán sido dejados “colgados de la brocha” por la OTAN.

Quien esto escribe, desde el inicio de las hostilidades, siempre consideró (redactado bajo juramento notarial con bastante antelación) que los rebeldes de Bengasi serían arrojados al matadero por la OTAN.

Muy hábil, el coronel Gadafi ha regresado a los reflectores que tanto le fascinan y ha iniciado una serie de contactos diplomáticos con los primeros ministros de Grecia, Turquía y Malta, quienes se han pronunciado por una salida diplomática salomónica. Además se ha dado el lujo de haber escrito a Obama después del retiro unilateral de Estados Unidos de los bombardeos de la OTAN, que se quedó sin creíbles dientes molares e incisivos para derrocarlo cuando se le escapó a la mayor organización militar y nuclear de todos los tiempos en las arenas movedizas del desierto que tanto conoce.

Se han volteado los papeles teatrales: ahora es el coronel Gadafi quien le brinda una elegante “estrategia de salida” airosa a “Occidente” (sin Alemania).

Desde luego que el coronel Gadafi ha detectado las debilidades materiales, del decadente “Occidente” (sin Alemania), que va por el control del vellocino de “oro negro” de Bengasi y las aguas frescas de Cirenaica.

¿Qué tanto estará dispuesto a otorgarles el coronel Gadafi para salvar simultáneamente su pellejo y la honra muy mancillada de “Occidente” (sin Alemania)?

Los parámetros han sido exquisitamente establecidos por los intervencionistas foráneos: el 80 por ciento de los hidrocarburos de Cirenaica y sus aguas frescas (sustancial parte del mayor acuífero del planeta).

Algo sustancialmente menor a ello comportaría un desastre de la OTAN y una apoteosis del coronel Gadafi y sus tribus del desierto, quienes conocen muy bien el infausto precio faustiano de los “occidentales” (sin Alemania).

Durante la Segunda Guerra Mundial, en la conocida segunda batalla de El-Alamein (en suelo egipcio no muy lejos de la ciudad de Tobruk en Cirenaica), el general británico Bernard Montgomery impidió que el general alemán Erwin Rommel se apoderase de Egipto y de controlar tanto el Canal de Suez como los pozos petroleros del Medio Oriente. El importante puerto de Tobruk hoy se encuentra conectado al importante yacimiento petrolero de Sarir, en Cirenaica.

¿Habrá perdido la OTAN la tercera batalla de El-Alamein, conectada geológica e históricamente a Tobruk (Cirenaica) y librada por los mismos motivos –sumados ahora del control del mayor acuífero del planeta– de hace casi 69 años?

*Catedrático de geopolítica y negocios internacionales en la Universidad Nacional Autónoma de México

Fuente: Contralínea 229 / 17 de abril de 2011