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Difícilmente puede rechazarse que el aumento de los precios mundiales de los hidrocarburos, los alimentos, incluyendo los de México y otras materias primas, se debe a factores como los siguientes:

1. La crisis política iniciada en Túnez que rápidamente se extendió hacia otras naciones del Norte de África –Egipto, Siria, Marruecos, Argelia, Libia y Mauritania, Yibuti–, que también ha generado conflictos en Irán e Irak y amenaza con propagarse hasta las petromonarquías del Consejo de Cooperación del Golfo –Arabia Saudita y Bahréin, Kuwait, Qatar, los Emiratos Árabes Unidos y Omán­–. En los casos de Libia y Argelia, ha afectado parte de su producción petrolera. Aquél extrae 1.6 millones de barriles diarios (MBD) y el otro, 1.3 MBD, 2.9 MBD en total, alrededor del 3 por ciento de la oferta total mundial. Una parte nada despreciable de ella se exporta. Se estima que sólo en Libia, que vende un 85 por ciento de sus exportaciones a Europa, la extracción cayó 50 por ciento. Si la inestabilidad alcanza a los miembros del Consejo y afecta a su producción o parte de ella, los resultados serán catastróficos para el resto del mundo, porque proporcionan poco más de 17 MBD, más o menos del 61 por ciento de la producción de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) y el 20 por ciento del total mundial. La producción global involucrada es del orden de 20 MBD, el 23 por ciento del total.

En ese escenario, a principios de marzo el precio de la canasta de crudos de la OPEP llegó a casi 109 dólares por barril, la tarifa más alta desde septiembre de 2008; el 4 de julio de ese año, había alcanzado el máximo histórico de 140.73; en diciembre de 2010, había sido de 88.56; el Brent se ubicó en casi 110 y el West Texas Intermediate, en casi 100. En octubre de 2010, eran de 81.53 y 81.81 dólares; en junio de 2010, la mezcla mexicana se vendió en 64.81, y al inicio de marzo, en casi 101. Las cotizaciones pueden elevarse aún más, junto con las de sus derivados, debido a un eventual mayor escalamiento de los conflictos, la posibilidad de mayores recortes en la producción y las exportaciones del petróleo, sobre todo en los países del Golfo; los posibles daños que puedan sufrir la infraestructura de la industria, la salida de las empresas trasnacionales de las zonas de conflictos, la decisión de los consumidores por acumular reservas ante una mayor caída de la producción y las exportaciones o problemas en el transporte del crudo, el costo del miedo –las primas al riesgo, cobradas por las aseguradoras u otras empresas relacionadas con la industria– y la ausencia de alternativas energéticas.

La intensidad y la extensión de las secuelas citadas dependerán de la duración de la inestabilidad política, el afianzamiento de gobiernos que surjan, la restauración de la infraestructura dañada y de las economías de las naciones involucradas. Inevitablemente, cambiará el mapa político de las zonas afectadas, y el resto del mundo no podrá evitar los desórdenes del mercado petrolero y la volatilidad de los financieros, las presiones inflacionarias, debido a que los precios de otros bienes y servicios serán afectados, el aumento del desequilibrio comercial y el riesgo de que la enfermiza reactivación productiva y comercial terminen por abortarse. Los márgenes de acción anticrisis son estrechos. Los países industrializados están agobiados por el costo público –déficit fiscal y débitos estatales– del rescate de los especuladores financieros que provocaron la crisis de 2008-2009 y el gasto anticíclico. El terror que le tienen los ortodoxos neoliberales a los precios podría orillarlos a endurecer la política monetaria (altos réditos), lo que aceleraría una caída en la recesión inflacionaria, en sustitución de la deflación (recesión con la caída de los precios) de 2009 y parte de 2010. Las más dañadas serán las naciones subdesarrolladas importadoras de petróleo y alimentos. La guerra del Yom Kippur, en 1973, contribuyó a la estanflación (recesión con inflación) de 1974 a 1975; la revolución iraní de 1979 a la de 1980-1981; la invasión iraquí de Kuwait en agosto de 1990. Al igual que la genocida intervención estadunidense en Irak de 2003, los acontecimientos citados aumentaron desproporcionadamente los precios de los hidrocarburos.

2. El cambio climático (las sequías o las copiosas lluvias) que afectó la producción y las exportaciones de Rusia, la India o Estados Unidos en 2010, principales oferentes de cereales, entre otros países. Esto alteró la oferta y la demanda de granos básicos –trigo, maíz y arroz–, que provocaron el alza de otros, como la soya o el centeno, aun cuando se señala que la cosecha media de granos en ese año fue comparable a la de 2007 y 2008. El alza de los costos de los insumos –fertilizantes, combustibles, transporte–, las importaciones de alimentos de China o los países petroleros del Golfo Pérsico, o los altibajos del dólar estadunidense, el euro y las demás monedas se sumaron para disparar las cotizaciones de esta clase de productos.

Sin desdeñar las circunstancias anteriores, ellas son empleadas como simples e hipócritas coartadas por las elites que gobiernan al mundo para tratar de ocultar otros hechos de igual o mayor trascendencia. El primero de ellos es que los acelerados y fuertes aumentos de los precios de los alimentos y otras materias primas registrados desde 2010, más que proporcionales las condiciones reales de la economía, el mercado y la geopolítica, también guardan correspondencia con la renovada y salvaje especulación de aquéllos que provocaron el colapso financiero internacional de 2008, cuyo epicentro se localizó en Estados Unidos, en Wall Street y los mercados de futuros de Chicago (Chicago Mercantile Exchange, donde se manipulan los precios de los bienes agrícolas) y de Nueva York (The New York Mercantile Exchange, donde se manosean los del petróleo, entre otros), el corazón la nación imperialista hegemónica y del capitalismo como sistema, al que le siguió la depresión de 2009.

Ante las expectativas de la carestía de los alimentos y el petróleo, los fondos especulativos de alto riesgo (hedge funds) están otra vez especulando con sus precios para obtener ganancias rápidas. Ante los rendimientos reales negativos pagados por los países metropolitanos y el desaliento que les provoca problemas fiscales y de endeudamiento de los mismos, trasladaron sus salvajes apetitos y sus capitales de corto plazo hacia los mercados de futuros, a los mercados de commodities (de productos agrícolas, minerales y energéticos) para manipular e inflar artificialmente las cotizaciones –no hay que olvidar que gran parte de esas operaciones poco o nada tienen que ver con las transacciones reales de los productos y sus tarifas; son cibernéticas, ya que la mayor parte del dinero comprometido no existe ni los productos involucrados–, así como hacia las llamadas “economías emergentes”, como México, cuyas tasas de interés pagadas por sus gobiernos son superiores a las del mundo desarrollado. Nada les importa que al jugar de nueva cuenta en el suicida carrusel financiero, contribuyan una vez más a desestabilizar al capitalismo mundial, a estimular la recesión inflacionaria que se avizora y a profundizar la pobreza y la miseria.

Dice el economista Michael R Krätke que “aunque el volumen del mercado de materias primas, especialmente de los mercados agrario y de alimentos, es pequeño comparado con los mercados de divisas o acciones, ofreció a [los] inversores un campo de acción lucrativo. Las bolsas a futuros para alimentos han sido secuestradas por bancos, fondos de inversión y hedge funds, que es tanto como decir por los especuladores profesionales mejor organizados. Goldman Sachs, JP Morgan, Barclays y el Deutsche Bank manejan allí el dinero de inversores, a quienes, a su vez, venden certificados de gran éxito en las bolsas a futuros que son sumamente atractivos para los poseedores de grandes fortunas, porque muchos de estos fondos especiales en pocos meses adquieren un 20 por ciento y más de su valor inicial. Grandes especuladores, fondos de inversión o de hedge funds individuales se encuentran cómodos junto a la caja registradora donde pueden comprar un 7, un 8 o un 10 por ciento de la cosecha mundial de cacao, arroz o trigo. Los precios no son imperturbables. La cantidad de contratos a futuros en alimentos que se comercian en las bolsas de todo el mundo (sobre todo en Chicago) ha subido como la espuma. Decenas de miles de estos contratos, con un volumen de miles de millones, son exactamente iguales a la hora de las transacciones, donde los grandes bancos y hedge funds controlan a gran escala las materias primas y los alimentos y actúan inflando los precios”.

Es el retorno y la venganza de los especuladores que, como antes de la crisis iniciada en 2007, vuelven a convertir el hambre de las mayorías y los que mueren de inanición en activo financiero, en una fuente de riqueza. Son su nueva gallina de los huevos de oro.

En marzo, el alza de los precios de los alimentos acumula ocho meses de aumentos consecutivos. En enero, sumaron un aumento anual de 29 por ciento, y el índice de precios de los alimentos de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés) volvió a tocar su más alto nivel histórico. En febrero, el precio del trigo se duplicó y el del maíz aumentó 73 por ciento en los últimos seis meses. Según la FAO, el precio de los productos alimentarios básicos “dificulta aún más la vida de los más pobres del mundo, que ya dedican entre el 60 y el 80 por ciento de sus escasos ingresos a los alimentos. Con las alzas, 115 millones de personas más se hundieron en la pobreza y el hambre. En 2009, el número total de personas hambrientas en el mundo alcanzó el millar de millones”. Según el Banco Mundial, se sumaron 44 millones pobres.

Lo anterior nos lleva a otros dos aspectos. Uno de ellos es a los que revitalizaron a los especuladores. Con sus programas de rescate de los especuladores, que socializaron las pérdidas de la crisis reciente, y con su política monetaria de créditos gratis para los salvados, Barack Obama y los gobiernos de los países industrializados generaron la liquidez de billones de dólares que han creado la nueva burbuja especulativa. Es la huida hacia delante para obligar al resto del mundo a que pague los platos rotos de su propia crisis, recupere sus pérdidas y obtenga nuevos beneficios.

El otro es su desinterés para frenar la especulación. No han hecho nada para ponerles el dogal regulatorio a los liberados especuladores que desde la década de 1970 convirtieron el mundo en un gran casino. En la reunión del G20 de febrero, Nicolas Sarkozy propuso poner un techo a precios de las materias primas. Aunque esa medida es vital, no era en favor de los pobres, sino de los países desarrollados, a costa de los subdesarrollados que las exportan a costa de sus pobres y miserables. Nunca planteó administrar a los verdaderos estafadores. Su oferta fracasó. En la misma reunión, Robert Zoellick, del Banco Mundial, advirtió que el mundo está llegando a un “punto peligroso” por dichas alzas, lo que acentúa la inestabilidad política. No pasó nada.

Las revueltas sociales en el mundo desarrollado –Grecia, España, Gran Bretaña, etcétera– son consecuencia de la crisis provocada por los gobiernos y las oligarquías que, además, hacen pagar a la población el costo del rescate y los ajustes con la pérdida de sus expectativas de vida. Los estallidos en los países subdesarrollados tienen las mismas causas, sumadas a la permanente miseria producto de un sistema mundial desigual y el despotismo de esos regímenes tolerados por los países desarrollados porque los beneficiaban. No les interesa el futuro de sus “socios” ni de la población de esas naciones.

Las rebeliones preocupan al mundo desarrollado sólo porque pueden perder sus ganancias. Pero para los condenados de la tierra (Frantz Fanon), aún en su falta de organización y de proyectos de nación, representa un aliento de vida. Su mundo hecho pedazos les será costoso; pero nada tienen que perder, ya que carecen de todo, a diferencia de las elites, asustadas como ratas. La crisis ofrece cualquier posibilidad. Ésa es una lección para los mexicanos. Su estallido derrumbaría a la oligarquía despótica político-empresarial que nada tiene que ofrecerles, más que una mayor miseria a perpetuidad. Sería bienvenida.

*Economista

Contralínea 224 / 13 de marzo de 2011

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