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Por haber hecho alusión al “supuesto” alcoholismo de Felipe Calderón, por atreverse a sugerir que la Presidencia (espuria) debería aclarar ese asunto, que desde hace seis años es tema de conversaciones populares y desde mucho antes se ha ventilado en círculos panistas, la valiente y brillante periodista Carmen Aristegui fue despedida de la cadena MVS.

La rabieta de Calderón no se hizo esperar, a pesar de que la comunicadora no había afirmado que él fuera alcohólico, sino que sólo planteó la interrogante, de manera muy pertinente, con motivo de la protesta de varios diputados de oposición que en una manta sí lo afirmaban y cuestionaban por ello la capacidad de Calderón para gobernar el país.

Ciertamente, como señalaban esos políticos, un alcohólico, como en alguna medida puede serlo Calderón, no es el más indicado para gobernar el país, y cabe añadir que tampoco para encabezar una lucha contra las “drogas”, como pretende hacerlo él. Sobre todo, cuando ni siquiera tiene legitimidad, pues en 2006 llegó al poder mediante el fraude y la imposición.

Pero eso bastó para desencadenar la ira del “presidente” y de su jauría mediática, por lo que Aristegui fue acusada por MVS de violar normas éticas y fue implacablemente criticada, e incluso insultada, por una legión de periodistas y de medios incondicionales del poder.

Sin embargo, la única ética que parece regir en muchos espacios de radio, televisión y prensa es el elogio desmesurado, apabullante, ridículo, de Calderón y su gobierno, así como el ataque sistemático, artero, bajo, contra la oposición, como viene sucediendo desde la época de las campañas de 2006, cuando muchos medios, que representan intereses económicos, se unieron para defender a Calderón y para desencadenar la guerra sucia, plagada de insultos y calumnias, contra López Obrador.

Calderón quiere imponer en los hechos una especie de ley de lesa majestad, como las que hace siglos permitían a los monarcas aplicar los castigos más severos a quienes se atrevieran a incomodarlos de cualquier manera. Ahora resulta que concebir siquiera que Calderón pueda ser alcohólico debe considerarse como una gravísima falta a la moral.

Antes de que Felipe I, el Católico, llegara al trono –lo hizo con el apoyo de empresarios, obispos y militares–, había más libertad para referirse a su persona, de tal suerte que reporteros y políticos se referían en sus conversaciones a la afición de Calderón por los vinos y otras bebidas, como el tequila, pues nunca ha tenido fama de abstemio.

Durante su campaña presidencial, en 2006, el propio Calderón reconoció su gusto por la bebida en una entrevista que le hizo Víctor Trujillo, Brozo, y que todavía puede verse en la web (www.youtube.com/watch?v=WGf8qo3RCBo).

Uno de los testimonios acerca de su alcoholismo proviene nada menos que de Carlos Castillo Peraza, su amigo y mentor, quien el 30 de octubre de 1997 se dirigía en estos términos a Calderón, quien entonces fungía como presidente del Partido Acción Nacional: “…me pareció desconsiderado de tu parte no haber acudido a la cita de anoche, sin siquiera haber avisado, y me dolió y preocupó haberme enterado por boca de subalternos menores que el presidente del partido salió de la oficina ‘muy bien servido’” (es decir, borracho). Castillo Peraza también le decía en su carta: “… llamó asimismo mi atención un tema reiterado de conversación (en una junta que se había celebrado unos días antes): el de las aventuras más que frecuentes –etílicas y demás– de algunos de tus colaboradores” (el documento fue publicado en Proceso el 19 de octubre de 2009).

Desde luego, algunos de los apologistas de Calderón, a la vez que detractores de Aristegui, pretenden ahora hacer creer que es imposible que sea alcohólico porque “nunca”, dicen, se le ha visto ante las cámaras ahogado de borracho, vomitando y cayéndose. El alegato es tramposo, pues hay distintos grados y formas de alcoholismo: desde el que exhibe el teporocho hasta el que luce al llamado “alcohólico social”; todos ellos comparten el exacerbado gusto por la bebida, que, finalmente, altera la conducta. Por otro lado, aunque la televisión abierta registrara uno de esos momentos, si es que ha ocurrido, jamás lo transmitiría y menos aún bajo un gobierno que reprime críticas mucho más leves.

Más allá de la censura, unos pocos medios se atreven a criticar a Calderón y a su gobierno, pero en internet prevalece abrumadoramente la percepción popular y de periodistas independientes acerca de temas prohibidos en los medios convencionales.

El 16 de febrero, la consulta “Calderón” y “alcoholismo” en Google arrojaba 728 mil resultados, mientras que “borracho” y “Calderón” llegaba a los 757 mil. Como el lector puede comprobar, muchas de esas referencias son fuertes críticas a Calderón, y la pregunta acerca de si Calderón es alcohólico, que no puede plantearse ni remotamente en los medios convencionales, porque es ofender a dios, se ha hecho reiteradamente en foros como el de Yahoo, donde una de las respuestas que se encuentran es ésta: “Sí, Calderón es alcohólico. Durante la campaña… supimos que después de las cinco de la tarde, bajaba borracho del avión en que viajaba. Inclusive se supo que su mujer pidió permiso en la Cámara para controlarlo en la bebida” (sic).

Luego de su despido, Aristegui recibió apoyo de manifestantes que obviamente no fueron convocados por la televisión, sino que, en todo caso, han encontrado formas de comunicación en las redes sociales y en las páginas web, espacios que hasta ahora se han mantenido más libres. Finalmente fue reinstalada.

*Maestro en filosofía; especialista en estudios acerca de la derecha política en México

Fuente: Contralínea 223 / 06 de marzo de 2011