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429 West, US, Highway 83, Pharr, Texas. El teléfono de la tienda de armas Glick Twins suena y alguien responde. Pero el dueño Robert Glick no contesta las llamadas de un reportero del Washington Post que lo busca para preguntarle sobre el hecho de que su negocio aparece como el número dos de la lista de los expendios estadunidenses que vendieron armas de alto calibre, que luego fueron decomisadas a narcotraficantes en territorio mexicano.

La tienda Glick Twins cobró fama luego de que un par de agentes encubiertos del Departamento de Seguridad Pública se hallaban en el negocio cuando un cliente se acercó al mostrador y preguntó cuántos rifles AK-47 podía comprar al mismo tiempo y si la tienda daría aviso a la Agencia contra el Tráfico de Armas de Fuego, Alcohol y Tabaco (ATF, por sus siglas en inglés). El hombre fue detenido afuera del negocio y dijo a la policía que él y otro individuo habían comprado cerca de 15 armas y se las entregaron a una persona conocida como el Chuy, que las pagó a 500 dólares cada una y las introdujo después a México. La tienda Glick Twins aparece en los registros de la ATF como lugar de venta de 165 armas confiscadas en México. Esto es tan sólo un botón de muestra del río de metal que va de Norte a Sur y abastece de armas de alto poder a los cárteles mexicanos de la droga. Otra de las tiendas con más registros de la ATF, 95 armas vendidas por la tienda y decomisadas en México, es Academy Sports and Outdoors, en McAllen, Texas, donde los usuarios compran ropa y accesorios deportivos, pero donde también podían comprar, hasta hace poco, rifles AK-47 y AR-15. La tienda decidió recientemente suspender la venta de esas armas en sus tiendas de McAllen y Edinburg, ciudades a menos de 30 minutos de Reynosa, Tamaulipas, una de las ciudades más violentas de México. La investigación del Washington Post encontró que 12 negocios de venta de armas localizados en la frontera entre México y Estados Unidos eran el origen de la mayoría de las armas confiscadas a narcotraficantes en territorio mexicano. Ocho de esos negocios están localizados en Texas, la mitad en el Valle del Río Grande, un área compuesta por tres condados fronterizos que están del otro lado del territorio controlado por el cártel del Golfo y Los Zetas, quienes actualmente viven una disputa salvaje.

950 Pennsylvania Avenue, NW, Washington, DC. El aparente fracaso para detener el flujo de armas hacia México ha sido, al menos, un motivo de preocupación para las autoridades de Washington, DC. La oficina del inspector general del Departamento de Justicia emitió, en noviembre de 2010, un reporte sobre los magros resultados del proyecto de la ATF Gunrunner, destinado a frenar el río de metal hacia México. La razón principal de ese aparente fracaso es la falta de cooperación entre las agencias estadunidenses. La ATF, dice el documento, sólo ha facilitado información táctica, pero no estratégica a la agencia antidrogas estadunidense y al Servicio de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por sus siglas en inglés). La CBP se queja, por ejemplo, de que con más información de inteligencia por parte de la ATF, sus operaciones serían más eficaces. El reporte indica que la CBP apenas decomisó 70 armas en el año fiscal 2008 y 93, en los primeros 10 meses del año fiscal 2009.

Boulevard Manuel Ávila Camacho, sin número, esquina con avenida Industria Militar, ciudad de México. Los reportes estadunidenses también han puesto en tela de duda la efectividad en los sistemas de intercambio de inteligencia entre las dependencias militares y policiales en México. Los sistemas de inteligencia militar, por décadas, estuvieron configurados para detectar y evaluar las amenazas provenientes de los grupos armados que operaban principalmente en las zonas montañosas y selváticas del país. Los programas de labor social y la operación de los Cuerpos de Defensa Rural, integrados por civiles armados, entrenados y dirigidos por militares, abastecían de una gran dosis de información que el Ejército requería para combatir los movimientos armados y detectar sembradíos de mariguana y amapola. Sin embargo, esos programas tenían y siguen teniendo una presencia menor en las ciudades, particularmente aquéllas afectadas por los grupos de sicarios que ejecutan la violencia a nombre de los mandos del crimen organizado. Según los reportes estadunidenses, la Secretaría de la Defensa Nacional ha desarrollado un sistema de inteligencia estratégica centralizado, cuya información no siempre comparte con los líderes militares locales por temor a una penetración del narcotráfico en sus filas.

Esta desconfianza se expande a prácticamente todas las áreas de la seguridad en México y obliga al aislamiento de la inteligencia militar respecto de los demás servicios. La rivalidad entre la Procuraduría General de la República (PGR) y la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), ahora disminuida por el cambio del titular de la PGR; la debilidad burocrática del Centro de Investigación y Seguridad Nacional, y la desconfianza prevaleciente en las instituciones de seguridad han limitado la eficacia de la lucha contra el crimen organizado.

Para ninguno de los dos países es un secreto que la descordinación y la rivalidad privan entre las agencias de seguridad de ambos lados de la frontera. Sin embargo, el problema pesa más del lado mexicano.

Estados Unidos tiene un sistema que unifica 16 agencias de inteligencia civiles y militares bajo el mando de un director nacional de inteligencia.

México carece de una formación semejante, e intenta, por el momento, resolver el problema de la desintegración burocrática a través de la creación de unidades de inteligencia de operaciones tácticas, localizadas en cada zona militar y compuestas por representantes de inteligencia militar, naval, civil, así como agentes de la PGR y la SSP.

Mientras comprueba que esas unidades funcionen en medio de una rivalidad y desconfianza predominantes, México sigue dependiendo de la inteligencia que le proporciona Estados Unidos para ubicar a los principales líderes del narcotráfico.

Aunque el gobierno mexicano argumenta que más de la mitad de los narcotraficantes más buscados ha sido detenido o asesinado, nada garantiza que esos mandos criminales hayan sido reemplazados aun antes de que las unidades federales, con apoyo de inteligencia estadunidense, hayan llegado hasta ellos. Es posible que la propia inteligencia estadunidense esté atrasada y sea inexacta, dada la dificultad de penetrar las organizaciones de narcotraficantes mexicanos.

La evaluación reciente de la eficacia de los sistemas de inteligencia de Estados Unidos ha destacado la necesidad de aumentar la proporción de inteligencia humana sobre la electrónica, sobre todo en el contexto de grupos terroristas, altamente compartimentalizados, que han aprendido a eludir el espionaje electrónico.

México necesita mejorar sus sistemas de inteligencia, fortalecer los programas de inteligencia humana e integrar a todas sus agencias con una sola visión estratégica, táctica y operacional. Sin ella, el país seguirá anclado a la información que Estados Unidos le quiera dar y mantendrá una desventaja enorme frente a los grupos del crimen organizado. Cada país tendrá, por su parte, que hacer lo suyo para resolver las rivalidades y la falta de comunicación entre sus respectivas agencias en materia de inteligencia. La suerte de la cooperación binacional pasa por la reforma a los propios sistemas de inteligencia y la producción de estrategias mucho más amplias que la mera aplicación de fuerza militar. Hasta donde hemos visto, el músculo militar sólo es útil cuando se aplica de manera masiva y breve, sobre la base de inteligencia útil. Fuera de esos resultados de corto plazo, no tenemos más que bajas colaterales y violación de los derechos humanos. La violencia sigue creciendo incontenible, mientras los mandos de los cuerpos de seguridad siguen desconfiando unos de otros, peleándose por asuntos que, de frente a las necesidades nacionales, no dejan de ser superficiales, irrisorios y, en ocasiones, abyectos.

*Especialista en Fuerzas Armadas y seguridad nacional; egresado del Centro Hemisférico de Estudios de la Defensa, de la Universidad de la Defensa Nacional en Washington

Fuente: Contralínea 217 / 23 de enero de 2011

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