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Villas Vida Plena no sólo es residencia de abuelitos sino un lugar de encuentro, un lugar en donde el tiempo pareciera detenerse regenerando el espíritu, un paraje donde se escriben historias de amor.

Desde su creación a la fecha han pasado ya tres años.

Edgar Ramírez

Cd. Victoria, Tamaulipas

“Aquí es donde la gente vuelve a tener una ilusión. Cuando menos por ahora ya tenemos tres historias de amor. Empiezan a vestirse mejor, a tener más cuidado de su imagen, se arreglan más”, asegura emocionada María de Lourdes Montemayor de Flores, directora de las Villas Vida Plena.

“Ya cumplimos dos años aquí, me tocó festejar el primero, segundo y tercer aniversario, hubo ritmos de música que a ellos les gustaba, juegos, para estar alertas con su memoria y una chica que canta música ranchera muy bonita”, dice y admite que para ella es un trabajo muy satisfactorio: “Soy abuelita también, soy rica, es una bendición tener nietos”.

Detalla que en villas la persona más joven tiene 62 y el mayor 94. “Tiene una fuerza natural, no usa bastón, tiene una fortaleza y conocimiento impresionante sobre astronomía y debe estar ahora en el centro de cómputo”.

La directora se refiere a don Pablo Lavín –el que abordaremos más adelante–, principalmente por sus actividades enfocadas al cultivo de legumbres dentro de las instalaciones de la villa.

“Es impresionante ver la entrega que tiene por el huerto. La buena energía ahí la adquiere. Tiene jamaica, papaya, toronjas, chile, cilantro, acelga, las espinacas –sonríe–, la envidiaría Popeye”. Informa que ya tiene 70 residentes en las villas.

La más alegre

Vista desde afuera las instalaciones parecen abandonadas. Hay un guardia de seguridad en la entrada.

Él me indica el camino a la dirección, cuyo acceso están flanqueados por el costado izquierdo por el comedor. Más al fondo, hacia la izquierda, un gran salón de estar y área de billar.

Después de una breve charla con la directora, me dirijo al salón que está justo al lado de su oficina atravesando por una puerta en donde espera sonriente Virginia Blackmore Herebia, quien a decir de la señora María de Lourdes, es la más alegre de todas las muchachas que residen ahí. Es la más divertida.

Y en efecto, lo es. Justo antes de hacer conversación ella se adelantó y dijo sin tapujo en una carcajada: “De haber sabido que vendría me hubiera puesto algo escotado”. Reconoce que por 47 años vivió en Guadalajara.

“Cuando regresé a Victoria, platicando con amigas me entusiasmé, llegué a mi villa, es la 48, me siento tranquila porque soy la única que juega billar. Soy viuda, acaba de morir un hijo en Matamoros, de 48 años, fue fulminante. Dios lo llamó. La muerte de un hijo duele, pero bendito Dios que nos da fortaleza.

“Aquí me divierto haciéndole a todo, me gusta leer, me gustan los libros antiguos. Aquí me invitan a participar haciéndole de la Virgen María, no, no, no, me gusta más leer que ver la televisión. Y -ataja- en especial los de Gabriel García Márquez me fascinan, la música, pues me gusta la música antigua”.

Orgullosa dice tener cuatro hijos, una mujer vive en Guanajuato, es dentista. Uno de ellos se quedó en Guadalajara. Y el otro que murió en Matamoros. “Bendito sea Dios tengo la juventud acumulada. Porque me gusta actualizarme, aunque los libros sean muy caros. Me siento muy a gusto aquí”.

De hecho, recuerda haber ido a la inauguración de la Casa del Adulto Mayor y es fascinante todo el amor y la bondad que se desprende de uno. “Ahí es donde el resentimiento y corajes no tienen cabida”.

Doña Virginia es tía de Enrique Blackmore, asesinado el año pasado cuando acompañaba al entonces candidato del PRI a la gubernatura Rodolfo Torre.

“Acabo de perder mi sobrino Enrique Blackemore, él iba de vacaciones conmigo a Guadalajara. Y es que mi cuñada aún no se repone de esto. Pero aun así sigo viajando a Guadalajara, voy a cada rato. Me encanta viajar. Sin embargo, estando aquí estoy en un grupo de muchachas en donde nos contamos chistes. Hay días que nos reunimos en el Sierra Gorda. Y de ahí me vengo hasta aquí. Ahí conoces gente en el micro. Conoces historias de todo. Es algo fabuloso estar aquí y más teniendo amigos. Aquí hay puros muchachos y muchachas, nada de viejitos. Aquí estamos cuatro Blackmore.

“Me gusta mucho jugar al ajedrez y lotería. Somos como 18 muchachas en el club, todos jugamos lotería, nos la pasamos muy bien. Hoy, de hecho, quería ver ‘Hoy’ porque iban a entrevistar a Willian Levi. Todo muy bien y mis desayunos y cenas son cereales, creo que eso nos ayuda a mantenernos bien”.

La recién llegada

En la villa hay residentes de lujo, como Beatriz Ugarte Arniches, hija de Eduardo Ugarte, historiador, cineasta y diplomático español, quien formó parte de la generación intelectual del 27 junto al poeta Federico García Lorca, con quien fundó La Barraca, un teatro con el objetivo de escenificar cultura. Ella todavía habla con un marcado acento francés.

“Yo vine muy pequeñita a México. Pero mucho antes mi padre fue nombrado delegado cultural en la embajada de París, Francia, yo tendría poquísimos años. Estuvimos tres años en París, ahí aprendí el francés. De repente estalló la Segunda Guerra Mundial, yo apenas me acuerdo. Estuvimos en Francia, nos encantó, la vida es muy metida en casa, la gente muy abierta muy culta, amable. Vivimos toda la vida”.

En camino a México, Beatriz apenas recuerda que fue cuando el presidente Cárdenas abrió las puertas a todos los españoles con el estallido de la segunda guerra.

“Nos venimos a México. Años después mi padre sufrió ocho infartos al miocardio, pobrecillo, falleció a los 50 años. Y mi madre que era hija de un escritor muy conocido, Carlos Arniches, autor teatral, su comedias muy en boga, era licantino, tuvo que agarrar las riendas. Todavía recuerdo cuando vivíamos en Madrid, a mi padre le encantó ese casticismo español que había entonces.

“Cuando llegamos a México fue en un barco holandés. Muy bueno, era principios de la guerra, estuvimos hospedados en el Hotel Regis en la avenida Juárez, que era el mejor del DF, que luego se cayó con el temblor.

“Siempre lo recordaba mi padre, que cuando íbamos bajando las maletas y entonces se le acercó un señor y le dijo… ‘¡Oiga joven no deje las petacas en la banqueta porque se le van a volar…!’, no entendía lo que quería decirle el señor y entonces supuso que tendría que aprender otra versión del castellano. Nos instalamos aquí muy felices. Mi papá no quiso que perdiera el francés y entonces me inscribió en el Liceo Franco Mexicano, que curiosamente don Juan Tardán era el director. Era además dueño de los sombrererías más famosas de ese tiempo y curiosamente años más adelante se convertiría en mi suegro, pero muchos años después”.

Don Juan Tardan fundó el Liceo Franco Mexicano, el Hospital Francés y muchas instituciones francesas que permanecieron mucho tiempo, según detalla Beatriz.

“Mi madre, en cambio, sabía muchos idiomas porque en esa época la gente con posibilidades económicas en España podía hacer viajar a sus hijos por Europa y tenían institutrices inglesas y así aprendían.

“Fue cuando en la época de Miguel Alemán que se fundaron los grandes congresos internacionales en México y entonces llamaron a mi madre, se presentó, hizo un examen, era muy brillante, aquí faltaban intérpretes, fue una gran intérprete, viajó mucho por el mundo, estuvimos en España de nuevo y vimos a mi familia que casi no conocía. Me dio gusto reintegrarme también.

“Mi madre se movió muchísimo. Muy brillante y hasta que murió, aquí en México”,  recuerda orgullosa.

Dice que al pasar los años, viviendo en México conoció a un Tardán y a los cuatro meses se casaron.

“Mi matrimonio muy feliz, desgraciadamente el año pasado falleció mi esposo a los 83 años, llevamos mucho tiempo juntos.

“Mi hijo conoció a su esposa allá en México, una chica de apellido Treviño. Se casaron, vivieron muchos años en Monterrey. A mi hijo le encantaba la fotografía. Los visitamos con frecuencia. Desgraciadamente uno de mis gemelos murió, justo cuando ya se iba a titular. En tanto que mi hija mayor se fue a estudiar una maestría en Barcelona y allá se quiso quedar. La otra también, acompañó a su hija en Puebla y allá quedaron. Y yo me quede solita”, dice.

Sentada en la mesa de la sala de estar, invadida por la nostalgia de los años de su vida, comenta que tenían casa en la Ciudad de México pero la vendieron en un momento inesperado. “Fue mi hijo quien me habló de este lugar, vine acá y me encantó, tuve que empacar rápido, le vendí la casa a una historiadora peruana. Bellísima persona”.

Está ávida de aprender cosas nuevas. “Me encanta pintar, estuve por muchos años en un taller de pintura pero mis pinceles nos los pude traer de México. Estudié hasta la prepa y luego era así como una señorita, entonces mi padre aún siendo de los intelectuales me decía: ‘Vas a estudiar la carrera que quieras, pero primero tienes que aprender lo básico de una mujer’”.

El ahijado de Ávila Camacho

El caso de Pablo Lavín es único, por su amor al campo y la agricultura, porque es ejidatario del municipio de Llera.

Tiene 80 años con 4 meses. Reconoce igual que todos sentirse muy a gusto aquí en villas. Llegó seis meses después de la inauguración. En mayo.

“Llegué en mayo y la inauguración fue en el noviembre anterior. Yo llegué gracias a una compañera de aquí que me la encontré en el centro. Recién había llegado a Victoria y rentaba un cuartito.

“MI padre fue ganadero. Desgraciadamente lo tentó la política y vendió todo y como las gentes decentes no caben en política, mi padre fracasó. Aun con todo eso mi padre fue presidente municipal interino en Laredo. Mi padrino Manuel Ávila Camacho lo nombraron interino de esa ciudad”, dice.

“Ahí estuvo, allá por el año 1936. De hecho, por ahí andaba también en lucha el bisabuelo de la actual gobernadora. Pelean ahí la presidencia y mi padre fue a ponerles un alto”, comenta.

Debido al trabajo de su papá, don Pablo dice que ellos eran como húngaros. Viajaban de un lado a otro.

“Porque a mi padre lo consideraban incómodo y por eso lo comisionaban a todos lados. Por eso además nunca jugó para senador de la República. Porque siempre lo hicieron a un lado. Y como tres veces lo corrieron de aquí de Tamaulipas, porque él y otros amigos juntaron como 4 mil agraristas y se apoderaron del gobierno”. A su padre, dice, lo mataron por política en una hacienda en Oaxaca para quitarle sus tierras.

Su experiencia en el cultivo de legumbres es extraordinario. “Cuando llegué aquí esto era pura piedra y limpié todo. Empecé a sembrar maíz, pero eso trae plagas que afectan a todas la legumbres y hasta ahí nomás. Ahora tengo cultivo de acelga, rábanos, alcachofa, el bombó, es un cultivo que se da por la frontera o la famosa ocra (en la india lo utilizan como el ixtle aquí). Tengo frijol ejotero, nabo, cilantro, tomate, repollo y la famosa col de bruselas. Cada ciclo lo que más siembro es rábano eso me piden aquí, es sólo antojo”, dice orgulloso.

Advierte que a la mayoría no le gusta esto: “La agricultura necesita gente que esté acostumbrada porque es pesado, el azadón el talache, limpiar el lugar. Ahora no hay piedras siquiera”.

Don Pablo combina su historia con otros pasajes de su vida en Veracruz.

Residía en Cerro Azul y se dedicaba a la compraventa de ganado, pero unos políticos los obligaron a salirse de ahí. Querían hacer ellos sus negocios abusando de la ignorancia de la gente para pagarles lo mínimo por vientre de ganado.

En algunas localidades tenía quien le conseguía los animales. Recuerda que en algunas de ellas se tenia que pagar algo de cerveza antes de preguntar si tenían venta de ganado, “porque si preguntas sin antes de invitar te mandaban a la chingada”.

Don Pablo tiene cuatro hijos y dice que hizo todo lo posible por educarlos. “Yo he sido un hombre solitario, mis amigos eran los amigos de mi papá, no tengo amigos de mi generación”.

Doña Lolita

Dolores de la Fuente Ortiz tiene 83 años cumplidos. Vive en la villa número 12 y llegó a este lugar por María Esther Camargo de Luebbert.

“Mire qué hermoso. Aquí, la noches de luna son hermosas, la sierra, las palmeras. Todo hermoso. Soy muy feliz aquí, tengo dos años y medio aunque tengo familia en Reynosa por parte de mi esposo.

“En el amor fui muy feliz. Como estábamos solos, ya que no pudimos tener hijos, andábamos donde quiera. Nos divertíamos siempre. Contábamos chistes. No volví a enamorarme. Porque cuando murió él de cáncer me dijo que si encontraba otro hombre que me hiciera feliz estaba en mi derecho y podría hacerlo, pero yo le dije que no, le dije ‘no mi amor, porque te amo a ti…’, lo llevo siempre en mi pensamiento”.

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