El ejército de Calderón

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Calderón ha usado al Ejército para mantenerse en el poder luego del fraude de 2006. A la jerarquía militar le ha brindado un papel protagónico con la supuesta “guerra contra el narco”, ardid sexenal para apoyar al gobierno derechista. En realidad, ha hecho de las Fuerzas Armadas, que algún día tuvieron raíces revolucionarias, uno de los principales enemigos del pueblo. El Ejército Mexicano, la Marina Armada de México y la Fuerza Aérea Mexicana han brindado al gobierno ilegítimo el apoyo que necesita para llevar a cabo sus políticas contrarias al bienestar popular.

En este sexenio, se propicia también la injerencia del clero católico en el Ejército, situación de la que México se había librado como una honrosa excepción en América.

Lo peor de todo es que el amasiato de Calderón con las jerarquías militar y religiosa anticipa para 2012 un escenario que podría incluir el intento del mandatario espurio de perpetuarse en el poder por medio de las armas, bajo la premisa de que el Ejército no estará dispuesto a abandonar los beneficios y el protagonismo que han encontrado bajo el actual gobierno derechista, militarista y católico.

La “indispensable” milicia

Nacido el 19 de enero de 1943, el mismo día en que se creó el Instituto Mexicano del Seguro Social, el general Guillermo Galván Galván, secretario de la Defensa actual, ha sido uno de los principales apoyos del mandatario derechista que, paradójicamente, tanto se ha esforzado por destruir las instituciones y políticas que, en el pasado, beneficiaron a las clases trabajadoras.

El 15 de septiembre de 2010, en pleno aniversario de la lucha de México por su Independencia, Galván alegaba que el Ejército no debía volver a sus cuarteles, pues esto sería “un signo de debilidad y dejaría a la sociedad en la indefensión” (Excélsior, 15 de septiembre).

Más aún, el jefe de las Fuerzas Armadas ha dicho claramente que el Ejército tiene intención de quedarse así indefinidamente, pues, según él, “los resultados de nuestros análisis estratégicos nos persuaden de que en el mediano plazo es inviable un retiro de tropas”.

En otros términos, su “estrategia” les dicta a los jefes militares quedarse para siempre gozar de las ventajas que les representa ser tan indispensables para garantizar la permanencia de la derecha en el poder.

Como es sabido, la sociedad está hoy en día indefensa ante los abusos de los militares, quienes actúan con toda prepotencia con el pretexto absurdo de la llamada “guerra contra el narco”, donde la intervención militar es una estrategia comparable a lo que sería tratar de apagar un incendio con abundante gasolina.

Los problemas asociados al tráfico de drogas surgen de la prohibición de su consumo y adquieren mayores dimensiones con la participación de los militares, gracias a sus armas y su entrenamiento.

Es obvio que la guerra es el negocio de los mandos militares, en todos sentidos; por ello, el presidente espurio les ha creado una guerra a su medida, al igual que Bush fabricó su “guerra contra el terrorismo”. En la década de 1960, Díaz Ordaz también llevó a cabo su “guerra contra el comunismo”, usando al Ejército para ocupar universidades y masacrar estudiantes.

Precisamente, en el festejo del bicentenario, el 15 de septiembre, el Ejército, en un despliegue absurdo y amenazante, salía a ocupar calles de Reforma y Avenida Juárez, que hace cuatro años fueron escenario de las movilizaciones populares contra la derecha en el poder.

Como bien señaló Luis Hernández Navarro, “desde que tomó posesión del Ejecutivo, Felipe Calderón ha recurrido a las Fuerzas Armadas para gobernar. Las fiestas del bicentenario no fueron la excepción. No se trató, tan sólo, del tradicional desfile del 16 de septiembre. El mandatario nombró como fiduciario del Fideicomiso Bicentenario, encargado de administrar los recursos de la fiesta, al Banco Nacional del Ejército, Fuerza Aérea y Armada. La institución manejó la nada despreciable cantidad de 3 mil millones de pesos. En la controvertida Expo Bicentenario, instalada en Guanajuato, se dispuso un pabellón especial dedicado al Ejército”.

El 20 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana, en lugar del tradicional desfile deportivo, Calderón hizo desfilar al Ejército, exhibiendo sus equipos y armas de alto poder, en un nuevo alarde pueril para impresionar y amedrentar a la población.

El Ejército Mexicano, que en el siglo XX escribió páginas gloriosas, como la lucha contra los cristeros y otras fuerzas contrarrevolucionarias, hoy se ha convertido en comparsa del poder derechista.

¿Golpe militar en 2012?

A la sociedad mexicana le espera un panorama muy sombrío en 2012 si nos atenemos a lo que ha venido ocurriendo desde 2006.

Hay que recordar que al terminar su mandato, Fox no quería alejarse del poder: ni siquiera estuvo dispuesto a dejar Los Pinos, lo cual finalmente tuvo que hacer con mucha resistencia de su parte, y siguió alimentando su protagonismo, al igual que Marta Sahagún.

Con Calderón es aún peor, porque a lo largo del sexenio se ha mantenido en el poder con el apoyo del Ejército, que junto con el clero y algunos grandes empresarios son los únicos beneficiados por su gobierno, que al pueblo ha prodigado sólo agresiones.

Con el Ejército en los espacios públicos, el mandatario espurio se siente suficientemente seguro para hacer y deshacer a su antojo. Ante todo, ésa es la única fuerza que en su lógica necesita para seguir en el poder.

No podemos saber exactamente cómo podría justificar el Ejecutivo ilegítimo, y/o el Partido Acción Nacional, su afán de perpetuarse en el poder, seguramente mediante razones banales, infantiles, repetidas ad náuseam por un coro mediático oficialista, manipulado por los grandes intereses económicos.

Quien, como él, recurre a las armas para ejercer el poder ha abandonado la posibilidad de la argumentación y otros medios incruentos para resolver los desacuerdos y, por lo tanto, de un proceso democrático en 2012.

Será muy difícil lograr que deje el poder quien gobierna con las armas en la mano.

*Maestro en filosofía; especialista en estudios acerca de la derecha política en México

Contralínea 213 / 19 de diciembre de 2010