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Cada año, 13 millones de hectáreas de bosque se pierden en todo el mundo. En menos de 90 años, podría perderse el 82 por ciento de los bosques tropicales. Como nunca antes en la historia de la humanidad, la degradación de ecosistemas y la pérdida de especies. Insignificantes, los esfuerzos para revertir la tendencia

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Se debe frenar el ritmo de la deforestación mundial para salvar a la especie humana y la vida en el planeta. Pero esa verdad de Perogrullo lamentablemente sigue sin surtir el efecto deseado, al menos con la urgencia que se necesita.

Estadísticas señalan que, cada año, en el planeta se pierden por obra y gracia de la voracidad del hombre 13 millones de hectáreas de bosques primarios, sobre todo en África, Asia y América Latina.

En un mundo en el que todavía faltan los compromisos vinculantes para ralentizar las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), aceleradoras del cambio climático, el servicio ambiental que prestan los bosques cobra mayor importancia. La señal de alerta es mayor al saber que se acerca la COP 16 (Décimo sexta Conferencia de las Partes sobre Cambio Climático), por celebrarse en diciembre en Cancún, con las manos casi vacías y un saco repleto de incertidumbres, no precisamente científicas.

La capacidad de los bosques, entre ellos de los tropicales primarios húmedos, de capturar dióxido de carbono de la atmósfera –uno de los GEI– es de los dones con que natura también favorece a la humanidad, tal vez sin merecerlo.

El proceso biológico de fotosíntesis, utilizado por las plantas para crecer y desarrollarse, absorbe a nivel global aproximadamente del 20 al 25 por ciento de los GEI emitidos por el hombre. Un 50 por ciento permanece en la atmósfera y el resto es apresado por ecosistemas marinos.

Ese paliativo al recalentamiento global o subsidio gratuito que ofrece la naturaleza debía llamar con más fuerza a luchar para conservarla, con su maravillosa biodiversidad, sin olvidar que la disminución de las emisiones de GEI es lo primordial para enfrentar las anomalías del clima y de los ecosistemas.

Ahora más que nunca, la correlación entre el incremento de la deforestación y el calentamiento global no se debe ignorar para explicar y enfrentar las anomalías y desastres que se registran en varias regiones del mundo.

Históricamente, los bosques han prestado al hombre mucho más que los beneficios del “efecto sumidero” de gases tóxicos.

Le han dado abrigo y alimento y posibilitaron su crecimiento como especie homo sapiens. Han estado presentes en los orígenes y formación de todas las culturas humanas, tanto en el aspecto material como en el espiritual.

Los científicos consideran que los bosques son los principales productores de biomasa en la Tierra y dan un decisivo aporte al intercambio energético entre la atmósfera y los suelos.

Interceptan las radiaciones solares, sofrenan los vientos, transpiran gran cantidad de agua, que al evaporarse propicia las lluvias estacionales; fijan el carbono y expelen oxígeno.

Además, ayudan, con la caída de sus hojas, al enriquecimiento de los suelos y, al tiempo que dependen del clima de manera muy directa, son sus reguladores.

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La suerte de los bosques tropicales

Sin embargo, sobre la suerte de los bosques se han hecho augurios científicos nada buenos.

El pasado agosto, por ejemplo, se conocieron los resultados de un estudio dirigido por el experto estadunidense Greg Asner, de Carnegie Institutions Departament of Global Ecology.

Las evidencias llevaron a Asner y a su equipo a predecir que, hacia 2100, el clima y la deforestación habrían reconvertido los bosques tropicales húmedos.

“Entre el 55 y el 82 por ciento de los bosques tropicales húmedos y su biodiversidad serán distintos en esa fecha a como los conocemos hoy día”, afirma el experto, quien precisa que, entre los factores causantes de esa transformación, además del cambio climático y la deforestación en general, se encuentra el cambio en el uso de los suelos y la tala.

Daniel Nepstad, especialista del Woods Hole Research Center, ha dicho que la conservación tal como la conocemos dependerá de la rapidez con que se reviertan las emisiones de GEI.

Por ejemplo, se augura que en Centroamérica y Suramérica, el cambio climático podría alterar hasta dos tercios de la biodiversidad de los bosques tropicales húmedos.

En la Cuenca del Amazonas, hasta se podrían registrar cambios del 80 por ciento de la biodiversidad (animales, plantas y ecosistemas).

Ese estudio, que abarcó escenarios con 16 climas diferentes, sugiere cuáles serían los aspectos en los que el hombre –comunidades, gobiernos y organismos internacionales– debieran centrar esfuerzos para luchar contra procesos de degradación de ecosistemas y desaparición de especies, ya en marcha.

Los bosques tropicales son formidables laboratorios naturales que albergan la mitad de las plantas y los animales de la Tierra.

Además, muchos de ellos están habitados por comunidades aborígenes y poblaciones ancestrales que han sabido vivir en armonía con ésos.

Los especialistas también han verificado que los bosques bien gestionados sobreviven y evolucionan favorablemente. Y que un bosque con altos niveles de degradación, ya sea climática o por disminución de cubierta boscosa, puede llegar a emitir dióxido de carbono en lugar de almacenarlo; es decir, puede contribuir al calentamiento global.

La Amazonía suramericana, la mayor selva tropical del planeta, compartida por ocho naciones del continente, está muy amenazada.

Recientemente, Isabella Texeira, ministra de Medio Ambiente de Brasil, país por donde se extiende la mayor parte de esa imponente masa vegetal, hizo renacer las esperanzas.

La titular confirmó la disminución en un 47 por ciento de la deforestación de esa región en el pasado agosto, comparada con igual periodo de 2009 y con el mes de julio.

De acuerdo con Texeira, esa cifra valida un patrón sostenible aplicado en la reducción del ritmo de deforestación.

Desde 2009, al parecer ha comenzado una etapa de disminución de la tala, después de los preocupantes saldos divulgados acerca del incremento en 2008.

En la Amazonía, históricamente se ha registrado la tala ilegal de árboles, cuya madera se vende fundamentalmente a empresas de la Unión Europea.

Además, se registra el desmonte de áreas boscosas para fomentar la ganadería bovina y las plantaciones de soya.

Greenpeace ha denunciado que al menos seis grandes compañías madereras operan en la Amazonía, lo que facilita que la mitad de la madera obtenida sea vendida a la Unión Europea.

En el gobierno brasileño se han conocido operativos y programas encaminados a disminuir la deforestación y realizar proyectos de explotación de la selva de acuerdo con las normativas conservacionistas.

La selva o Gran Bosque de los Simios de África, en la región central y occidental de ese continente, soporta un acelerado ritmo de deforestación y pérdida de la biodiversidad, denunciadas hace mucho, pero todavía no suficientemente combatidas.

Expertos afirman que el ritmo de desaparición de los bosques africanos es cuatro veces mayor que en el resto del mundo, lo contrario a la opinión de los que creen que tales resultados se exageran debido a la ausencia de estudios comparativos.

En África, también ocurre la tala indiscriminada, fomentada por empresas madereras europeas de países como Francia, Italia y España.

Los conflictos armados que sufren algunas naciones de la gran Cuenca del Congo y otros originan desplazamientos de grandes volúmenes de personas hacia hábitats boscosos, lo que incrementa la depredación.

En África, también se han utilizado tierras antes boscosas para el fomento de la ganadería, siembra de palma para aceite, cacao y prospección y explotación petrolera.

Lo peor de todo eso es que los frutos de tales programas destructores de la naturaleza benefician a empresas foráneas y no a las comunidades y naciones donde se fomentan.

Se asegura con ello la reproducción y el incremento de la pobreza, en una sinergia depauperadora sin fin. Lo que siempre se ha visto.

Sin embargo, la Organización de las Naciones Unidas ha promovido el desarrollo de programas económicos y forestales que preconicen el uso sostenible de los recursos de los bosques.

Sólo que es muy pequeño y aislado lo que se logra hacer, en comparación con los perjuicios que ocasiona la voracidad de los modelos capitalistas operantes.

La pobreza contribuye a la deforestación y esta última ayuda a fijar la primera. Buscar el desarrollo con programas sostenibles es una buena manera de ralentizar la deforestación, opinan algunos especialistas.

Para lograrlo, es imprescindible la voluntad política de los gobiernos para proteger la soberanía de sus recursos naturales y humanos.

Algo más

http://archivo.contralinea.info/2010/octubre/206/fotos/bosques/bosques-primarios.jpg“La sustitución de la selva amazónica por cultivos y entidades ganaderas no es un buen negocio para sus habitantes”, concluyó un estudio científico divulgado en 2009 por la revista Science.

Con el monitoreo de 286 municipios de la Amazonía, se verificó que la vida no era mejor para las personas de las zonas donde se talaron árboles y se instalaron negocios.

Tras un florecimiento inicial debido al acceso de ciertos recursos materiales, la vida volvió a ser igual que antes en tales sitios, ahora degradados.

Afectaciones en la biodiversidad, cambios de clima y en los ciclos biogeoquímicos se habían manifestado. La vida es seguramente peor que antes.

Respecto de la próxima Cumbre del Clima de Cancún, vale la pena resaltar el llamado hecho por el presidente de Bolivia, Evo Morales.

En una carta enviada a los aborígenes de los bosques tropicales del planeta, Morales los insta a unirse y a luchar para no permitir que avancen procesos privatizadores y comercializadores de los recursos del planeta.

En efecto, proliferan algunas tendencias con esos objetivos, apoyadas por algunos mecanismos creados supuestamente para luchar a favor de la naturaleza.

De lo que se haga hoy, dependerá que, en 2100, los extraordinarios bosques tropicales, algunos heridos de muerte, no sean cosa del pasado, presentes en la imaginación como un sueño.

Contralínea 206 / 31 de Octubre de 2010

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