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Desde que tengo memoria, en nuestro país ronda el comentario de que: “México es tan grande y tan rico, que han pasado siglos y aún no se lo pueden acabar”.

El recuerdo viene a colación al observar las cifras que colocan a Tamaulipas como el productor número uno en el país de carbón vegetal.

Quienes vivimos en el norte sabemos que este producto bien podría estar considerado dentro de la canasta básica, pues no hay fin de semana en que alguna familia no lo utilice para cocinar carne o, más recientemente y debido a la crisis económica, una piernita y muslo de pollo.

Sin embargo, cuando se conocen los cochinos detalles de cómo llegan las bolsas de carbón a nuestros asadores, es cuando nos damos cuenta de la triste realidad que tienen que vivir sus productores y que es la misma que sufren millones de campesinos mexicanos.

Revendedores, distribuidores, “coyotes” y comerciantes se llevan la mayores ganancias de esta actividad, mientras que los pequeños productores, esos que pasan horas bajo el sol cortando mezquite y encendiendo los hornos, apenas alcanzan unas migajas.

Indigna darnos cuenta que los campesinos venden el kilo de carbón a dos pesos para que, después, los consumidores tengamos que pagar 30 por una bolsa que no llega a este peso.

¿Dónde se quedan los 28 pesos de ganancia? La respuesta no es muy complicada: en los bolsillos de los que controlan esta actividad.

Si esto no es explotación, por favor, que alguien me diga que lo es.

Estos abusos contra los hombres del campo no son exclusivos de los carboneros. Todos los que producen maíz, frijol, sorgo, tomate y el resto de los productos que nos alimentan sufren la patética tradición de ver cómo ellos hacen el trabajo pesado y otros disfrutan de las ganancias.

Ahí están los que producen sorgo y no saben de los factores macroeconómicos que supuestamente rigen los precios de la bolsa de valores donde se cotiza el precio de la tonelada de su producto.

Con el paso de los años, los comercializadores del sorgo han sido muy buenos para inventar formas de robarles a los campesinos: que si el grano trae humedad, que si está infestado de plaga, que si hubo muchas o pocas lluvias, que si las bodegas están llenas…

Al final los hombres del campo no tienen más opción que doblar las manos y vender la tonelada de su producto al precio que les dicen y en las condiciones que les ponen.

No les queda otra, las comercializadoras son tan buenas para robar que si un “rebelde” quiere pedir lo justo, no le compran su grano y lo boletinan con el resto de las bodegas para que nadie le compre.

Estamos en el mes en que se conmemoran 100 años del inicio de la Revolución Mexicana y es triste reconocer que no obstante todos los discursos oficiales, los campesinos del país siguen sufriendo los mismos abusos que orillaron a sus antepasados a tomar las armas y sublevarse contra las autoridades establecidas.

Tampoco quiero sonar como los “apocalípticos” que juran y perjuran que la vida está llena de ciclos y a México ya le toca vivir un levantamiento armado… de hecho estoy seguro que hasta a estas personas les daría pavor una conflagración de este tipo.

Sin embargo, es patético que los que vivimos en este país no aprendamos de la historia, y si trata de defender los intereses de los más necesitados, nos resulta más importante la telenovela del pleito de los jugadores de la Selección Mexicana contra los federativos.

Ojalá la próxima vez que encendamos un carbón, nos tomemos por lo menos un segundo para agradecerles a los campesinos tamaulipecos su esfuerzo… si ni siquiera podemos hacer eso, entonces hay algo bastante descompuesto en este país.

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