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Populus: el pueblo, conjunto de habitantes en un territorio, sobre y con el cual se constituye, históricamente, una nación dentro de un Estado, por incipiente que sea y así sea con un gobierno elemental para ir generando la sociedad (Elman R Service, Los orígenes del Estado y de la civilización; y Hans Kelsen, Teoría general del Estado), que en todos los momentos de la evolución violenta o pacífica de la historia, integrada por la continuidad del pasado y el presente, es la fuerza social sin la cual los dirigentes de revueltas, revoluciones y cambios vía las reformas nada podrían consumar. Casi siempre, por no decir siempre, este pueblo es ignorado o pasa a muy segundo término para explicar la participación colectiva (carne de cañón, invariablemente) que apoya a las individualidades en las luchas político-sociales y económicas para conquistar derechos para el pueblo e imponer obligaciones a los gobernantes.

No sólo hubo un Hidalgo, un Morelos, una Leona Vicario y una Josefa Ortiz de Domínguez que se sumaron a lo que debió ser una lucha en verdad heroica y de entrega a la creación de los lazos patrióticos para sembrar el nacionalismo. Con raíces en el indigenismo y mestizaje de la Conquista a la Colonia, los hechos de esos mexicanos indican su decisión de pertenecer a la naciente democracia y republicanismo. Todos y cada uno de ellos fueron otros Hidalgos y otros Morelos con otras Vicario y Ortiz de Domínguez. Ese pueblo de 1810 –que cayó en el campo de batalla o detenido y privado de la vida a machetazos, víctima de homicidios, con todo el sadismo del virreinato, como en otras historias libertadoras y revolucionarias– no ha tenido dedicatoria al recordar el inicio de esas gestas. Esos Morelos, esas Vicario, esos Hidalgos y doñas Josefas no murieron simplemente, sino fueron asesinados en su mayoría. Y no como dijeron los comunicadores de planta en radio y televisión y sus invitados a opinar y analizar: que Hidalgo “murió”, que Morelos “murió”, cuando esos dirigentes y convocantes fueron bárbaramente fusilados, y sus cabezas, con las de otros próceres, degolladas y exhibidas (como ahora Calderón exhibió sus restos).

Igual y hasta más salvaje fue el exterminio del pueblo en 1910: Madero y los Maderos, Zapata y los Zapatas, Villa y los Villas… el pueblo de campesinos, obreros, mineros y todos aquellos que respondieron a los Flores Magón, a Posadas, que no figuran y sí, en cambio, sus individualidades que representan a la colectividad de hombres y mujeres que anduvieron en “la bola” para quitar al mal gobierno en que devino el porfiriato, con su jefe convertido en dictador por más de tres décadas (1876-1880 y 1884-1911). El pueblo de las dos revoluciones que escoltan al pueblo de la gloriosa revolución de 1854 que parió la Constitución de 1857, la victoria sobre la invasión francesa y sobre el golpe de Maximiliano (quien, como escribió Gastón García Cantú, nunca fue emperador ya que Juárez era el presidente) no tiene un monumento como tal. La revolución de 1854 restauró la república, implantó la Reforma. Esos pueblos de esos tres dramáticos periodos de nuestra historia no han sido directamente invocados y puestos en igualdad de circunstancias de los Hidalgo, los Morelos, las Adelitas, las Vicario, no obstante que, sin ellos, esos violentos hechos jamás hubieran tenido lugar.

Los pueblos de 1810, 1854 y 1910 son, han sido, el sustento social de las luchas políticas, y ofrecieron sus vidas para conquistar las libertades como derechos y garantías constitucionales que, ciertamente, han sido el árbol de la libertad regado con la sangre de –dijo el autor– “la democracia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

En ese contexto, herencia que continúa con los pueblos de 1810 y 1910 (con el de 1854), está su continuidad histórica: el pueblo de 2010 que, subestimado (porque, dicen, ya no son posibles las revoluciones), se encuentra en la encrucijada de mantenerse sometido por la creciente pobreza y aumento del desempleo (falta de escuelas; la educación en manos de la pandilla de Elba Esther Gordillo e ineficacia de Lujambio); el auge de la corrupción, puesto que perredistas (como Ebrard), priistas (como Peña Nieto), panistas (como García Luna y cómplices para los que trabaja y acumula) han hecho de los dineros del pueblo de 2010 un botín, como no se veía desde hace sexenios (como el del alemanista, el salinista, el foxista y, ahora, el calderonista).

Nuevamente, en 2010 el pueblo, la nación (sus trabajadores, campesinos, su degradada clase media, los niños, los cientos de miles de jóvenes, etcétera), está en condiciones parecidas a los pueblos de 1810 y 1910 (e incluso de 1854). Son víctimas del mal gobierno de las derechas, cuyo giro tuvo lugar prácticamente con la contrarrevolución de 1946 a 2000, para su radicalización ultraderechista de 2000 a 2010. Económicamente, hay hambre y pavorosa miseria en más de 40 millones de mexicanos. Socialmente, 80 millones de mexicanos sufren enfermedades (el mito del Seguro Popular, la mentira de Calderón y su médico Córdova Villalobos) y carecen de un mínimo de bienestar, en pueblos y ciudades sin mantenimiento ni medidas preventivas (cualquier vendaval, no se diga huracanes, inunda sus comunidades: mueren sus habitantes y se quedan en la calle… ¡con las condolencias de Calderón y sus supervisiones inútiles!). Políticamente, estamos bajo el mal gobierno, la antítesis del buen gobierno republicano. No hay gobierno para gobernar, valga la redundancia, pero sí pillos en los cargos públicos robándose cuanto pueden.

Los pueblos de 1810 (1854) y 1910, no mencionados en estas fiestas porfiristas de Calderón y el Partido Acción Nacional, de Ebrard y el Partido de la Revolución Democrática, para recordar el inicio de esas revoluciones, tienen su continuidad histórica en el pueblo de 2010, reclamando esas reivindicaciones que han sido canceladas por el mal gobierno calderonista.

cepedaneri@prodigy.net.mx

Contralínea 206 / 31 de Octubre de 2010

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