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La vida y obra de Juárez sigue siendo filón para toda clase de reflexiones, pues el jurista y estratega plantó al árbol mexicano del republicanismo en la tierra fértil del naciente Estado estructurado como orden de derecho positivo en la Constitución de 1857. Y cuyos fines, los asuntos públicos, aparecen como conquista política del republicanismo romano en la moderna concepción del derecho para normar la conducta, que Cicerón (Tratado de la Republica), Maquiavelo (Discursos sobre la primera década de Tito Livio) y el liberalismo político enriquecieron y afianzaron (varios autores, Nuevas ideas republicanas, y de Philip Pettit, Republicanismo, una teoría sobre la libertad y el gobierno, ambos de editorial Paidós).

La información republicana europea y estadunidense educa a Juárez y completa sus lecturas con Virgilio, Tácito, Guillermo von Humboldt, Prescott, Chateaubriand, etcétera. Investigadores, biógrafos, historiadores y novelistas le han dedicado, en prosa y verso, sendos trabajos para ofrecerlos –con sus más pros que contras– a quienes esperan nuevas exploraciones sobre el estadista, discutible en su permanencia legal en el poder presidencial, como debe ser toda figura de su dimensión. Y a quien le han escrito, en 19 capítulos, una nueva biografía novelada en atractivo español.

Eduardo Antonio Parra es el autor. Acredita su oficio con otros libros que han irrumpido desde 1966, y ahora teje y desteje la obra y vida de este primerísimo actor de la gloriosa revolución de Ayutla, que abrió las puertas al sueño de Maquiavelo; participó en la creación de la Constitución de 1857; con los seguidores de la causa, restauró la República; contribuyó a la Reforma; mantuvo la soberanía nacional contra la intervención, y con los liberales, sintetizó la lucha democrática por las libertades y el pivote laico del Estado, del gobierno y la sociedad.

Juárez. El rostro de piedra es su título. Con maestría, en más de 400 páginas, el novelista hila la biografía con la historia nacional y los ilustres protagonistas de la disputa con las armas de las razones conservadoras y centralistas versus las del liberalismo político y federalista que Juárez, implacable e impecable, también usó para enfrentar la violencia de la oposición. Todo eso conversa por escrito el autor en atractiva narrativa biográfica: “Ya conseguimos conservar el poder, señor (en conversación de éste con Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, según recrea el novelista), ahora debemos consolidarlo. ¿Cómo? Radicalizándonos. Que la gente vea que somos un gobierno en busca del cambio, del avance, de la reforma. Démosle un nuevo código que haga trizas lo viejo e inoperante. Promulguemos ya esas leyes que traemos en la cabeza desde hace tantos años. Es el momento. Usted lo sabe bien”.

Y emprendieron las más penetrantes transformaciones políticas al tomar decisiones de corto, mediano y largo alcances que han perdurado como cimientos (otra vez cuestionados por el resurgimiento de los nuevos conservadores: “los reaccionarios, que al fin son mexicanos”) del Estado, como estructura jurídica de medios para hacer posible los fines económicos, sociales y culturales. La biografía arranca magistralmente y nos lleva por entre las crisis que sirvieron a Juárez y los liberales (uno de ellos, Francisco Zarco) para enraizar los virajes históricos, que pusieron en marcha los mejores mexicanos que hemos tenido en la elite gobernante. Y que más brillan cuando la mediocridad, corrupción e incapacidad coronan las testas de los malos gobernantes.

Juárez sabe aprender de sus compañeros de viaje. “Y en un poco más de convivir con intelectos opuestos, pero a cual más deslumbrantes, como los de Melchor Ocampo y Miguel Lerdo de Tejada, había comprobado que no le hacía falta nada para dirigir a los grandes hombres de México. Si bien Lerdo lo superaba con creces en economía; Ocampo, en política y ciencia; Degollado, en conocimientos militares; Prieto en cultura, y hasta Matías Romero en sus análisis de la situación internacional, Juárez tenía la paciencia y el sentido común para tomar decisiones con base en los razonamientos de todos ellos”. Qué manera tan atractiva de conversar con el lector de un libro que revive la naturaleza humana del estadista empeñado en pacificar un país convulsionado por sus luchas intestinas, mientras sobre la marcha abona la tierra nacional para que nazcan las instituciones.

Ese Juárez, que siempre transitó en el filo de todas las adversidades y, por ellas, acelerando sus decisiones, acompañado de la fortuna de Maquiavelo, supo “reflexionar sobre cada uno de los problemas que aquejaban al país, los aislabas para comprenderlos mejor, y cuando creías haber encontrado la solución e intentabas hacer algo, lo que fuera, de pronto todo se volvía confuso, las cosas parecían moverse de sitio, los hombres cambiaban de actitud de un día para otro según las circunstancias. Entonces las decisiones tomadas resultaban inútiles y las que estabas por tomar carecían de sentido y te veías obligado a consultar a quienes miraban más claro que tú. Y es que nadie te había enseñado a encabezar un país”. ¿Dónde se aprendía eso? ¿En qué consistía el aprendizaje?

Las respuestas están en Juárez. El rostro de piedra. Se hizo estadista, con la teoría del abogado y la práctica del político, al que dio rienda suelta para seguir la estrella polar del republicanismo, del estado de derecho, del patriota que había en él, para ejercer el buen gobierno republicano.

Ficha bibliográfica:

Autor:              Eduardo Antonio Parra

Título:              Juárez. El rostro de piedra

Editorial:                      Grijalbo, 2009

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