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A contracorriente, crece el Movimiento Campesino de Santiago del Estero. La lucha no sólo ha sido en las calles y en los campos recuperados, sino en los surcos. La protesta no basta; la tierra debe producir lo que la gente necesita y no lo que dictan las trasnacionales

Darío Aranda / Página 12 / IPS-Voces de la tierra

Santiago del Estero, Argentina. En la historia de esta comunidad está presente el saqueo de recursos naturales y la explotación de trabajadores rurales. Durante la primera mitad del siglo XX, fue La Forestal, compañía inglesa, la que arrasó con los quebrachales y mantuvo condiciones laborales de semiesclavitud.

Sobrevinieron las estancias con trabajo a destajo, el juarismo (régimen de gobierno que se mantuvo casi medio siglo) y el avance de los empresarios soyeros. Las familias campesinas pagaron con represión, pobreza y desalojos violentos.

“Dijimos basta y nos organizamos. Ya no tenemos miedo. Nadie nos pasa por arriba, nadie nos corre ni nos hace callar. Ya no nos desalojan”, habla fuerte doña Mirta Quiroga, de 50 años, orgullosa de ser parte del Movimiento Campesino de Santiago del Estero (Mocase-Vía Campesina), que reúne a 9 mil familias rurales, la base de la pirámide rural. Este mes se cumplieron 20 años de la conformación del Mocase, organización que marcó un antes y un después en la lucha por la tierra en Argentina.

Con esporádicos antecedentes de desalojos en las décadas de 1960 y 1970, a mediados de la década de 1980 sobrevino una sistemática oleada de despojos de tierras a familias rurales. La resistencia comenzó con apoyo de organizaciones no gubernamentales, personas vinculadas con la iglesia católica y comunidades de base, que gestaron un proceso organizativo en distintas regiones de la provincia. A finales de la década, comenzó a tomar fuerza la idea de una organización a nivel provincial. El 4 de agosto de 1990, en la localidad de Quimilí, se oficializó la conformación del Mocase. Zenón Ledesma, Chuca, de la localidad de Los Juríes, fue elegido primer presidente.

Los hombres y mujeres del Mocase explican que las raíces de la organización hay que buscarlas en el rechazo a ser peón rural, generalmente maltratado, siempre mal pagado; intentar vivir de lo que produce con sus manos; la memoria del sometimiento de los hacheros; la formación anarquista de los ferroviarios de principios del siglo pasado; los pueblos originarios y sus luchas.

“La dignidad, sentimiento de libertad, de la necesidad de vincularse con otros y de que no puede ser que unos nos dominen a otros. Había un rastro latente que los dominadores no habían asesinado del todo. De ahí se explica el esquema de poder del Mocase, que no acepta una estructura piramidal”, precisa Ángel Strapazzón, integrante del Mocase-VC.

La defensa de la tierra fue el eje central del Mocase. A los continuos intentos de desalojos, las comunidades respondían con organización, resistencia e incluso retomas de campos. El 12 de octubre de 1998, cuando comenzaba a crecer el monocultivo de soya más allá de la pampa húmeda, tractores y topadoras avanzaron sobre parcelas campesinas en el paraje La Simona; derribaron árboles y estuvieron cerca de atropellar a las familias. Otras familias de la organización se movilizaron hasta el lugar y montaron una carpa negra que sirvió de espacio de reunión y visibilización del conflicto. El caso tuvo repercusión nacional. El Mocase comenzó a ganar notoriedad y fue un hito en su historia; una prueba de que juntos podían conservar sus tierras y forma de vida ancestral.

La creación del Mocase fue un quiebre en la situación rural santiagueña. Con un crecimiento progresivo, 9 mil familias organizadas comenzaron a frenar topadoras, enfrentar guardias privados y se transformaron en un actor social que enfrentó a los empresarios, al poder judicial y político. Fue un fuerte opositor al gobernador Carlos Juárez, que contó con un aparato de espionaje y represión. El Mocase lo pagó con represión, cárcel, torturas y muertes.

El monocultivo crecía en el país. Las tierras santiagueñas, hasta entonces despreciadas por empresarios rurales, comenzaron a ser codiciadas. El Mocase también se transformó en el actor que cuestionó ese avance. Advirtió que el modelo de agronegocios traería desempleo, consecuencias sociales y ambientales.

En noviembre de 1999 se realizó el Primer Congreso Provincial del Movimiento. Entre otros temas, se discutió el funcionamiento y la forma de toma de decisiones. Se produjo una brecha que sería insalvable. Un sector –ligado al Programa Social Agropecuario (PSA) y en búsqueda de acuerdos con el Estado– pretendía una forma vertical, con una comisión directiva, presidente y secretario. El otro sector, con centrales fuertes como la de Quimilí, apostaba a horizontalizar la organización, con trabajo por comisiones y decisiones asamblearias. Comenzaba el proceso de división que se explicitaría en noviembre de 2001 cuando el Mocase debía renovar autoridades.

En ese momento, un sector reunido en la sede del PSA eligió presidente, secretario y una estructura vertical. Permaneció en alianza con el PSA y formó parte de la Federación Agraria, que por ese entonces utilizaba un discurso progresista y prometía defender a los campesinos.

El otro sector optó por la horizontalidad y, tiempo después, se incorporó a la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo y la Vía Campesina, una organización internacional que nuclea a campesinos, trabajadores rurales e indígenas de 56 países.

Pasó a denominarse Mocase-Vía Campesina, conformado por seis centrales y 9 mil familias. Y fortaleció cuatro ejes de su trabajo: comunicación (montó una novedosa red de radios comunitarias), producción (carpinterías, carnicerías, quesos, miel, hiladoras) y –quizá los que marcaron las diferencias con otras organizaciones– educación y articulación campesina a nivel nacional e internacional.

Argentina contaba en 1997 con 6 millones de hectáreas de soya. En la actualidad, abarca 19 millones de hectáreas. Santiago del Estero fue de las primeras provincias en conocer el término técnico “avance de la frontera agropecuaria”, que en idioma del monte significó llegada de la soya, deforestación y conflictos por la tierra. El Mocase-VC pone un piso a la superficie provincial en disputa: 3 millones de hectáreas.

Leticia Luna, una mujer morocha, dice que “Mocase es la conciencia de estar juntos, de hacer respetar nuestros derechos desde la práctica misma, que es la única forma de que la ley sirva y que el ricachón no se lleve por delante al pobre”.

En 2008, en pleno conflicto por la Resolución 125, las entidades rurales tradicionales nucleadas en la Mesa de Enlace se apropiaron del término “campo” y confrontaban con el gobierno. El Mocase fue una voz buscada, alejada de ambas partes.

“Argentina ya no produce alimentos. Nuestro país no come soya, la demanda proviene de Europa y China, donde es utilizada para alimentación de animales”, aclaró en una carta pública donde remarcaba la ausencia de un debate profundo, que tenga presente a las 220 mil familias campesinas y el 1.5 millón de indígenas.

Interpeló por igual a la Mesa de Enlace y al gobierno. Los responsabilizó por las 300 mil familias expulsadas del campo en la última década, de la mano del modelo agrario vigente. Puntualizó la desaparición de 1 millón de hectáreas y denunció la concentración de tierras, donde el 10 por ciento de las explotaciones agropecuarias más grandes concentran el 78 por ciento de la superficie cultivable. “Es una reforma agraria al revés. Cada vez menos se quedan con más”, disparó con sencillez campesina y precisión quirúrgica.

“Las llamadas ‘entidades del campo’ sólo pronuncian los dictados de los agronegocios. Su símbolo actual es la soya transgénica, que devastó bosques, desalojó comunidades, contaminó suelos y aguas y aumentó los precios de los alimentos en el mercado interno. El avance del modelo soyero, iniciado durante el menenismo y acentuado en esta década, significa un desierto verde y contaminado, sin agricultores y ciudades saturadas de familias expulsadas de las zonas rurales”, concluyó el Mocase, e insistió con su propuesta de reforma agraria integral y soberanía alimentaria, que implica un cambio del modelo agrario actual.

El Mocase plantó bandera en un debate nacional donde no se había escuchado a los hombres y las mujeres de manos curtidas y espaldas dobladas por trabajar la tierra, campesinos que hace 20 años comenzaron a cambiar la historia del campo santiagueño.

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