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El reciente mundial de futbol puso de moda a Sudáfrica, el país anfitrión. Pero antes del despliegue de su organización, Sudáfrica era ya, desde hace un buen tiempo, la máxima potencia geoeconómica de toda África: un continente rezagado –de más de 1 mil millones de habitantes, repartidos en 54 países y en una extensión de 30 millones de kilómetros cuadrados– que ahora ha cobrado ímpetu gracias al retorno del auge de las materias primas.

Mucho antes del mundial de futbol, ya se hablaba de la incorporación de Sudáfrica a la laxa agrupación de reciente nacimiento, el BRIC (sigla de Brasil, Rusia, India y China), que debe celebrar este año su segunda cumbre en Brasil (después de su primer bautizo el año pasado en Yukaterimburgo, la ciudad rusa de los Urales).

Cabe señalar que el BRIC representa un concepto eminentemente geoeconómico –más que geopolítico– que puede ser equiparado como el rival del fenecido G7, que fue más de corte financierista debido a su liderazgo anglosajón.

De hecho, la incrustación de Sudáfrica al BRIC era cuestión de tiempo, ya que de cierta manera se había ligado con Brasil e India a través de la agrupación poco conocida del Ibsa (India, Brasil, Sudáfrica), que vinculaba el Sur del Atlántico al Océano Índico en el que Sudáfrica representa una escala muy estratégica.

Ahora el espectacular acercamiento entre China y Sudáfrica prácticamente le tiene asegurado su incorporación al bloque geoeconómico del BRIC, al que se le deberá agregar una letra “S” (BRICS), cuando se concrete su admisión formal.

Evidentemente que la prensa texana-israelí, representada por Stratfor, exhibe su desolación cuando al mundo anglosajón se le escapa una más de sus joyas coloniales.

Stratfor exagera, para no variar, “los límites de la cooperación entre China y Sudáfrica”, como consecuencia de la reciente visita del presidente sudafricano Jacob Zuma a su homólogo Hu Jintao, donde firmaron una estruendosa “asociación estratégica integral” que impulsa, guste o disguste, a Pretoria como un relevante actor geopolítico emergente.

Pretoria recibirá cuantiosas inversiones así como conocimiento técnico de Beijing, quien se abre también un espacio vital en el Sur del continente africano y, sobre todo, un ancla marítima nada despreciable en la intersección del Océano Índico del Atlántico Sur.

Por lo pronto, China impulsará la minería, el sector bancario y las telecomunicaciones, e incursionará para desarrollar la infraestructura ferroviaria de Sudáfrica.

Stratfor sobredimensiona los aspectos negativos, incuestionables, de Sudáfrica, que denomina “desafíos domésticos”, como el desempleo (de 25 por ciento a 40 por ciento), huelgas del sector público y una “extensa pobreza”, que, a su juicio, “deberán ser abordados antes de que pueda elevarse como un poder regional creíble con influencia global”. Si se lleva la lógica neocolonial de Stratfor hasta sus últimas consecuencias, entonces Sudáfrica pasará muchos años antes de que pueda resolver problemas muy añejos. Justamente su incrustación al BRIC puede redimensionar a Pretoria y ayudarle a solventar sus “problemas domésticos”. Ésta no es la opinión de Stratfor, que juzga poco persuasivamente que su acercamiento con China puede “exacerbar sus problemas existentes”. Ahora resulta que el desarrollo retrasa.

Tampoco se puede soslayar el ascenso geopolítico regional de Sudáfrica, la primera potencia geoeconómica del continente, gracias a sus puertos y su riqueza mineral.

Precisamente, el abordaje del presidente Zuma comporta una visión estratégica y en fechas recientes ha visitado a los tres miembros del cuatripartita BRIC para cerrar con broche de oro su periplo a Beijing, lo cual le brinda, más allá del inherente aspecto geoconómico del bloque, un posicionamiento geopolítico de gran envergadura en el mundo, como representante de un continente en plena expansión y sobredotado de materias primas que requiere del jalón tecnológico que le negaron las antiguas potencias coloniales.

Más allá de sus fobias personales, a Stratfor no se le escapa la potencialidad de la aportación plural del BRIC a Sudáfrica: “Tecnología de energía brasileña, tecnología minera rusa, tecnología de información india y capitales chinos”. !Nada más!

Nada menos que el británico Jim O’Neill, economista en jefe del banco de inversiones israelí-estadunidense Goldman Sachs, quien acuñó el término feliz del “BRIC”, rebasa la incorporación de Sudáfrica e incorpora en su seno, teóricamente desde luego, al continente africano entero en un reciente artículo en el rotativo neoliberal The Financial Times (26 de agosto de 2010).

O’Neill aprovecha la visita del presidente Zuma a Beijing para puntualizar que China es desde el año pasado el principal socio comercial de Sudáfrica.

Comenta que “el producto interno bruto (PIB) combinado del continente africano es razonablemente similar a los de Brasil y Rusia, y ligeramente superior al de India” (lo cual es incorrecto: aunque no muy alejado de la verdad; se nota que no se actualizó, pero no nos vamos a pelear por nimiedades).

En forma correcta no subestima el potencial del continente africano en convertirse en “una economía parecida al BRIC”.

Luego O’Neill practica algunas acrobacias muy forzadas para vender el muy controvertido concepto demográfico de “los próximos 11” –el grupo de los países emergentes más poblados–, que a su juicio simbolizan “las mejores promesas detrás del BRIC”.

Entre “los próximos 11” figuran dos países africanos: Egipto y Nigeria.

Con un enfoque desmedidamente economicista, el británico economista en jefe de Goldman Sachs, en sus escenarios para 2050, considera “el potencial de las principales 11 (sic) economías de África” (nota: no confundir con “los próximos 11” esparcidos en el mundo) –mediante el análisis de su “probable demografía, los cambios resultantes de su población laboral y su productividad”–; “su PIB combinado alcanzará más de 13 millones de millones de dólares (trillones, en anglosajón), que los hará mayores que Brasil o Rusia, pero no que China e India”.

Expone que, “en forma interesante, casi la mitad” del notable crecimiento del PIB de las 11 principales economías africanas “provendrá de Egipto y Nigeria”.

Entre los otros “11” africanos, Sudáfrica “jugará un papel crucial” debido a que “está más desarrollado que los demás”. Aduce que Sudáfrica constituye, además, la puerta de entrada a la parte Sur del continente.

Pese a todos sus atributos y virtudes, O’Neill expresa que la pobre demografía de Sudáfrica (45 millones frente a 180 de Nigeria: 18 por ciento del total continental africano) no lo hace acreedor a pertenecer al BRIC (un conglomerado de alrededor de 2 mil 834 millones: Brasil con 199 millones; Rusia, 140 millones; China, 1 mil 338 millones, e India, 1 mil 157 millones). Pero no todo es demografía ni economía en la vida. ¿Dónde queda el valor geoestratégico de Sudáfrica, es decir, su triangulación biocéanica con Brasil e India mediante la bidireccionalidad del Atlántico Sur y el Océano Índico?

No es ocioso exponer que el PIB de África entera es de 1.18 millones de millones de dólares (trillones, en anglosajón) frente a 57.23 millones de millones de dólares (trillones, en anglosajón) de todo el mundo (de 2009).

Aprovechamos la ocasión para actualizar a O’Neill sobre los datos del PIB de los “11” principales países africanos:

1. Sudáfrica: 277 mil 379 millones de dólares; 2. Egipto: 187 mil 956 millones de dólares; 3. Nigeria: 165 mil 437 millones de dólares; 4. Argelia: 134 mil 797 millones de dólares; 5. Marruecos: 90 mil 775 millones de dólares; 6. Angola: 69 mil 708 millones de dólares; 7. Libia: 60 mil 159 millones de dólares; 8. Sudán: 54 mil 294 millones de dólares; 9. Túnez: 39 mil 573 millones de dólares; 10. Kenia: 30 mil 212 millones de dólares; 11. Etiopía: 33 mil 920 millones de dólares.

O’Neill justifica la incrustación de África “en forma colectiva” (donde se encuentra obviamente Sudáfrica) al BRIC, a nuestro juicio, un regalo envenenado muy bien cocinado por los británicos para hacerlo explotar por dentro.

Se basa en “un índice de 13 variables diferentes que son cruciales para el crecimiento sustentable y la productividad”, que va de un mínimo de cero a un máximo de 10 y que se denomina Puntuación del Entorno del Crecimiento (PEC), Growth Environment Score (GES).

Los 11 países africanos ostentan una pobre puntuación de 3.5, mientras el BRIC exhibe una mediocre puntuación de 4.9, frente a Corea del Sur con 7.4, de acuerdo con el criterio anglosajón del PEC (GES).

Éstos son los clásicos jueguitos numéricos anglosajones diseñados para subestimar a sus rivales y sobreestimar a sus aliados, con el fin de impulsar el modelo neoliberal financierista que dominan Estados Unidos, Gran Bretaña y la anglósfera.

Viene la explicación que sustenta el PEC (GES): “Políticas macroeconómicas estables enfocadas a una baja inflación que evite deuda excesiva del gobierno y del exterior”, mientras que entre los componentes “micro” figuran “la estabilidad del gobierno, la mejora del imperio de la ley, mejora de los niveles más básicos de educación, fomento del uso del los celulares y el internet”, además de “la erradicación de la corrupción crónica” que, a su juicio, es endémica al continente africano.

Queda claro que a los texano-israelíes de Stratfor y a los británicos neoliberales del The Financial Times les ha perturbado enormemente la probable incorporación de Sudáfrica al BRIC, que de ahora en adelante habrá que acostumbrarse a llamar BRICS.

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