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Dice el refrán: “no se debe cambiar de caballo a la mitad del río”, pues equivale a dar el triple salto mortal sin red. Pero el cada vez menos presidente de la república (con el fantasma del golpismo militar rondando Los Pinos, por las muchas semejanzas con el alcohólico Victoriano Huerta) Felipe Calderón ha ejecutado decisiones al estilo del nazi Carl Schmitt, el de la teoría y práctica del “decisionismo político”. Ha despedido con elogios a personal clave de su primer entorno (¿si eran tan eficaces, por qué cesarlos con disfraz de renuncia?). Entre ellos, puso de patitas en la calle al jefe de la mafia de comunicación, compuesta por los 21 directores de comunicación del gobierno federal (casi todos por él nombrados), con manos libres en el manejo de millonarios presupuestos para gastos.

Ellos estuvieron comandados por el director de comunicación de la Secretaría de Salud, Carlos Olmos Tomasini, secundado entre otros por la empleada de Pronósticos Deportivos, Brenda Morales; López Atienzo, en la Secretaría de Comunicaciones y Transportes; el misterioso comunicador del secretario de Seguridad Pública Federal, García Luna; fuera del área federal, Manuel Argüelles, al servicio de Marcelo Ebrard y David López, de las marrullerías mexiquenses (recordar la foto aquella donde fueron sorprendidos estos dos con Maximiliano Cortázar, en Impacto-Diario, 14 de mayo de 2009); y el resto de quienes mantienen su lista negra de medios de comunicación que por su información veraz, análisis y crítica al “decisionismo” calderonista, no reciben publicidad oficial. A otros les pagan con sobornos para que sólo publiquen boletines y elogios.

Maximiliano (Max) Cortázar, el del jubiloso matrimonio en la capital de Morelos un día antes del homicidio del capo Beltrán y encargado de las bohemias calderonistas (como exbaterista de Los Timbiriches), fue echado a la calle. Sus cómplices están alarmados. Cortázar, decían, nunca se iría del cargo que jamás desempeñó, oculto tras los pantalones de Calderón. Pero lo hicieron a un lado, a pesar de que para demostrar lealtad a su jefe (quien de la noche a la mañana lo hizo “comunicador” para no dar la cara) exageró las órdenes de censura contra la prensa escrita, señalando con su índice inquisitorial, particularmente a Proceso, Contralínea y periódicos de todo el país no alineados con los dictados de Los Pinos, de no informar sobre la sangrienta guerra de soldados-policías contra el desafiante ejército de sicarios del narcotráfico o el desastre económico; el botín multimillonario de fideicomisos y reservas bancarias internacionales; o la corrupción e ineficacia de la elite calderonista en Petróleos Mexicanos; la inseguridad que atemoriza a la población; el desempleo y la injusticia de la Guardería ABC… etcétera.

Cesado, se ha ido con su batería… con su música a otra parte. Y si durante el priismo, sobre todo de Díaz Ordaz a Zedillo, hubo directores de Comunicación arbitrarios y corruptos, con Cortázar se abusó de la censura, sobornos y “mano negra” para controlar a la prensa escrita. Poder y dinero a manos llenas, usados como botín.

Al descabezar al cártel de la comunicación, que sirvió para incomunicar al inquilino de Los Pinos, se confirma el mediocre desempeño de Cortázar. Deberían seguir sus 21 incondicionales. Si Calderón quiere asumir el control absoluto del presidencialismo en lo que resta de su malogrado periodo, debe cesarlos y poner a sus peones o, de lo contrario, las áreas de comunicación seguirán siendo madrigueras de los Cortázar obedeciendo a Max.

cepedaneri@prodigy.net.mx

Contralínea 195 – 15 de Agosto de 2010


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