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Quien necesite entender el futuro próximo de las relaciones internacionales, reestructurándose luego de la “caída del muro” de Wall Street que escondía la rapiña de los beneficiarios de la globalización, tendrá que referirse al bloque integrado por Brasil, Rusia, India y China, conocido en el argot diplomático como países BRIC. Ese club joven e informal, que acaba de reunirse por segunda ocasión en Brasil, ha demostrado ser una alianza coherente y robusta, ya que sus integrantes han identificado que tienen intereses comunes y que, en conjunto, representan una fuerza que los convierte en jugadores de peso estratégico en el nuevo orden internacional en proceso de conformación.

Héctor Lerín*

Por ejemplo, el coordinador de la reciente cumbre de Brasilia, embajador Roberto Jaguaribe, recordó que según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), “los BRIC generaron en 2007 el 46.3 por ciento del producto interno bruto (PIB) mundial. Y para el periodo 2008-2014, se espera que sean responsables del 61.3 por ciento del PIB global”. El periodista Alejandro Gómez reportó desde Brasil que, entre 2003 y 2008, el flujo comercial entre Brasil y Rusia, la India y China aumentó 382 por ciento y, en 2009, China desplazó a Estados Unidos del puesto de primer socio comercial de Brasil. Otra fuente brasileña informó que los países del BRIC representan el 42 por ciento de la población mundial y el 26 por ciento del territorio del planeta. Y medios alemanes señalan, finalmente, que en las arcas del BRIC se acumula el 40 por ciento de las reservas de divisas de todo el planeta.

Aquí sucede lo que el fallecido político mexicano Reyes Heroles sostenía: “En política, lo que parece… es”. Y la verdad es que la imagen que proyecta el bloque parece y es de fortaleza, aunque políticos y diplomáticos jueguen con las diferencias que cada uno tiene en el escenario de unidad que proyectan. Por ejemplo, analistas europeos y latinoamericanos ponderan que Brasil y Rusia son los eslabones económicos más vulnerables del grupo. De Brasil se sostiene que posee una estructura agraria semifeudal que hace que el país no explote más que dos tercios de su verdadero potencial, quizás menos; y que la fortaleza de su mercado interno no bastará para sacarlo adelante de la actual crisis económica internacional.

Y en el caso de Rusia, el influyente economista alemán asesor del Deutsche Bank, Norbert Walter, recién escribió: “Los rusos dependen demasiado de la demanda de gas, crudo, metales y otras materias primas, de los que disponen en grandes cantidades, pero ésta ha visto reducidos sus ingresos por la reducción de la demanda internacional, tanto su cuantía como en su precio, y eso ha ensombrecido las perspectivas económicas del país. Sin embargo, considero que la economía rusa va a recuperarse, pero sólo como proveedores de materias primas. Su economía no presenta el dinamismo chino o de la india”.

Sobre China se dice que su gran su peso económico no será fácil de conciliar respecto de los intereses de sus compañeros del BRIC. Por ejemplo, la devaluada moneda china, el yuan, es un punto de tensión, ya que mina la competitividad de los manufactureros nacionales en otros países BRIC. Recientemente, el ministro de finanzas brasileño, Guido Mantega, respaldó llamados a que China apreciara el yuan, diciendo que “eso sería bueno para la economía global…”. Pero si todo esto da una idea de dificultades, esos factores parecen menores cuando se observa a dichos países actuando juntos, y peor si se hacen las correlaciones que tienen que ver con su peso económico y político conjunto a escala planetaria, como se ilustró líneas arriba.

Por eso la óptica que priva en la mayoría de los medios de comunicación y en sectores políticos y diplomáticos puede definirse como de admiración general al grupo, hecho que no puede despreciarse cuando se compara, por ejemplo, con los casos de instituciones como la Organización de Estados Americanos, el Banco Interamericano de Desarrollo o el FMI en la región. En síntesis, para los actores BRIC, es importante que se les observe como lo influyentes que son en su campo regional respectivo, no sólo por la credibilidad que ya tienen, sino para que se asocie con ellos lo que la unión política y la fortaleza significan. No en balde un analistas de CNN titula un reciente artículo “El BRIC, ¿la nueva potencia?”. Y con razón se menciona ahí una opinión generalizada según: el BRIC puede “destronar al G20”. Parecida opinión fu expresada en Alemania con el título “BRIC: ¿Los Estados de la futura elite económica mundial?”.

Pueda o no ser éste un objetivo del BRIC –demostrar su fuerza internacional y depender cada vez menos de los poderes globales occidentales–, es un hecho que verse como una fortaleza capaz de incidir en el balance del poder internacional en los próximos años es ya una ganancia para una organización que apenas realizó su segunda Cumbre. Y si como dijo un analista brasileño acerca de la cumbre concluida este mes: si sólo se lograra en esta reunión fijar los términos de su próximo encuentro, ésta ya sería en sí una ganancia. Y vaya que lo fue.

Pero de cada jugador existe una óptica latinoamericana diferente, pues la India todavía parece tener una lejanía que ya no tiene China. Y a Rusia y sus líderes se les observa cada vez más cerca de este continente, y bastante a salvo del ruido mediático de la época de la Guerra Fría. Y de Brasil ni se diga, pues es la figura líder del regionalismo latinoamericano, que en este punto no rivaliza ni opaca a Venezuela, que tiene un liderazgo de características diferentes.

Pero más allá de los objetivos declarados por los participantes de la pasada Cumbre (revertir las consecuencias de la crisis y promover la reforma de las instituciones globales, léase Bretton Woods; el empuje a la reforma del sistema mundial de divisas y de la producción de energía; el programa nuclear pacífico de Irán y sus diferencias sobre las sanciones que Estados Unidos y otros países promueven en la Organización de las Naciones Unidas, ONU), les quedarán algunas ganancias políticas nada despreciables, empezando por Brasil.

Primero: se observa a Lula en el clímax de su imagen y poder. Su convocatoria internacional no sólo es considerada por la región, sino, de momento, por sus connacionales, de quienes Lula espera no repitan el “efecto Piñera”: elegir a un opositor no obstante la buena imagen de su padrino saliente. Por lo pronto, mejorando su imagen en las encuestas, la aspirante Dilma Rouseff se verá beneficiada de esta fase política “terminal” de Lula, que necesita asegurar su legado político. Los brasileños quizás dudarán en apoyar a alguien que no asegure la amistad de quienes observa como poderosos aliados.

Segundo: también Brasil, que ha sido objeto de presión diplomática y política por Washington, se fortalece con el consenso que muestran los presidentes BRIC para resolver el caso Irán en favor de una solución negociada y no traumática, contraria a la que propone el irresponsable gobierno Israelí. Esto sin descuidar que Teherán es un importante socio comercial y, en muchas ocasiones, aliado político de dichos BRIC.

Por último, Brasil fortalece su presencia internacional y ni se diga latinoamericana; aumenta su capacidad de jugador global, tanto para sus aspiraciones en la ONU como para apoyar la causa de los países del “sur” ante los conservadores organismos financieros internacionales. Y esto sin descuidar su fuerte presencia ante la aún fallida Ronda de Doha.

Y en el caso de Rusia se observa una carambola diplomática a varias bandas, cuyo contexto internacional estuvo dado por la publicitada imagen de los presidentes Medvedev y Obama que firmando en Washington el documento Start III que, a los ojos favorables del mundo, aleja un poco la posibilidad de guerra entre esos países nucleares. Las imágenes dieron vuelta al planeta y tanto para el pueblo estadunidense como para el latinoamericano, el presidente ruso apareció compartiendo con Obama los créditos de esta decisión. Así, no será tan fácil que los medios, incluidos los estadunidenses, pongan a Rusia como “un peligro” para la región, por más que el conservadurismo estadunidense mantenga sus conocidas sospechas contra Rusia.

Y lo mismo parece con la actuación rusa en la reciente Cumbre sobre Seguridad Nuclear, que aunque es claro que Washington no consiguió todo el consenso deseado para terminar de acorralar al presidente iraní Ahmedineyad, a primera vista parece un esfuerzo de todos los implicados para asegurar que la energía atómica no sea usada por los actores no estatales llamados “terroristas”. Pero obviamente la posición de Rusia, si bien no coincide en todo con la de Washington, exhibió un deseo de encontrar el equilibrio ante la dureza contra Irán, posición en la que no estuvo solo. Para contraste, la ausencia autoimpuesta de Israel en ese evento no pareció ganarle puntos y más bien se reconfirmó al gobierno de ese país como un “bravucón” de barrio ante la comunidad internacional. El temor expresado por Medvedev sobre las intenciones de Israel tuvo un impacto mediático amplio.

En cualquier caso, el presidente ruso apareció, junto con su par estadunidense, con una imagen pública juvenil pero responsable, que bien podría contrastarse con figuras como la de los cansados Bush y el derrotado MaCain; o la respetable gerontocracia del antiguo Politburó soviético. Como se sabe, en Occidente, imágenes así pesan mucho en los medios, y Barack Obama es el primero en saberlo.

Por eso cuando Medvedev desembarca en Argentina para firmar numerosos acuerdos, es ya una figura bastante familiar. Además, no sólo va al país de las pampas para firmar al menos 12 proyectos en campos como energía, defensa, infraestructuras, agricultura, turismo, educación y cultura; lo que demuestra que la relación bilateral no está hecha sólo de compra y venta de armamento. Y también en Argentina, los diplomáticos deben calibrar que, indirectamente, algún beneficio habrán de cosechar con un socio extrarregional que apoya seriamente a su vecino y aliado brasileño. La amistad de la Unión de Naciones Suramericanas ha funcionado indirectamente.

En síntesis, puede considerase que ni aun la salida lamentable pero forzosa del presidente chino Hu Jiantao para regresar a su país por el reciente terremoto, consiguió limitar el impacto de la reunión del BRIC en Brasil, así haya forzado un poco los tiempos de la agenda de los mandatarios. Por otra parte, las opiniones vertidas por el grupo en relación con el Medio Oriente no sólo no son aclaradoras y pueden contribuir a serenar a las partes en conflicto, no así al díscolo gobierno de Israel que grita “al ladrón” contra Irán, ¡cuando todos saben que Tel Aviv tiene más de 300 bombas nucleares!

Se observa así que el grupo BRIC tiene un peso y una opinión que simplemente no pueden ser pasadas por alto en el Medio Oriente ni ante los organismos financieros internacionales, ni ante los Retos del Milenio de la ONU, que de algún modo se encuentran considerados por el BRIC, situación que lo pone en línea con los postulados de la Organización Internacional, que siguen siendo una esperanza para importantes sectores de la población mundial.

En este contexto puede apuntarse una circunstancia que no parece fortuita y sí contrastante en relación con los objetivos reformadores y pacifistas exhibidos por el BRIC: la gira que realizó el “halcón” secretario de Defensa de Estados Unidos, Robert Gates, por la región, en forma casi coincidente con la visita de los importantes mandatarios del BRIC, para apuntalar las posiciones de jugadores rudos como Colombia, segundo comprador regional de armas (y el primero a nivel de PIB), cuyo agresivo ejército es más numeroso que el de Venezuela y Ecuador juntos, como lo saben en carne propia las familias de los cuatro mexicanos asesinados en Ecuador.

Curiosamente, la “ayuda” a Colombia no ha servido más que para engordar la cartera de los funcionarios civiles y paramilitares que acompañan a Uribe, mientras adelgaza el bolsillo de los contribuyentes estadunidenses, pues curiosamente Colombia sigue siendo considerado el primer productor mundial de cocaína, con alrededor de 400 toneladas anuales, de acuerdo con los informes de la ONU. Queda claro ahora que el único interés de Washington es fortalecer su presencia agresiva contra Venezuela y los países vecinos. Siete bases militares en Colombia no son entonces para combatir al narcotráfico.

Pero Gates también firmó en Washington, previo a la reunión de los BRIC, un acuerdo de cooperación militar con su similar brasileño Nelson Jobin, pero muy lejos de los medios que afirmaban la tesis peregrina, provocadora y divisionista, de que implicaría la instalación de “nuevas bases militares” en el país amazónico, como si se tratara de un “Estado Libre Asociado” tipo México.

Y ya que mencionamos a México, se recordará el reportaje publicado por Contralínea el 28 de marzo último, donde el proyecto México 2030 del gobierno panista establece, entre otras cosas, “que México será un país desarrollado no BRIC”. En principio, no será desarrollado si lo siguen gobernando el Partido Acción Nacional y el Partido Revolucionario Institucional. Y ser por ahora un país “no BRIC”, sólo confirma la dependencia mental y política de la actual camarilla que desgobierna México.

*Exdiplomático; catedrático de América Latina Hoy en la Universidad Nacional Autónoma de México

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