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Los grupos de odio se arman con facilidad en Estados Unidos, donde los homicidas, en su mayoría, menor de 24 años y son asesinadas en promedio 81 personas al día. En esa nación, más de 200 millones de armas se encuentran en manos privadas


Silvio González / Prensa Latina

Columbine, Blacksburg y la escuela Amish en Pennsylvania son lugares donde ocurrieron muertes de inocentes mediante armas de fuego.

Citar esos nombres perturba la memoria de la sociedad estadunidense, en la que matar se ha convertido en un acto de una simplicidad espantosa y cotidiana.

En Estados Unidos, la violencia causada por las armas de fuego plantea una seria amenaza a su andamiaje social, en particular a los jóvenes, que tienen una mayor probabilidad de morir de los disparos de un arma que de todas las causas naturales de muerte juntas.

Los jóvenes no sólo son las principales víctimas de ese tipo de violencia, sino que a menudo ellos mismos son los principales protagonistas. En 2002, casi la mitad de todos los homicidas en Estados Unidos figuraban entre los 13 y 24 años de edad, y la inmensa mayoría usó armas de fuego para asesinar sangrientamente a sus víctimas, manifiesta un informe del Departamento de Justicia.

Según el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, una dependencia del Departamento de Salud de Estados Unidos, 29 mil 569 personas murieron por disparos en 2004.

Ello hace un promedio de 81 muertes diarias o igual a un atentado al estilo del 11 de septiembre cada cinco semanas.

Entre 1999 y 2004, más de 148 mil personas murieron por este tipo de violencia, de ellos 14 mil 500 eran menores de edad, asegura el mismo estudio.

Según organizaciones como el Centro Brady para la Prevención de la Violencia Armada, hay unos 200 millones de armas de fuego en manos privadas estadunidenses, casi una por cada ciudadano adulto; se calcula que en el 39 por ciento de los hogares hay al menos un arma.

Orígenes

El derecho a la posesión de armas surgió en Inglaterra durante la Edad Media. En 1181, Enrique II promulgó una ley que requería a todo hombre libre a tener armas al servicio del rey.

El derecho a la posesión de armas estaba ligado al servicio militar en sus orígenes y se trataba de armas de muy poco alcance y de compleja manipulación.

La Segunda Enmienda a la Constitución de Estados Unidos recogió el derecho a poseer armas tanto en su interpretación medieval como en la moderna. Los defensores de ese derecho también esgrimen la Novena Enmienda, que declara que ninguna ley puede violar los derechos de los ciudadanos.

Anualmente se registran ventas de entre 3 y 4 millones de distintos tipos de armas en el mercado estadunidense.

Otras, calculadas en más de 3 millones, se intercambian en los mercados secundarios clandestinos donde las regulaciones y controles son inexistentes, según la cadena CNN.

Los números de la violencia juvenil son escandalosamente alarmantes. Los más recientes estudios indican que las armas han ultimado a un menor de 19 años cada tres horas como promedio.

Casi 3 mil niños y adolescentes murieron a causa de armas de fuego en un año, es decir ocho cada día.

La tasa de muerte entre menores de 15 años era casi 12 veces mayor que el índice total de los 25 países más industrializados combinados, según la cadena Fox News.

Expertos en la conducta humana han fundamentado científicamente la influencia dañina en niños y jóvenes de algunos videojuegos y de otros productos sofisticados cuyo propósito es proveer un entretenimiento consistente en aniquilar, golpear o incluso degollar a sus rivales virtuales, expone el Wall Street Journal.

Millones de adolescentes y jóvenes estadunidenses han crecido y viven actualmente jugando a matar a cualquiera sin motivo alguno. La explicación más razonable a todos estos fenómenos de odio recae en un orden social cuya lógica es individualista, inhumana, excluyente y discriminatoria.

En 2005, los heridos de bala sumaron 69 mil 825, más de 191 al día. Esta situación ha llevado la crisis a un nivel de salud pública por la cantidad de jóvenes muertos y heridos, según el New York Times.

Los costos económicos directos e indirectos de la violencia con armamento de fuego en Estados Unidos se estiman en 100 mil millones de dólares al año, afirma el blog estadunidense Político.

La violencia en Estados Unidos es una suerte de pandemia social que está minando las bases de la convivencia en un país cuya confundida ciudadanía es rehén de su ignorancia y de sus propias contradicciones y complejos.

Más allá de los celos y las perturbaciones mentales de los perpetradores de estos crímenes, un hecho enlaza a todos estos sucesos: el fácil acceso de los homicidas a las armas de todo tipo de calibre.

Sin embargo, los defensores del derecho a estar armados hasta los dientes son poderosos desde el punto de vista político, mediático, financiero y su capacidad de cabildeo es temible dentro de aquel país.

La Asociación Nacional del Rifle, surgida en 1871, cuenta con 180 millones de dólares de presupuesto anual y realiza constantes y generosas contribuciones a las campañas políticas de las principales figuras del país.

El Centro Legal sobre la Pobreza en el Sur, organización que monitorea el accionar de los grupos de odio estadunidenses, plantea, en uno de sus informes más recientes, que durante este mes de mayo, los defensores de las armas de fuego realizarán una marcha gigante en la capital del país para demostrar su amplia capacidad de movilización.

En un país donde la recalcitrante John Birch Society pensaba que el expresidente Dwight Eisenhower era un agente comunista ruso o donde los fascistas de la agrupación Oath Keepers viven convencidos de que el actual gobierno se convertirá en una dictadura socialista, estos eventos de odio van seguidos siempre por el ya tradicional llamado a las armas y al derramamiento de sangre.

Una de las caracterizaciones más ilustres y exactas de estos engendros de la violencia, que afortunadamente no constituyen aún una mayoría en Estados Unidos, aparece escrita por el héroe nacional cubano José Martí en el diario La Nación, de Argentina, en octubre de 1885: “…estos aventureros, criaturas de lo imposible, hijos de una época de gigantes, vaqueros rufianes, estos mercenarios nacidos acá como allá, de padres perdidos al viento, estos tártaros nuevos, que merodean y después desbastan a la usanza moderna, montados en locomotoras, estos colosales rufianes, elemento terrible y numeroso de esta tierra sanguínea que emprenden su política de pugilato y recién venidos de la selva viven en la política y donde ven a un débil comen de él y veneran en sí la fuerza, única ley que acatan y se miran como sacerdotes de ella y como con cierta superior investidura e innato derecho a tomar cuanto su fuerza alcance”.

Revista Contralínea 180 / 02 de mayo de  2010

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