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Es un lugar común referirse a los dobles espías, ya sean personajes reales (y precursores) o de novelas, donde esos astutos policías de muy alto rango aparecieron desde siempre para llevar y traer información a los gobiernos y espían a las empresas. Abundan entre políticos para enterarlos de lo que hacen sus competidores, enemigos o adversarios, como lo documentan las revistas Proceso y Contralínea. Un espionaje que encabeza el Centro de Investigación y Seguridad Nacional y otro que organizó el gobierno mexiquense para allegarse confidencialidades que le sirvieran para sus fines futuristas en marcha. Los espías, por lo general, sirven a dos amos y cobran por sus servicios clandestinos.


Los directores de comunicación, falsos y auténticos “azules”, pues los hay de extracción priista (el Partido Revolucionario Institucional sigue siendo semillero de candidatos con disfraz de todos los partidos), la hacen de espías dobles. Por lo general, buscan a periodistas de cualquier nivel (en radio, televisión o prensa escrita) para sopearlos y, supuesta o realmente, les pasan algunos tips a cambio, luego regurgitan lo que llevan en el “buche” a sus jefes inmediatos, que resultan ser secretarios del despacho presidencial. Ellos se reportan con Max Cortázar, el timbiriche mayor, para vomitarle lo que saben en desayunos, comilonas y cenas, e incluso en “vamos a tomarnos un café”, para que lo ponga en conocimiento del inquilino de Los Pinos.

Esos jefes de “prensa”, además de boletines, manejan la publicidad como chantaje para que los medios favorecidos no toquen a sus jefes ni al “señor presidente”. Y denuncian con su índice de fuego corruptor a periodistas y publicaciones que se atreven a criticar e informar verazmente. De la Secretaría de Salud salen difamaciones. De Pronósticos Deportivos, pagos de planas, anuncios en la radio, a cambio de que no se ocupen de las corrupciones en esa empresa de apuestas. La mayoría de esos espías ha enlistado a revistas, para las que Calderón ordenó cero publicidad, como enemigas del régimen azul. Y tienen una campaña cerrada contra los periódicos que, cumpliendo con su deber, publican cuanto es motivo para toda clase de espionajes que se ejercen como contrapoder. Esos “jefes” de Cortázar son los “domadores” del mismo Maximiliano (a quien en su boda le regalaron costosísimo obsequio a nombre de la pandilla de Don Gato). Tratan de domar información crítica, ya que a Calderón, como él mismo dice, le molesta que los medios de comunicación se ocupen más de los hechos de inseguridad, desastre económico, desempleo, feminicidios, etcétera.

Espías con fabulosos sueldos y derecho a meterle mano al presupuesto de publicidad (la Secretaría de Salud tuvo 552 millones de pesos el año pasado, sin rendición de cuentas). Esos domadores han silenciado a la prensa sobre hechos que luego son abortados por otros medios de comunicación. Y si bien reciben de sus invitados mediáticos cierta información a cambio de la que los espías proporcionan, y algo obtienen de maniobrar con los presupuestos de publicidad, no han logrado del todo domar a la prensa escrita ni la oral, aunque más a la audiovisual, pues siguen emergiendo los fallidos resultados del calderonismo. Los domadores de Maximiliano “operan” como espías dobles que, al servir a dos patrones, con uno quedan mal. El calderonismo quisiera la censura total de la prensa, y el amordazamiento de las libertades de expresión. Pero esos derechos, con todo y las embestidas y falta de garantías, son ejercidos constitucionalmente contra viento y marea del calderonismo y de Maximiliano y sus domadores.

cepedaneri@prodigy.net.mx

CONTRALINEA 174 / 28 DE MARZO DE 2010

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