Democracia empantanada

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La democracia en México está empantanada, sin posibilidad alguna de salir a flote, sino más bien seguirse hundiendo porque no tiene asideros; se perdieron a partir de que se evidenció la incapacidad del Estado mexicano de afrontar con éxito el reto de la transición. No se vislumbran posibilidades de que esta situación pueda cambiar, pues los principales actores del sistema político mexicano, los partidos, viven sumidos en una crisis cada vez más grave, que más temprano que tarde obligará a la sociedad a tomar un papel más protagónico, más activo, en busca de las salidas que permitan superar la descomposición generalizada que se vive actualmente en el país.


El caso tan sonado de las alianzas partidistas es la gota que derramó el vaso, aun cuando gracias a esta situación pueden acelerarse acciones que redunden en nuevas reglas. Sin embargo, esto no será sino en el mediano o largo plazo, pues en el corto lo urgente es sanar las heridas que han dejado los acuerdos oscuros. Esto no se vislumbra tarea fácil, pues pasan los días y más se enconan los ánimos, al no enfrentar el problema con la honestidad que demandan las circunstancias, sino dándole vueltas con el ánimo de que se diluya con el paso del tiempo, a sabiendas de que nuevos problemas, incluso más graves, contribuirán a que se olvide este asunto tan mal manejado, tanto por Beatriz Paredes como por César Nava.

El hecho de fondo es que las alianzas dejaron de ser un factor natural de negociación política para convertirse en moneda de cambio de asuntos de mayor trascendencia, como sucedió al negociarse entre los dos partidos la aprobación del paquete fiscal de Felipe Calderón, pero a cambio de que el Partido Acción Nacional no se aliara con la izquierda. Como Nava no respetó ese acuerdo, salió a la luz todo el entramado negociado en lo oscurito, lo que tiene a los dos dirigentes en el banquillo de los acusados, sufriendo las consecuencias de su deshonestidad.

En el discurso pronunciado por Beatriz Paredes durante la ceremonia conmemorativa del 81 aniversario de la fundación del Partido Revolucionario Institucional, después de hacer algunos señalamientos críticos, muy generales, demandó “revalorar a la política para enfrentar la crisis, en lugar de denigrarla”. No se vislumbra, sin embargo, un camino que lleve a esa indispensable revalorización, sino todo lo contrario. Cada día se desvaloriza más la actividad política, porque los principales actores de la misma no sirven al país, ni siquiera a sus partidos, sino a mafias entronizadas en la cúpula del poder con propósitos ajenos a la sociedad nacional.

La partidocracia camina sin reparar en los daños a la nación por navegar en contra de la dirección que conviene a la sociedad nacional. Tal realidad está llegando a su clímax por la insensatez de operar acuerdos de espaldas a la población, algunos de extrema gravedad, como el que se logró entre las dos principales fuerzas políticas para colocar en la silla presidencial a Felipe Calderón, como lo denunció el diputado priista César Augusto Santiago. Así lo dijo: “Los acuerdos, señoras y señores, están en la esencia de la construcción de la democracia. Gracias a uno de esos acuerdos, está Felipe Calderón en una silla, lo que yo personalmente no acepto”.

De ahí que la democracia en México, en vez de hacerse más real a medida que pasan los años, sea una utopía de muy compleja realización. Está empantanada como nos lo muestra cotidianamente la partidocracia, en terrenos fangosos imposibles de limpiar a menos que el Estado en su conjunto pase de la etapa fallida en que se encuentra, a la de un verdadero motor de los cambios estructurales que demanda la sociedad nacional, el primero de los cuales, imposible de eludir, profundizar una reforma del Estado que ponga punto final a tanta injusticia, tanta desigualdad, tanta miseria, tanta impunidad de los poderosos.

Mientras la vida política no sirva a los intereses prioritarios de la nación, sino a los particulares de los poderes fácticos y de la oligarquía, será imposible sacar del pantano a la democracia. El debate en la actualidad, al menos en la Cámara de Diputados, no es por hallar caminos de redención, sino fórmulas palaciegas que permitan seguir operando en lo oscurito acuerdos mafiosos. Es muy lamentable que esto suceda, sobre todo cuando es una realidad la urgencia de frenar una crisis generalizada que amenaza ahogarnos a todos los mexicanos. Y el primer paso para ello no puede ser otro que la dignificación de la vida política, con todo lo que implica. Por ahora, no puede ser más bochornoso el papel que están jugando las camarillas partidistas en el Congreso y fuera de éste, encaminado a servir intereses muy mezquinos de muy corto plazo. Por eso, las renuncias de Beatriz Paredes y de César Nava no remediarían nada.

gmofavela@hotmail.com

Contralínea 174 / 21 de marzo de 2010