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México ha sido un país de profundas tradiciones patrióticas. Luego de largos periodos de resistencia, cuando aparentemente no pasa nada, el pueblo se levanta con ímpetu en pos de profundas transformaciones económicas, sociales y políticas. La resistencia indígena se sostuvo durante casi tres siglos en que hubo más de 100 levantamientos de los pueblos originarios contra el invasor español.

Pablo Moctezuma Barragán* / Segunda parte

El movimiento de Independencia que iniciaron Hidalgo y Morelos se convirtió en una profunda revolución popular e indígena sin precedentes en América Latina. Las Leyes de Reforma, para nacionalizar los bienes del clero y separar la iglesia del Estado, significaron en su tiempo un movimiento de vanguardia y un ejemplo para el mundo. La derrota del poderoso ejército francés, que invadió México, impactó y conmocionó a todo el orbe. La Revolución Mexicana y sus héroes Zapata y Villa inspiraron al mundo progresista, y en su día la Constitución de 1917 y los derechos que consagró, se convirtieron en la legislación social más avanzada a nivel internacional; posteriormente, la expropiación petrolera de Lázaro Cárdenas y su defensa de los países ocupados por el nazifascismo impulsaron la lucha por la democracia y la paz. Toda esta experiencia está grabada en el consciente y sobre todo en el inconsciente colectivo. La genial obra muralística de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco reflejó artísticamente estas gestas heroicas.

Los periodos de dominación de los sectores conservadores han enfrentado siempre la tenaz resistencia popular. Agustín de Iturbide, Lucas Alamán, Anastasio Bustamante, Antonio López de Santa Anna, Porfirio Díaz siempre encontraron oposición y finalmente fueron derrocados. Los modernizadores, borbónicos, porfiristas, emprendieron proyectos audaces de dominación colonial o semicolonial, para abrir el país al capital extranjero y sus grandes empresas, expropiar la tierra a los indígenas, abatir los salarios, aumentar los impuestos, liberalizar el comercio, poner la economía al servicio del sector exportador, endeudarnos, dar grandes concesiones a los extranjeros, reprimir a los indígenas y a los mineros, etcétera. Provocaron grandes movimientos transformadores: la Independencia, la Reforma y la Revolución. Hoy se despliega la resistencia popular contra la ofensiva del mal gobierno, que busca imponerle al pueblo condiciones de vida infrahumanas y el sometimiento hacia Estados Unidos.

Hoy vivimos el tercer movimiento “modernizador”: el neoliberalismo. En el fondo, las políticas son las mismas de la modernización borbónica y la porfirista, y las consecuencias serán semejantes. Se está dando la organización y la acumulación de fuerzas de la mayoría de los mexicanos para transformar la realidad y derrotar al gobierno oligárquico pro yanqui. Paradójicamente, Estados Unidos lleva a cabo el control directo de nuestro territorio y población, ubicados en lo que consideran su “perímetro de seguridad”. El reto para Washington es enorme, porque se enfrenta a un país con profundas tradiciones nacionalistas y a un pueblo con memoria histórica que rechaza el dominio estadunidense, que nos ha invadido y robado más de la mitad del territorio.

A partir de la década de 1960 y de las presidencias de Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría, comenzó paso a paso, con astucia, la subordinación de nuestro México. Primero, sometiéndonos a los organismos financieros internacionales y sus políticas neoliberales, aplicadas abiertamente a partir de De la Madrid y Salinas de Gortari, imponiendo la integración económica con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte hasta culminar con la firma de la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte y de la Iniciativa Mérida. Ahora avanzan hacia la integración militar.

Pretenden obtener de México sus recursos naturales y mano de obra barata, puesto que nuestro país sigue siendo, a pesar de 500 años de saqueo, un país muy rico. La variedad de su flora, frutos y flores, y de su fauna, su petróleo, gas, electricidad, zinc, plomo, uranio, litio, potasio, oro y plata, sus bosques, litorales, playas, su biodiversidad y variedad de climas son fuentes de inmensas riquezas. Además, nuestra posición geopolítica es privilegiada, pues es una vía de tránsito de todo el mundo hacia América del Norte. Y lo principal es que contamos con una población de casi 110 millones de habitantes en México y 12 millones en Estados Unidos, que proporcionan mano de obra barata apta y productiva. Las grandes corporaciones estadunidenses necesitan trabajadores mal pagados, y, lo más grave, también sangre de nuestros jóvenes para sus guerras de ocupación por la hegemonía mundial. De cara a América Latina, nuestro territorio es un espacio estratégico para las grandes corporaciones estadunidenses y su proyecto de construcción imperial.

El imperio estadunidense, que sufre la peor crisis multilateral en décadas y enfrenta su decadencia económica y política, sigue siendo la máxima potencia mundial, pero su hegemonía está amenazada. Así que, empezando el siglo, George W Bush lanzó una escalada agresiva después del 11 de septiembre de 2001 que hoy continúa Barack Obama: la invasión de Irak y Afganistán, el bombardeo a Pakistán, las amenazas a Irán y Yemen, la reactivación (luego de la Segunda Guerra Mundial) de la IV Flota Naval para controlar América del Sur. Su reposicionamiento en bases militares de Honduras, Colombia y Haití es un paso para controlar Latinoamérica en el marco de su lucha sin cuartel por la hegemonía mundial y el mantenimiento del statu quo imperial.

En ese esquema, Washington necesita a México integrado a sus intereses, también militarmente. Después de los atentados del 11 de septiembre se conformó el Comando Norte en 2002 para controlar el perímetro de seguridad de Estados Unidos y “coordinar” los ejércitos estadunidense, canadiense y de México e incrementar el control y la injerencia en ambos países, considerados como parte de las “responsabilidades” del Comando Norte. Washington le impuso a Canadá el establecimiento del Comando de Canadá en 2006 y posteriormente Estados Unidos y Canadá firmaron un acuerdo para usar los militares de esos dos países en cualquiera de sus territorios, en situación de “emergencia doméstica civil”. El acuerdo “Plan de Asistencia Civil” fue firmado no por las autoridades civiles del gobierno, sino por los generales del ejército del Comando Norte de Estados Unidos y el Comando de Canadá. Este acuerdo incluye las credenciales de identificación biométricas válidas para los tres países (por eso la urgencia por desarrollar la Cédula de Identificación Ciudadana). Luego se dio el anuncio en octubre de 2007 del Plan México o Iniciativa Mérida, para profundizar la integración militar a cambio de 1 mil 351 millones, de los cuales, sólo se han entregado 623 millones de dólares en equipo y capacitación que nos hace dependientes del Pentágono, bajo la retórica responsabilidad “compartida en la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo”, dependiendo militarmente de los proveedores de Estados Unidos y su asistencia, entrenamiento y equipo.

Son los planes de Washington, pero no los de México, ni de nuestro pueblo, que quiere el desarrollo de la economía del país, empleo para sus hijos en su patria y disfrutar de las riquezas nosotros mismos. México y el resto de América Latina aspiramos a un desarrollo soberano. El descontento en contra del neocolonialismo y el neoliberalismo crece.

Estamos en vísperas de profundas transformaciones revolucionarias en nuestro país y en el mundo, pues la situación llegó a un límite. Necesitamos solucionar los problemas de hoy, a fondo, construyendo un nuevo México. La experiencia de 200 años nos enseña que sin soberanía económica, no hay soberanía política. Hemos de desarrollar nuestra economía y liberarla de las garras de los consorcios extranjeros, conquistar la soberanía energética y alimentaria y también la soberanía financiera, industrial, científica-tecnológica, para generar el desarrollo en cada rincón del país y los bienes y servicios necesarios desde el nivel local.

La “integración” promovida por los partidos Revolucionario Institucional y Acción Nacional con el pretexto de la “globalización” es anticonstitucional y viola la soberanía nacional. La integración militar que planea el mal gobierno es la puntilla. En los anteriores periodos históricos, cuando la crisis llegó a un límite, el pueblo rompió los obstáculos que impedían el desarrollo de México. Hoy nos toca a nosotros dar solución a los problemas actuales rompiendo las nuevas formas de dominación, tan nocivas como las que superamos en el pasado.

Evo Morales dijo con certeza: “Hay que pasar de la resistencia a la toma del poder”. En el pasado han sido las clases poseedoras quienes hegemonizaron el poder al triunfo de la Independencia y la Revolución. A consecuencia, en el siglo XXI habrá de ser el pueblo quien tome el poder y la clase obrera garantice que este proceso se desarrolle en beneficio de la sociedad y no de nuevas clases dominantes que quieran “adueñarse del pastel”, y luego venderlo al mejor postor. Si construimos el nuevo proyecto nacional, habrá alternativas para el pueblo en general y los trabajadores, campesinos, indígenas, mujeres, jóvenes, ancianos, personas con capacidad diferente lograrán desarrollo, bienestar y paz. Sólo unidos por objetivos y acciones comunes, avanzaremos en la lucha por un futuro mejor. El siglo XXI ha de contemplar profundas soluciones sociales, poniendo en correspondencia el carácter social de la producción, con la apropiación y distribución social de la misma, para que los frutos del trabajo lleguen a todos. Esto sólo será posible en un sistema en el que la democracia sea efectiva, así que para lograr la soberanía nacional y popular se requiere la renovación democrática.

*Politólogo e historiador, doctor en estudios urbanos

Contralínea 174 / 21 de marzo de 2010

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