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Enclavado en la Sierra Negra, Tlacotepec es el segundo municipio más pobre del estado gobernado por Mario Marín Torres. Las brechas agrestes, la falta de alimentos y apoyos para la producción agropecuaria colocan en riesgo la vida de más de 12 mil indígenas nahuas. Pero la principal amenaza que los acongoja es un viejo cacicazgo que se muestra vigoroso en el siglo XXI


Érika Ramírez/ Rubén Darío Betancourt, fotos/ enviados

San Sebastián Tlacotepec, Puebla. Tirita de frío. El calor del jornal se apagó apenas salió de su parcela. La lluvia cae sobre su cuerpo escuálido. Camina a paso apresurado sobre el fango, con un machete oxidado en mano. Los dedos de sus pies heridos se saturan de lodo.

Cuando llega a su casa no hay nada que lo proteja, ni una muda de ropa seca ni una cobija. Se refugia cerca del anafre que apenas le brinda un poco de calor. Así transcurre la vida de Pantaleón Castillo, un indígena náhuatl de 77 años de edad que habita en el segundo municipio más pobre del estado.

De escasa dentadura y piel morena. El viejo viste una camisa ligera, desgastada, cubierta de tierra y un pantalón blanco remangado y estropeado. Había salido a sembrar chile, justo cuando la lluvia amainó, pero el mal tiempo le hizo una jugada y tuvo que abandonar por tercer día consecutivo su trabajo.

Este hombre es uno de los más de 12 mil habitantes de la zona que difícilmente tienen acceso a la alimentación. Vive en una choza de madera con techo de lámina, que en el portal “presume” una placa del gobierno federal con la leyenda: “Vivir mejor”.

Sin embargo, dentro de ella, el “piso firme” –colocado por trabajadores de la Secretaría de Desarrollo Social– se siente helado: el frío se cuela por las rendijas de los maderos. Para la hora de la comida, apenas si hay una olla de café y una cubeta con maíz remojado en uno de los rincones de la casa.

Aquí no se vive mejor porque “nos hacen falta muchas cosas”, lamenta Pantaleón; sobre todo, herramientas para trabajar el campo: machete, pala, carretilla y azadón. No hay empleo, dice el hombre, traducido al español por el regidor municipal Guillermo Berlín Rivera, encargado de atender a los grupos vulnerables del municipio.


La sobrevivencia

Soltero, el indígena náhuatl se encuentra a cargo de su hermana Claudia, quien desde hace cuatro años permanece postrada en un retablo de madera con la mitad de su cuerpo inmovilizado. Él es sustento de la mujer de 54 años y de tres de sus hijos ya adolescentes.

Sobreviven de la cosecha de frijol, maíz, chile y café que se dan en su pedazo de tierra. Ninguno de los integrantes de la familia Castillo figura en las listas de beneficiarios de los programas oficiales que promueven el apoyo al campo. Sin embargo, el ahora presidente municipal, Esteban Gorgonio Merino Mendoza, obtuvo en 2008 –el mismo año que asumió el poder del ayuntamiento– 25 mil 520 pesos del Programa de Apoyos Directos al Campo, según indican los padrones de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación. Las mismas listas, actualizadas hasta 2008, indican que en el ayuntamiento se les distribuyeron 3 millones 809 mil pesos a 917 personas de la región.

Marginación crónica

De acuerdo con los Índices de marginación, publicados por el Consejo Nacional de Población en 2005, San Sebastián Tlacotepec es el segundo municipio más marginado de Puebla. Este ayuntamiento se divide en 55 comunidades, con 12 mil 674 personas en situación de pobreza extrema.

Las cifras oficiales demuestran que el 67 por ciento de sus habitantes subsisten en un grado de marginación “muy alto”: son 8 mil 548 indígenas distribuidos en 43 localidades o rancherías. Otros 4 mil 126, que representan el 33 por ciento de la población, se encuentran en un grado de marginación “alto”. No hay ninguno que pueda establecerse en los rangos medio, bajo o muy bajo, según los registros institucionales.

Los números no mienten. El bienestar en las familias de esta región parece un anhelo. Viven hacinadas en cuartos de madera o bloque, donde el mobiliario se reduce a petates, anafres, molinos de maíz, comales y algunos utensilios de cocina. Las escasas prendas de vestir que poseen cuelgan de lazos atados de un lado a otro de la vivienda.

Su espacio se reduce a terrenos de tres por cuatro metros. Asentados en las laderas de la Sierra Negra, viven expuestos a que en cualquier momento se derrumbe el cerro y montones de tierra los sepulten.

Con una temperatura por debajo de los 10 grados centígrados y un ambiente tempestuoso, los habitantes de esta región apenas si salen de sus refugios. No hay cosechas que levantar. Hay árboles derribados que exponen sus raíces, luego de que a finales de diciembre pasado una ventisca golpeó la zona.

Algunas mujeres arrancan quelites del cerro, que hervirán en agua con sal para hacer la comida del día. Ellas se cubren de la incesante lluvia con hojas de Balangar, unas plantas crecidas al pie de la serranía, con tallos de hasta 10 centímetros de grosor y hojas enormes.

Abandono a la salud

De la atención médica, apenas si saben. La familia de Pantaleón tuvo contacto con doctores después de que Claudia cayó enferma. “Empezó a sentir mucho frío y luego se desplomó. Fui a pedir ayuda a la presidencia municipal, y de ahí la tuvimos que llevar al Hospital General de Tehuacán”.

Tehuacán es la ciudad más cercana a este municipio. No obstante, el viajero tarda cuatro horas en llegar en tiempos de secas. Durante la época de lluvia, que dura la mayor parte del año, es difícil que se pueda calcular el trayecto. Todo depende del tipo de transporte en que se viaje, que el camino de terracería no se haya dañado con algún alud o que la neblina no oculte los trazos de la carretera, en donde los voladeros no tienen muros de contención. El peligro es constante para el que decida salir del pueblo.

“Estuvimos mucho tiempo en el hospital. La revisaron y luego la dieron de alta sin ningún medicamento. Nos tuvimos que regresar a la casa, porque no había más que hacer”, comenta afligido.

Ningún otro doctor ha auscultado a la mujer, que con poco más de 50 años encaneció casi en su totalidad. El año pasado, la esposa del presidente municipal (Eugenia González) le llevó “de regalo” una silla de ruedas, misma que utiliza en ocasiones sólo para cambiar de postura, pero no puede atravesar el lumbral de su puerta porque afuera los caminos son agrestes.

La “señora”, dice, prometió llevarla al doctor, atenderla y dotar a la familia con una despensa de alimentos cada mes, pero nada de eso llegó.

Paul del Ángel Pérez Nolasco, médico de guardia en el Hospital de Tlacotepec, admite la precaria atención que hay en la región. En su diagnóstico, acentúa que el predominio de enfermedades en la Sierra Negra son las respiratorias y las gastrointestinales en menores de cinco años. Le siguen las crónico degenerativas, como la diabetes, hipertensión.

“Aquí la gente aún muere de enfermedades respiratorias”, dice. Esto es consecuencia de la falta de acceso a los servicios de salud en sus localidades, la pobreza extrema y el tiempo de traslado de un lugar a otro.

“Son comunidades quedan a cuatro o seis horas de camino, en donde no hay transporte y la gente tiene que bajar a pie”, explica el galeno egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

“A una persona con cáncer o embolia se le envía al Hospital General de Tehuacán; aquí no tenemos esa especialidad. Sólo tenemos dos básicas: ginecología y cirugía. Hace falta pediatría y traumatología”, agrega Pérez Nolasco.

Sin accesos

Facundo Zaqueros vive en la localidad de Zacatilihuic. Para llegar al cuarto donde habita con sus seis hermanos y sus padres, es necesario bajar por veredas estrechas y resbalosas. Quien caiga está expuesto a golpearse contra rocas filosas o enredarse entre los ramajes de la maleza. El deteriorado sendero se recorre en más de una hora a pie, pues no hay otra forma de llegar.

El joven presume que tarda 40 minutos en subir al camino principal. A sus 18 años ha tomado la habilidad suficiente para escalar esta parte de la Sierra Negra –uno de los picos más altos de la Meseta Central Mexicana, según el Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Cuida de sus hermanos, niños y niñas de diferentes edades que permanecen descalzos y con ropas escasas. Facundo sabe que su realidad no es afortunada, aunque es de los pocos jóvenes de la región que han alcanzado los estudios a nivel bachillerato. Este año concluye su sexto semestre en la escuela de la cabecera municipal, a la que sólo asisten 32 jóvenes más.

Quiere continuar con los estudios universitarios: ser ingeniero agrónomo. Sólo que es incierto si podrá seguir con su preparación académica. A sus padres no les alcanza para solventar sus gastos, y cerca de su comunidad no hay fuentes de empleo que le permitan combinar las tareas.

“Hace falta trabajo, la gente sólo se dedica al campo, a su parcela, con lo que sale de la venta de café, con eso nada más”, dice con voz tímida. En la cocina de su casa se ven vainas de frijol en un pequeño costal, mazorcas para desgranar, plátanos y un mamey que podría alcanzar el tamaño de un balón de futbol americano.

“Aquí, lo que se siembre se da: naranja, plátano y chiles, pero la gente no puede aprovecharlo siempre. Cuando es temporada, cortan para comerlos, aunque sería mejor comercializar. No se puede. Los caminos lo impiden, no hay camión que llegue hasta acá”, dice.

De acuerdo con la Ley de Egresos del Estado de Puebla para el Ejercicio Fiscal 2009, ese año le fueron dotados 40 millones 623 mil 896 de pesos al ayuntamiento de San Sebastián Tlacotepec: 15 millones 873 mil 147 pesos, “mediante instrumentos jurídicos suscritos con la Federación y los demás fondos participables, así como por el Ramo General 33”.

Además, se le asignaron 19 millones 702 mil 199 pesos del Fondo de Aportaciones para la Infraestructura Social Municipal, y otros 5 millones 47 mil 950 pesos del Fondo de Fortalecimiento de los Municipios y de las Demarcaciones del Distrito Federal.

Desnutrición infantil “moderada”

Mientras Facundo platica, sus pequeños hermanos entran y salen de su habitación; ríen con timidez ante la presencia de extraños. Simulan esconderse detrás de una pared. Se les ve menudos, con manchas en la cara, los cabellos y la piel resecos.

Y es que la leche, la carne y el huevo son alimentos que aparecen una vez al mes en su dieta o, si les va bien, cada 15 días. Café, tortilla y frijoles son la base de su alimentación.

En 2006, el Informe sobre desarrollo humano de los pueblos indígenas de México, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, colocó a San Sebastián Tlacotepec como el vigésimo municipio con “muy bajo” Índice de Desarrollo Humano, de un total de 217 que hay en la entidad gobernada por el priista Mario Marín Torres.

El ayuntamiento también forma parte de los 122 municipios ubicados en zonas indígenas, donde las familias tienen un precario acceso a los sistemas de salud, educación e ingreso.

Otro indicador a nivel nacional, que revela la pobreza de este lugar, es el Reloj de la Desnutrición en México, proyecto elaborado por el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán. Éste coloca al municipio en el lugar 135, con 345 casos de niños menores de cinco años con desnutrición.

Violencia y caciquismo

Pero los índices de marginación, pobreza y desnutrición no son los únicos factores que vulneran a la población. Grupos caciquiles liderados por el presidente municipal, a decir de los pobladores de la zona, amedrentan, compran votos, despojan de sus terrenos y asesinan a los que se atreven a disentir.

Como en la mayoría de los municipios de la entidad, aquí domina del Partido Revolucionario Institucional bajo el mando de Esteban Gorgonio Merino Mendoza. Sobre este último, en 2008, la Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla (CDH-Puebla) solicitó a la Procuraduría General de Justicia del Estado que iniciara una investigación por “conductas delictivas”, pues participó en una “emboscada” que se le tendió al diputado local José Manuel Benigno Pérez Vega, conocido entre los oriundos como Pepe Momoxpan.

A la Procuraduría le solicitaba: “Instrumente los mecanismos necesarios para que de manera inmediata se dé cumplimiento a las órdenes de aprehensión que faltan de ejecutar dentro del proceso 214/2008, del Juzgado Primero Penal de Tehuacán, Puebla, y que tienen relación con los hechos materia de la queja”, se lee en la recomendación.

La emboscada

El expediente 7394/08-C indica que el 27 de julio de ese año, José Manuel Benigno Pérez Vega y los otros funcionarios llegaron a Tlacotepec aproximadamente a las 14 horas. Viajaban en una camioneta Nissan. Se ubicaron frente al Hospital Comunitario donde se encontraron con Guillermo Berlín Rivera, regidor del ayuntamiento.

El mismo Berlín Rivera relata en entrevista: “Un día antes se avisó a la gente con bocina para que nos acompañara a recibir al diputado por el Partido del Trabajo. Otras personas llegaron para advertirnos que gente de la presidencia se estaba organizando en contra de la visita, y que les iban a dar 200 pesos para que estuvieran presentes en la entrada de municipio. También les prometieron plantas de cedro y despensas.

“Ya sospechábamos lo que iba a suceder. Cuando fuimos a esperar al diputado, había un retén con policías. Llega Pepe Momoxpan y le aviso lo que está pasando. Aún así se animó a entrar. Pensó que no habría ningún problema”, platica.

Cuando llegaron al retén, en donde había policías con armas largas y cortas, preguntaron a Berlín Rivera por el diputado, quien viajaba en una camioneta detrás del regidor municipal.

Los policías detuvieron al legislador con el pretexto de aplicar la Ley Federal de Explosivos y Armas de Fuego. Pérez Vega les dijo que ellos no tenían facultades para aplicar dicha ley. Ellos respondieron que sólo seguían órdenes. Pidió entrevistarse con el comandante a cargo, quien le permitió seguir con su camino.

Metros más adelante, el diputado y sus acompañantes se percataron que había aproximadamente unas 100 personas discutiendo con Guillermo Berlín, quien se había adelantado.

Entre la “bola” se encontraban el regidor de gobernación, Honorato de Los Santos López; su hermano, Agustín de Los Santos López; el hijo del presidente municipal, Antonio Merino González; el regidor Rubén Rivera Bravo y Horacio Vázquez, quienes “movieron a la gente”.

“Mi hija llevaba una cámara de video y se la arrebataron. Comenzaron a gritar en nuestra contra. Me bajaron de la camioneta; me arrastraron. El regidor de gobernación me dijo que estábamos detenidos. Yo no sabía de qué se trataba”, dice el encargado de los grupos vulnerables de Tlacotepec.

Al percatarse de lo que sucedía, Pepe Momoxpan pidió a sus compañeros de viaje que dieran marcha atrás. Pasaron nuevamente por el retén y un policía les apuntó con un arma. Ante el temor, siguieron sin detenerse. Por el retrovisor se percataron de que los policías de Tlacotepec habían subido a una camioneta Ford, propiedad del ayuntamiento.

Los empezaron a seguir, avanzaron unos cuatro kilómetros e iniciaron los disparos. Llegaron hasta el límite municipal, donde atraviesa el Río Tonto. Ahí había otra patrulla, que se les atravesó. Del vehículo oficial descendieron policías y su comandante. Con insultos obligaron al legislador y compañía a bajar.

La golpiza

La recomendación de la CDH-Puebla indica que los funcionarios estatales fueron esposados y golpeados en diversas partes del cuerpo. José Manuel Benigno Pérez Vega argumentó que era diputado. Las burlas se oyeron entre los oficiales.

A jalones y empujones, el legislador y sus compañeros fueron subidos a las camionetas. Pérez Vega cayó en la batea de la “patrulla” boca arriba. En ese momento se dio cuenta que llegaron unos hombres vestidos de civil, quienes se llevaron su camioneta. A lo lejos vio a unos campesinos y comenzó a gritar su nombre popular: Pepe Momoxpan.

Entre sus golpeadores, el legislador identificó al director de la Policía Municipal de Tlacotepec, Abel Pereyra, alias el Jarocho. Este último y uno de sus subalternos le obligaron a abrir la boca y lo encañonaron. Después de unos minutos lo levantaron, deposaron y lo empujaron hacia una barranca. Cayeron unos 30 metros abajo. Su colaborador, Rafael García Salas, rodaba tras de él. Oyeron más detonaciones de armas de fuego.

Pepe Momoxpan, Rafael García Salas y Hervey Rivera González lograron salir con vida de la emboscada. Después de recuperarse un poco de la golpiza, se dirigieron al municipio de Tehuacán. Llegaron como pudieron después de la media noche. Ahí acudieron ante las autoridades judiciales y de derechos humanos para presentar su denuncia y queja.

La CDH-Puebla también recomendó al Congreso estatal “se investigue el funcionamiento de la administración municipal para verificar si se lleva a cabo dentro del marco normativo de la ley. Asimismo, evitar actos impunes o intervención de familiares o personas ajenas al ayuntamiento en las decisiones de este último. Iniciar un procedimiento en contra del presidente municipal, Esteban Gorgonio Merino Mendoza, con motivo de las irregularidades descritas en la recomendación 56”.

Loma Guadalupe

A unas dos horas de camino de la cabecera municipal de Tlacotepec, en la comunidad de Loma Guadalupe, el apellido de la familia De Los Santos –a la que pertenece el regidor de gobernación de Tlacotepec–, “es sinónimo de violencia y muerte”.

Aquí se reúne gente del pueblo para contar a los visitantes de la pérdida de sus familiares, del hostigamiento y las amenazas. Teodoro Barragán es el primero en hablar.

Los De Los Santos “me atacaron en un camino que va a Tepetla. Fui a traer un ganado. Iba a todo galope. Cuando se paró el toro que traía, me aventaron un tiro; nada más sentí que pasó cerca de mí”.

Este tipo de actos iniciaron en 1999, cuando los habitantes de Loma Guadalupe decidieron separarse del municipio de Cuaxuxpa. Buscaron su “independencia” hartos de la falta de apoyos y el sometimiento de una familia de “matones”.

“Seguí avanzando y Gaudencio de Los Santos seguía detrás de mí. Después del disparo, yo me atajaba en el ganado para que no me diera la bala. Él ya no pudo seguir porque la escopeta se le atoró”, relata.

Se alejó del lugar lo más que pudo, hasta perderse de la vista de Gaudencio. Luego interpuso una demanda ante el agente del municipio, pero, dice, “es gente de ellos. No les hacen nada. Se levantó un documento y ya”.

Ramiro Barragán, hermano de Teodoro, fue otra víctima de la familia De Los Santos. Habitante de Loma Guadalupe, perdió tres dedos de su mano derecha. Estaba en la tienda, cuando Federico de Los Santos le ordenó que le comprara una caja de cervezas. El joven no accedió: Federico fue tras él.

Ramiro caminaba a paso apresurado, Federico le seguía ebrio y con machete en mano le amenazaba. Se abalanzó sobre él y le voló los dedos. “Lo hacen nomás porque son cabrones”, dice Teodoro.

“Rómulo y Honorio de Los Santos mataron a mi hermano. El último se encuentra prófugo”, ataja Marino Cantero Cabanzo.

Fue asesinado el 23 de diciembre de 2007. El día de su muerte, Marco Antonio contó a su abuela, mientras comían, que había sido amenazado por los De Los Santos. Ella sólo le recomendó que no les hiciera caso, que los evitara. A las pocas horas, la mujer viajó a Córdoba, Veracruz, a pasar la fiesta navideña con el padre del joven. Fue la última vez que vio con vida a su nieto.

Como a las cinco de la tarde, el jornalero decidió ir a beber cerveza con uno de sus vecinos. “Nos cuentan que estaba muy contento, que hasta estaba bailando”, interviene su abuela Claudia. Luego salió al rancho donde trabajaba en compañía de su cuñado.

A punto de llegar a su destino, el hombre cayó dormido por la embriaguez: “Ése era el defecto que tenía, que cuando tomaba se quedaba donde fuera”, dice la mujer de 70 años. Los hermanos De Los Santos lo encontraron; comenzaron a patearlo. Luego, pasaron su camioneta por encima del cuerpo y acabaron con su vida.

Su cuñado fue testigo y víctima. A él lo intimidaron con matarlo junto con su familia si decía algo. No obstante, su testimonio quedó asentado en el Ministerio Público de Tehuacán. Rómulo de Los Santos fue aprehendido; Honorio permanece prófugo. Al primero se le sigue el proceso 38/2008, radicado en el Juzgado Segundo Penal de Tehuacán.

La amenaza continúa en la zona, pues la violencia de esta familia se hace presente. En cada fiesta familiar o de los pueblos, los De Los Santos bajan de su comunidad y “hacen de las suyas”: comen y beben sin haber sido invitados; provocan riñas y amenazan a los lugareños.

Para hablar de la pobreza y la violencia que predominan en San Sebastián Tlacotepec, se buscó en las oficinas del ayuntamiento a Esteban Gorgonio Merino Mendoza. Oficiales al cuidado de la presidencia municipal indicaron que el regidor priista se encontraba en Tehuacán.


Fuente: Contralínea 173, 14 de marzo de 2010