Autor:

Tan no existe una sola América Latina, expresamente formulada, que los numerosos 25 mandatarios que asistieron a la cumbre de Cancún para enterrar al Grupo de Río (una formación gestada durante la Guerra Fría a partir de la matriz del Grupo Contadora que cumplió aceptablemente su función) decidieron avanzar en su integración mediante una “comunidad” de países de Latinoamérica y el Caribe (sic).


De entrada, solamente en la revisión semántica se desprende una dicotomía entre Latinoamérica y el Caribe.

Analizaremos el concepto de “Latinoamérica”, al corte de caja de hoy, bajo tres realidades inocultables y de datos duros: la geoeconomía, la geopolítica y la incógnita de México.

Desde el punto de vista geoeconómico, es muy sencillo exhibir la existencia de tres latinoaméricas: 1. Los tres primeros gigantes: Brasil, México y Argentina (aunque el producto interno bruto, PIB, de este último, de acuerdo con los datos del World Factbook de la Agencia Central Inteligencia de 2009, está siendo alcanzado por Venezuela, que se ha propulsado increíblemente a los primeros sitiales gracias a sus cuantiosos ingresos petroleros); 2. Los países que intermediasen el orden de importancia: Venezuela, Colombia, Chile y Perú –aquí cabe señalar que no es nada improbable que Bolivia y Ecuador, que viven en una subnormalidad atávica, pronto ingresen al segundo círculo gracias a sus pletóricos hidrocarburos–; y 3. El innombrable resto de Latinoamérica y el Caribe.

Se desprende que existen tres latinoaméricas desde el punto de vista geoeconómico, con un primer círculo, que coincidentemente pertenece al G20, donde Brasil se ha consolidado como potencia de alcances mundiales, seguido todavía por el “México neoliberal”, que ha retrocedido ominosamente, y Argentina que se ha estancado, contra todos los pronósticos, pese a su elevado nivel educativo.

El segundo círculo suena interesante –todos ellos en Suramérica– y donde Venezuela ha sido la gran revelación y todavía tiene mucho camino por recorrer debido a que posee las mayores reservas de petróleo del planeta, según datos recientes de la Agencia de Energía de Estados Unidos.

Colombia (el único país biocéanico de Suramérica) y Perú (con pletóricas reservas de hidrocarburos y minerales) también tienen todavía mucho camino por recorrer, mientras Chile (que ha contado con todo el apoyo del G7 a discriminación de los demás) parece haber llegado a su cúspide limítrofe.

La geoeconomía de Suramérica parece estar ya definida con Brasil como su inequívoca superpotencia unipolar regional y miembro notable del BRIC (Brasil, Rusia, India y China): con la mitad de su PIB, la mitad de su vasto territorio y la mitad de sus habitantes que hablan portugués, en detrimento del español. No es poca cosa: el rumbo geoeconómico gira en torno de la samba del brasilcentrismo.

Tendría que unirse el resto de Suramérica para mínimamente poder contrarrestar y/o equilibrar el poderío inalcanzable (en el mediano plazo) de Brasil, con avances importantes en materia nuclear, en el rubro misilístico y en el aspecto satelital –de los que carece dramáticamente el resto de Suramérica, ya no se diga toda Latinoamérica, incluyendo al “paradigma” de Chile que han mal vendido los palafreneros publicitarios del modelo neoliberal (léase, los sionistas Enrique Krauze Kleinbort y Jorge Castañeda Gutman, sumados del desbrujulado Mario Vargas Llosa, quien ostenta ínfulas de dolarizado anglosajón sin ser rubio; y de botana, el intelectual orgánico del neoliberalismo, el chetumaleño filo-sionista Héctor Aguilar Camín, quien le vendió su alma al diablo según los cheques que publicitó Carlos Salinas de Gortari en un periódico de amplia circulación nacional).

Fenecida la Doctrina Monroe en su versión unipolar (“América para Estados Unidos”), podemos delimitar nítidamente otras tres latinoaméricas desde el punto de vista geopolítico: 1. El liderazgo militar y político de Brasil en Suramérica –cercenada en su parte superior por el “nuevo muro de Berlín”: la transfrontera de Colombia (con siete bases militares de Estados Unidos) y Venezuela (apuntalada por Rusia, en el ámbito militar, y China, en el rubro geoenergético); 2. El Mar Caribe, que Estados Unidos desea convertir su mare nostrum y cuya descripción hemos elaborado in extenso en Radar Geopolítico (Contralínea, 21 de febrero de 2010); y 3. El “México neoliberal”, miembro de la Alianza para la Seguridad y Prosperidad de América del Norte (ASPAN) y a punto de ingresar al NorthCom/NORAD de Estados Unidos.

Es evidente la colisión que se avecina en el trazado del “Nuevo Muro de Berlín” –que va de la transfrontera de Colombia-Venezuela hasta el Canal del Viento–, el estrecho marítimo entre Cuba (miembro de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) y Haití (ocupada por 10 mil marines estadunidense con el pretexto de la “ayuda humanitaria” post sísmica).

Así las cosas, desde el punto de vista geopolítico, estaríamos hablando de dos latinoaméricas: una dominada por Estados Unidos más allá del superestratégico Canal de Panamá, que paulatinamente ha absorbido al “México neoliberal” y recientemente ha incrustado a Honduras mediante el golpe de Estado tolerado, y otra, a predominio brasileño.

La tercera Latinoamérica es una incógnita, donde resalta notablemente la esquizofrenia del “México neoliberal” cuyo rumbo holístico falta definir.

Faltaría agregar, en esta arena movediza del futuro, la “latinoamericanización de Estados Unidos, cuando en la próxima generación, su principal segmento etnodemográfico estará constituido por los “latinos” que Estados Unidos prefiere, por sus complejos sicológicos de mexicanofobia (remember el libro racista de Samuel Huntington ¿Quiénes somos?, asesorado por el apátrida, para no decir amátrida, canciller foxiano-panista Jorge Castañeda Gutman), denominar huecamente como “hispanos”.

Tampoco se puede soslayar que en la poco poblada Canadá existe un segmento étnico-demográfico notable de “latinos” en la provincia francófona de Québec, que no pocas veces ha insistido en su secesión. Entre la “latinoamericanización de Estados Unidos” y la “latinidad” relevante de Canadá se pudiera aducir la existencia de una cuarta Latinoamérica que no se atreve a pronunciar su nombre.

Para bondades del análisis expedito, nos centraremos en las tres latinoaméricas propiamente “latinoamericanas”, dejando de lado transitoriamente la cuarta Latinoamérica “anglosajona” a predominancia “latina” en el futuro demográfico inmediato, que a nuestro juicio se encuentran en juego y donde el “México neoliberal” resulta(rá) la gran incógnita, dependiendo del rumbo que asuma.

Mas que el “México neoliberal” propiamente dicho, es el panismo gobernante quien padece una severa esquizofrenia con dos definiciones diametralmente opuestas: por un lado, una locura más del frívolo panista-foxiano Jorge Castañeda Gutman –peón del sionismo financiero global que controlan los banqueros esclavistas Rothschild y su operador global conspicuo, el megaespeculador George Soros–, quien en su clásica incontinencia verbal acaba de expectorar que México “no es un país latinoamericano”, una expresión descabellada que profirió en vísperas de la Cumbre de Cancún, a la que insultó como una “latinoamericanada” (estimulado por un conductor conocido del beltronismo-salinismo –más de Raúl que de Carlos– en el horario vespertino de Radio Fórmula), quizá para intentar infructuosamente sabotear sus sorprendentes resolutivos a favor de la integración latinoamericana en una sola “comunidad” y que valió los titulares europeos y asiáticos, con excepción notable, claro está, de los multimedia estadunidenses.

Castañeda Gutman expectora el mismo argumento de Robert Pastore, el yerno de Robert MacNamara (exsecretario del Pentágono) para que México sea deglutido por una unión de América del Norte, que se llevaría los pletóricos hidrocarburos del Golfo de México.

Ante todo, el Partido Acción Nacional tiene la pelota en su campo y está obligado a definir como partido responsable y respetable su rumbo en referencia a Latinoamérica que, guste o disguste, tendrá incumbencia en el posicionamiento del México entero, no del “México neoliberal”: la lucha, por un lado, entre el foxismo, contaminado y minado por el sionismo financiero global y su instrumento local, Castañeda Gutman, que busca socavar la pertenencia natural del México eterno a Latinoamérica; y, por otro lado, el calderonismo desbrujulado, que entre sus oscilaciones y balbuceos se adhirió, al menos retóricamente, al grandioso proyecto de la “comunidad” de Latinoamérica, que obliga a repensar y replantear el Tratado del Libre Comercio de América del Norte/ASPAN/Iniciativa Mérida del neoliberalismo salinista-zedillista-foxiano-calderonista.

¿Reniega Calderón, dolido por la muerte su “Patroclio” (el español-campechano Mouriño Terrazo) –sin ser el michoacano un Aquiles–, al unísono de su obscena alianza con la petrolera española Repsol, a ofender a Estados Unidos con su nueva vocación “latinoamericana”?

Éste es un juego muy peligroso. Estados Unidos, hay que reconocerlo, avaló el fraude electoral de Fox-Marta-Castañeda en el que Calderón pone en juego, más que la seguridad nacional del país, su propia seguridad personal, sin haber conseguido sustancialmente algo a cambio, con la salvedad del nefario “Plan México”, fotocopia del Plan Colombia que fue rebautizado, para simular, como Iniciativa Mérida, pero que representa el control policiaco-militar por Estados Unidos del “México neoliberal” (con todo y el muro transfronterizo de la ignominia), en el marco de su futura incrustación al NorthCom/NORAD –como le prometió públicamente Bob Gates, el secretario del Pentágono, al indomable candidato presidencial Manlio Fabio Beltrones Rivera (que no son sus verdaderos apellidos paterno ni materno; pero mejor lo dejamos allí porque no me quiero pelear desde ahora con quien puede ser el próximo presidente).

Nos vamos a adelantar, pero guste o disguste, Manlio Fabio –pese a su sobresaturado cementerio en el clóset– goza de relevantes apoyos allende la frontera: John Dimitri Negroponte (el anterior zar bushiano del espionaje de Estados Unidos, quien le lavó su expediente comprometedor) y Bob Gates (el importante secretario del Pentágono con Baby Bush, quien repitió con Obama), para aquéllos que deseen especular en serio (mas allá de las aburridas y desinformativas televisoras “nacionales”) sobre el nombre del futuro presidente de México.

Perturba que el fundamentalista panista calderonista (todo un encrucigrama sicótico), sobre quien pudiéramos escribir toda una enciclopedia del horror ideológico, Salvador Beltrán del Río Beltrán Madrid, anterior subsecretario de Asuntos Religiosos (no es broma) de la Secretaría de Gobernación, quien se hizo cargo azorantemente, esté hoy como flamante subsecretario multiusos de la Cancillería, de la agenda de la cumbre de Cancún.

No se le puede tener la más mínima confianza al saltimbanqui Calderón y menos a Beltrán, subsecretario “teológico”, pero tenemos que reconocer –para que vean los lectores que “no es nada personal” – que el lanzamiento de la “comunidad” de Latinoamérica y el Caribe ha sido (re)volucionaria y que tendrá que definir su agenda y rumbo en el bicentenario de la Independencia de los países de latinoamericanos, donde resultó el gran vencedor el bolivarismo: la añeja expresión político-cultural de Venezuela, con o sin Chávez, que tendrá a su cargo la próxima cumbre de la nueva e impresionante agrupación (al menos en el papel) que no podrá evadir su compromiso con la historia en el contexto del dinámico nuevo orden multipolar naciente.

Finalmente, a nuestro humilde entender, el México eterno –no el efímero “neoliberal” que con tanto cataclismo flageló al país– debe pertenecer a su región natural –desde el punto de vista etnogeográfico, cultural y lingüístico, ya no se diga de destino–, a la emergente nueva nación latinoamericana que debe aprovechar la decadencia de Estados Unidos y su “Doctrina Monroe” para constituirse como un bloque de poder creíble en el concierto universal, si es que desea sobrevivir antes de ser balcanizado y vulcanizado por los intereses unilaterales del sionismo financiero global y de la dupla anglosajona (que vuelve al embate en las islas Falkland: en español, las Malvinas, despojadas de Argentina por la vía colonial-militar).

Pero tampoco el México eterno, no el efímero “neoliberal” ?la frontera real de América Latina con Estados Unidos y Canadá (dos potencias anglosajonas del G7 y la Organización de Tratado del Atlántico Norte hoy resquebrajadas y en plena decadencia)?, puede soslayar la “latinoamericanización de Estados Unidos”, para no decir “mexicanización”, que tanto ofende al entreguismo pornográfico del foxismo castañedista.

El México eterno, no el efímero “neoliberal”, insistimos, no puede abandonar su pasado glorioso (vinculado al sur de Latinoamérica) ni su futuro prometedor ligado al norte, por lo que en forma creativa (no cautiva) –independientemente de su obligada pertenencia a todos los bloques regionales con nuestros hermanos de Latinoamérica– está obligado a construir un puente civilizatorio entre el futuro “Estados Unidos latinoamericanizado” y el resplandeciente sur de Latinoamérica, a quien le ha llegado la hora de tocar a la puerta de la historia como nuevo polo de poder mundial.