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El 22 de febrero de 1913, el presidente Francisco I Madero fue asesinado por órdenes del militar golpista Victoriano Huerta.  Como un escarnio a la sociedad mexicana, a fines de 2009, en vísperas del centenario de la Revolución, voces oficialistas y políticos oportunistas promovieron la reelección, con miras a perpetuar el gobierno militarista de Calderón, a pesar de que la Revolución Mexicana comenzó como un movimiento radicalmente antirreeleccionista, encabezado por Madero.



El gobierno golpista de Victoriano Huerta, lo mismo que el actual gobierno panista que de muy cuestionable manera llegó al poder en 2006, gozó del apoyo del ejército, de la jerarquía católica, de sectores conservadores, de algunos gobiernos extranjeros, de empresarios, de gran parte de la clase política, de periodistas y medios oficialistas, lo mismo que de algunos intelectuales que se prestaron a servir al poder.

Francisco I Madero

Nació el 30 de octubre de 1873, en Parras, Coahuila, en una familia acaudalada, y fue bautizado con el nombre de Francisco Ignacio Madero. Sin embargo, en su edad adulta, al no estar de acuerdo con las doctrinas y prácticas del clero y en particular de los jesuitas, muy criticados en esos tiempos, prefirió llamarse Francisco Indalecio Madero (Stanley Ross, Francisco I Madero, Grijalbo, México, 1959, p. 14).

Hizo estudios superiores de administración de negocios en París, se interesó por los problemas sociales, y por lo menos desde 1900, fue adepto del espiritismo (La revolución espiritual de Madero. Documentos inéditos y poco conocidos, gobierno del estado de Quintana Roo, México, 2000).

El 26 de noviembre de 1901, en una carta privada, se declaró anticatólico porque el dogma de la infalibilidad pontificia instaurado por Pío IX “había anulado la razón y el libre albedrío que Dios dio a los hombres” (Alfonso Taracena, Francisco I. Madero, Porrúa, México, 1973, p. 18).

Se dice que fue masón, y se sabe que fue juarista, entusiasta defensor de las leyes de Reforma, de tal suerte que hacia 1904 inició su actividad política al frente del Club Democrático Benito Juárez, nacido para luchar contra el creciente poder del clero.

Llegó a la Presidencia en las elecciones de 1911, luego de la renuncia de Porfirio Díaz, y como señala Martín Luis Guzmán, a principios de 1913, era total la animadversión de las clases conservadoras contra Madero, que “no habían dejado de atacarlo y befarlo con las peores armas desde que lo vieron en el poder”, pese a que se había empeñado en seguir una política tolerante y conciliadora (Martín Luis Guzmán, Febrero de 1913, Joaquín Mortiz, México, 2001, p. 110).

Asimismo, esa política lo alejó de sectores revolucionarios como el encabezado por Emiliano Zapata, quien exigía transformaciones más radicales que un mero cambio de gobierno.

En 1983, a 70 años del sacrificio de Madero, Salvador Abascal publicó su libro Madero, dictador infortunado, donde calificaba al prócer como “un ególatra y un ambicioso que sueña con el poder” y le reprocha el no haber sido cristiano, pero sí descendiente de judíos portugueses.

El chacal Victoriano Huerta

Nacido en Colotlán, Jalisco, Victoriano Huerta (1845-1916) hizo sus primeras letras con el cura del lugar, y luego de se educó en el Colegio Militar. Combatió insurrecciones como la de los yaquis en Sonora, en 1900, y la de los mayas, en Yucatán y Quintana Roo, en 1901.

Se hizo amigo de Bernardo Reyes, quien fue gobernador de Nuevo León y secretario de Guerra. A la caída de Díaz, Huerta lo escoltó hasta Veracruz para que abordara el buque Ipiranga.

Bajo el gobierno de Madero, quien en un principio lo había retirado del servicio, se dedicó a hostilizar a las fuerzas zapatistas, pero también derrotó a Pascual Orozco, haciendo así un servicio al presidente a quien luego habría de asesinar.

Gustavo Madero, hermano del presidente, desconfiaba de Huerta; no obstante, al inicio de la Decena Trágica, el presidente Madero le encomendó combatir a las fuerzas rebeldes, encabezadas por Manuel Mondragón y Félix Díaz, sobrino de Porfirio Díaz.

Reyes, quien antes había intentado sublevarse y estaba en prisión, fue liberado por los golpistas, lo mismo que Félix Díaz, pero murió al encabezar un ataque contra el Palacio Nacional.

El sábado 8 de febrero de 1913, cuando ya se había fraguado la rebelión militar, Victoriano Huerta estuvo en casa del entonces ministro de Gobernación, Rafael Hernández, “para quejarse del comportamiento del gobierno y del presidente, que desconfiaban de él” (Martín Luis Guzmán, Febrero de 1913, p. 127).

Al día siguiente, los rebeldes se apoderaron de la Ciudadela y Madero marchó escoltado por los cadetes del Colegio Militar desde Chapultepec hacia el Palacio Nacional.

En Reforma, el general Huerta, enfundado en un abrigo negro, bajó de un taxi y se unió al presidente, supuestamente para defenderlo.

Mientras tanto, los cadetes avanzaban lentamente hacia el Zócalo, “sin otro contratiempo que unos disparos que cayeron, a su paso por la Profesa” (Martín Luis Guzmán, Febrero de 1913, p. 163).

El 12 de febrero de 1966, a más de 50 años de los hechos, el periódico Novedades publicó revelaciones del ingeniero Luis G Bayardi, superviviente del grupo de cadetes que escoltó a Madero a Palacio Nacional.

El militar puntualizó que en esa ocasión fue necesario también pedir la rendición de un grupo de sublevados que “ocupaban las azoteas de la Catedral”, y que estaban apostados en una de sus torres. Al llegar al Zócalo, nos recibieron con tiros desde la Catedral. Supimos que eran de la Escuela de Aspirantes (cuerpo que se había rebelado contra Madero)”.

Asesinato y dictadura

Precisamente en el templo de La Profesa, el 19 de enero de 1913, el embajador estadunidense Henry Lane Wilson se reunió con Victoriano Huerta, con el arzobispo Mora y del Río “y otros más para buscar la forma de acabar con el gobierno de Madero” (Taracena, La verdadera Revolución Mexicana, 1912-1914, Porrúa, México, 1991, p. 154).

El 22 de febrero, el presidente Madero y el vicepresidente Pino Suárez fueron asesinados por órdenes de Huerta, como corolario de la Decena Trágica donde también murieron personajes como Gustavo Madero, muy odiado por la derecha de la época, y como el almirante Adolfo Basso, intendente del Palacio Nacional.

Huerta tomó posesión invocando la protección de Dios con las palabras: “Estamos, hermanos míos…en presencia de la humanidad, en presencia de Dios…”

Al triunfo del cuartelazo, repicaron las campanas en los templos de la ciudad, “como si se tratara de un acontecimiento fausto, cuando era uno de los actos más vergonzosos de la historia” (Efrén Núñez Mata, “Las primeras disposiciones de Victoriano Huerta”, El Nacional, 22 de abril de 1962).

Cuando dimitió de la Presidencia, el 15 de julio de 1914, y tuvo que huir por el triunfo de las fuerzas revolucionarias, lo hizo también, según él, al amparo de Dios, con las palabras: “Que Dios los bendiga a ustedes y a mí también”.

Los obispos cantaban loas a Huerta, y proclamaron a sus fieles que era totalmente inadmisible una rebelión armada contra el gobierno, pues iría contra las enseñanzas pontificias, en contraste con lo que predicaron de 1926 a 1929 para justificar la sangrienta Guerra Cristera.

El 6 de mayo de 1914, Pío X envió al arzobispo de México, José Mora y del Río, un mensaje donde apoyaba “la paz” (es decir, que se mantuviera el gobierno espurio) y le enviaba sus buenos deseos al “excelentísimo señor presidente” –el chacal Huerta– (Taracena, La verdadera revolución…, p. 357).

Por su parte, el 19 de abril de 1914, en la inauguración del servicio de agua potable en la Villa, el entonces ministro de Comunicaciones, José María Lozano, queriendo quedar bien con el catolicismo en el poder, dijo que “en México todos hemos nacido religiosos, y que en este momento un indio (Huerta) a quien él ama y respeta como a su padre vuelve sus ojos a la virgen de Guadalupe, a la que él, Lozano, clama que conserve la vida de Victoriano Huerta que encarna nuestra soberanía y tremolará su imagen bendita ante el pendón de las estrellas” (Taracena, La verdadera…, p. 348).

Algunos intelectuales fueron oportunistas. Escritores como Federico Gamboa, José López Portillo y Rojas, Juan José Tablada, y muchos otros, colaboraron con Huerta y fueron sus apologistas, destacando entre ellos nada menos que Salvador Díaz Mirón, quien era el director del Imparcial, el principal periódico oficialista.

Otro de esos huertistas fue Toribio Esquivel Obregón, ministro de Hacienda de ese gobierno, y quien 20 años después, de 1933 a 1935, presidiría la Unión Nacional de Padres de Familia, uno de los principales grupos de la ultraderecha católica.

*Maestro en filosofía, especialista en estudios acerca de la derecha política en México



Fuente: Contralínea 170 / 21 de febrero de 2010

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