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Huyendo hacia delante, para escapar de su final catastrófico, el inquilino de Los Pinos intenta forzar su permanencia con ineficacia política y administrativa, para ver si con sus polvaredas logra soltar una cortina tras su estampida que le cubra la retirada.

Ha fracasado su estrategia militar para abatir la inseguridad que reporta, tras el baño de sangre consuetudinario por todo el país, más de 20 mil homicidios, sistemáticas violaciones a los derechos humanos, asalto a domicilios de inocentes, asesinatos de civiles víctimas del fuego cruzado, abusos sexuales y deserción de militares que se pasan a las filas de los sicarios del narcotráfico.

Busca distraer a la opinión pública en cuyas individualidades plantean que Calderón debe renunciar por causa grave, al no someter al Congreso de la Unión la aprobación para ejercer la suspensión de las garantías para hacer frente “a la perturbación grave de la paz pública” (artículo 29 constitucional) en la frontera norte y los lugares de antemano localizados (Chihuahua, Sonora, Tamaulipas, Coahuila, Sinaloa y Durango).

A la aterradora inseguridad creada por el narcotráfico y la delincuencia, hay que sumar las de cuello blanco en los bancos e instituciones financieras dedicadas al lavado de dinero, el tráfico de armas en las narices de las aduanas (por mar, tierra y aire) y la piratería que se aprovecha del “río revuelto”. Un narcotráfico que ya corrompió a gobernadores, presidentes municipales y otros funcionarios federales, en lo que se denomina narcopolítica dentro de la feudalización (enclaves de los caciques y la disputa geopolítica de los cárteles), que también está desgraciando la nación.

Además del explosivo problema del desempleo y empobrecimiento masivo, mientras suben los impuestos y los precios de servicios públicos, para reducir más el consumo que es el pivote hasta del más elemental capitalismo, pues que se sepa, la derecha calderonista, el yunquismo y el Partido Acción Nacional no están depauperizando a los mexicanos para poner las condiciones hacia algún tipo de socialismo y mucho menos al comunismo, sino para crear desesperación social.

Situación que tiene dos salidas: el golpismo militar con la aparición de un Victoriano Huerta (alcohólico y desquiciado), cuyo fantasma dibuja su sombra sobre el militarismo que se pasea por el país y que es la única manera de impedir la otra opción: el estallido de guerrillas, revueltas civiles y terrorismo que acabe por apurar la descomposición institucional por la impunidad, corrupción e ineficacia judicial, legislativa y de los poderes ejecutivos.

Y todos a una, como en Fuenteovejuna, sobre el botín del dinero público, las prebendas y beneficios en donde participan (con una reelección disimulada) hasta los familiares, sobresaliendo ahora los panistas con su amiguismo, devorándose al gobierno y a la administración para crear un presidencialismo fallido.

En ese sumarísimo contexto, Calderón, poniendo pies en polvorosa lanza, como el “globero” que soltaba, en cada reelección de Porfirio Díaz, sus globos para disolver los mítines donde un cómico opositor soltaba sus discursos, ha soltado su “reforma” sin tocarle un pelo al todavía desbordado presidencialismo de raíces, tronco y ramas porfiristas que centraliza y concentra facultades monárquicas.

Una “segunda vuelta para las elecciones presidenciales”, cuando él mismo se negó a revisar los votos que dudosamente obtuvo para una victoria contundente y lo convirtió en ilegítimo, la otra cara de la moneda, aferrándose a las cuestionadas y amañadas resoluciones del Instituto Federal Electoral, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación y una Suprema Corte que, en funciones de tribunal constitucional, se negó a conocer de oficio las violaciones al sufragio para la “elección” de Calderón que ahora nos sale con las 10 propuestas de su iniciativa legislativa, sin novedad de fondo al no tocar el presidencialismo, dejándolo tal cual sin una radical revisión de sus cuentas, pues su actual rendición es tramposa y con toda impunidad.

Ya lleva tres años Calderón sumergiéndose en las arenas movedizas de su ineptitud e ineficacia, acorralado por los problemas sociales a los que no ha sabido, dentro de su competencia política y económica como jefe de gobierno del Poder Ejecutivo federal, darles solución, encaprichado en esperar un “milagro” y encomendándose, con padresnuestros, a la mano invisible del mercado libre, incapaz de ejercer sus obligaciones constitucionales con la mano visible de la intervención gubernamental y más ahora que la crisis mundial recomienda hacerlo, dejando a un lado los prejuicios del neoliberalismo económico y del falso ajuste de la oferta y la demanda, mientras los países más capitalistas radicalizan su keynesianismo para reducir los efectos del capitalismo salvaje.

Y para distraer a los mexicanos ha soltado su mañosa “reforma” con la que trata de que olvidemos la sangrienta inseguridad (que aumentará a pesar de festinar el homicidio de un capo del tamaño de Arturo Beltrán Leyva, ya que la lucha contra los cárteles se ha convertido en la Ley del Talión entre sicarios versus soldados y policías, en cuyo terror no cesa de meter sus narices el embajador estadunidense Carlos Pascual, teórico de los gobiernos y Estados fallidos).

No hay nada nuevo en los “10 mandamientos” calderonistas, ya que desde hace más de medio siglo se reeligen legisladores y presidentes municipales (que malamente Calderón llama alcaldes, Esteban David Rodríguez, Los dueños del Congreso, editorial Grijalbo). Su reducción en el Congreso ha sido demandada hasta por los mismos partidos.

La “segunda vuelta” presidencial (solicitada desde la dudosa victoria de Salinas, creciendo cuando Calderón se opuso a “contar voto por voto” en su ilegítima elección) y facultar a la Suprema Corte para ejercer iniciativa de leyes serán posibles cuando le arranquen sus funciones constitucionales y se establezca el tribunal constitucional (y el tribunal de cuentas, para desaparecer la fiscalización superior de la federación). No tocó Calderón las inmensas y avasalladoras facultades del presidencialismo, ni de rendir cuentas sobre el botín del billonario presupuesto de ingresos, saqueando a los mexicanos con aumentos de impuestos.

Además de que cínicamente Calderón y sus eminencias grises saquearon la propuesta de reforma del Estado que se cocina en el Senado de la República gracias a los senadores priistas. Poco a poco, las arenas movedizas se tragan a Calderón, mientras su sexenio ya terminó en medio de un desierto de omisiones, inactividad y el exceso militar que presagia el regreso de un Victoriano Huerta o, por la explosiva situación social, que estallen revueltas sociales para que seamos (¡oh, Hobbes!) el escenario de una guerra de todos contra todos.

cepedaneri@prodigy.net.mx

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