Haití, ¿el final del Estado?

Autor:

Dios mío, qué solos se quedan los muertos…

Gustavo Adolfo Bécquer

La historia consigna una amplia variedad de hechos, sin embargo, cuando éstos concurren y coinciden en un mismo espacio y tiempo, tenemos a la vista un acontecimiento. En efecto, éste va acompañado de alteraciones a la cotidianidad y entra en profunda contradicción con lo establecido, por lo que, al acontecer, carece de la posibilidad de encuadrarlo dentro de un futuro previsible, pese a tener evidentes antecedentes, por lo que el carácter inesperado del acontecimiento precipita al cambio, que opera dentro de un enorme margen de incertidumbre. Tal es el caso de los desastres naturales, después de los cuales hay que definir con claridad un antes y un después.

Si vemos a Haití en sucesión de acontecimientos, tendríamos a una nación que logró su independencia mucho antes que los países del continente, con un agravante claro: la independencia no se tradujo en libertad de la población, pues rápidamente las elites que se habían independizado de Francia encontraron la necesidad de mantener el régimen de plantaciones, lo que operó como una gran contradicción, pues la expectativa para las personas, que habían sido llevadas por los negreros de África en calidad de esclavos para trabajar las plantaciones, se encontraron de inmediato con que lo ocurrido era tan sólo un cambio de manos; ahora tendrían que seguir bajo las disposiciones de la nueva oligarquía criolla, por lo que el factor de resistencia operó de inmediato y muchos negros huyeron a las montañas.

El siglo XX no alteró esta situación, sino que la agudizó. Con el apoyo de Estados Unidos y del ejército local se impuso en 1957 al doctor François Duvalier, quien rápidamente adoptó el nombre de Papa Doc. En él se concentró el poder gracias al conocimiento de las prácticas de vudú, que es una tradición animista de los pueblos africanos, y el ejército fue sustituido por núcleos de hombres de confianza del dictador como instrumento de control de la población mediante los llamados tontón macutes, que sembraron el terror entre la población opositora, la cual no tuvo más opción que la muerte o el destierro.

El dominio de Duvalier fue vitalicio. A su muerte, en 1971, llegó el momento en el que su hijo Jean Claude de 19 años sustituyó en el puesto a su padre, recibiendo el nombre de Baby Doc, quien se proclamó por igual presidente vitalicio bajo los mismos auspicios. En medio de la miseria generalizada de su pueblo, acumuló, como su padre, una enorme fortuna que trasladó al exterior, hasta que tanto por la enorme presión internacional como por la creciente oposición interna, no le quedó más remedio que huir en 1986, dejando al país en medio del caos y la miseria.

Este hecho derivó en una situación insostenible para el Estado. Hasta 1990 se celebraron las primeras elecciones después de más de tres décadas de dictadura y del sacrificio de varias generaciones. Ganó Jean Bertrand Aristide, un sacerdote que, al buscar cambiar mandos militares, obtuvo como respuesta un golpe de Estado, lo que sin duda tuvo como respuesta inmediata la sanción internacional.

La corrupción de estas fuerzas armadas y sus vínculos visibles con el narcotráfico terminaron por derivar en el justificante estadunidense para la intervención que se produjo en 1994, restableciendo en el poder a Aristide, que hizo poco por cumplir la aspiración democrática, pues como afirmó Karl Popper: “La democracia es producto del bienestar, pues en ningún caso miseria y corrupción han sido la base de asentamiento de la democracia, sino del autoritarismo, que tiene como expresión la sociedad cerrada”.

En las elecciones de 1995, un hombre próximo al presidente Aristide ganó la elección; recayó el cargo en René Preval. Desde entonces, este binomio controla la nación haitiana pese a las rebeliones populares y a la desaparición del ejército nacional por sus antecedentes, siendo las más significativas las de 2001 y 2006, donde en el último caso se planteó la posibilidad de dividir Haití en dos repúblicas independientes.

Desde entonces, las fuerzas de la Organización de las Naciones Unidas, con una fuerte participación estadunidense, controlan el país y son la base de sustento del régimen, mismo que al momento del reciente terremoto ha demostrado su ineficiencia y se ha producido la condición que Estados Unidos esperaba: la ocupación plena del territorio haitiano bajo el argumento de razones humanitarias que nadie parece poner en tela de duda; mientras que la gran prensa se muestra con una clara vocación de exhibir con morbo al mundo la tragedia, al tiempo que sátrapas como Clinton y George Bush junior con sus caras sonrientes piden la solidaridad de las corporaciones y de la sociedad internacional para distribuir una “ayuda” de la cual no tienen los medios para distribuirla entre los millones de damnificados.

El gran negocio ha comenzado en el mundo. Los rostros de los agónicos y heridos que han perdido todo dentro de su miseria servirán de base para fincar la riqueza de los menos a nombre de la pobreza extrema de este pueblo, al que por la magnitud de la tragedia requiere al menos de una asistencia mínima de una década para volver a la situación previa al desastre, cuestión en la que no reparan ni las potencias ni los medios oficiosos que pronto dejarán olvidados a los haitianos cuando otra tragedia próxima en otro espacio surja y el morbo los haga volver a proyectar el dolor, la rabia y la impotencia entre los gritos y discursos de siempre con la oferta concentrada en lo inmediato, que sabemos no incluye a todos.

El futuro de Haití es previsible. Agotada su oferta institucional, con un gobierno sin capacidad de dar respuesta a las demandas más inmediatas; con una intervención permanente; con el hambre y la desesperación en las calles, las revueltas se multiplicarán y la represión se dejará sentir. Al tiempo que las viejas fuerzas que antes dominaron intentarán volver. De esta manera, el espacio haitiano no tiene condiciones para la más mínima representación legítima. La fuerza bruta será el lenguaje que pronto se manifestará a plenitud.

La migración masiva con sus consecuencias hará sentir sus efectos en el Caribe, comenzando con su vecino (República Dominicana), con quien mantiene conflictos histórico-fronterizos y de diversa índole, que se han de agudizar. La incapacidad de gestión estatal se ha de traducir en ingobernabilidad; los países de la región y Estados Unidos serán incapaces de albergar en su territorio a estas masas de desposeídos. Frente a ello, el Estado carecerá de base que justifique su existencia al no proporcionar seguridad y medios de vida a sus habitantes.

En tragedias semejantes, Nicaragua, con el gran terremoto que hizo desaparecer Managua en 1974, sentó las bases para la unidad del pueblo contra la dictadura de los Somoza, y en 1979 caería el oprobioso régimen con el triunfo del sandinismo. En México, en 1985, tendría la mejor réplica contra el régimen priista en 1988, y no lograría desprenderse la ciudad de México de su control político sino hasta 1997. En sí, estas tragedias han movido más que la corteza terrestre: han sido las pregoneras de cambios impresionantes.

El caso de Haití es diferente. La alternancia del binomio Aristide-Preval está agotada, pues no es una propuesta democrática, sino la creación de dos testaferros que no pueden ocultar sus vínculos con Washington. Los “grandes”, como se conoce a las mafias del antiguo régimen, no representan ninguna opción que vaya más allá de retornar a los sátrapas. La opción militar carece de bases, pues no hay un ejército constituido, y los exmilitares sólo irían por sus cuotas de corrupción y sus vínculos con las mafias del narcotráfico. La iglesia católica, de la cual es producto Aristide, tiene que reconocer que en Haití el 80 por ciento es católico, el 20 por ciento de otras religiones, pero el ciento por ciento es seguidor del Vudú, y esta creencia arraigada en la cultura ha sido ofendida en el momento en que los cuerpos de las víctimas han sido arrojados a fosas comunes sin ningún ritual, lo que constituye un verdadero sacrilegio por parte de las fuerzas internacionales encargadas del rescate de las víctimas.

Es ahí donde la revolución no da espacio para surgir y el proyecto alternativo no existe aún, por lo que sólo queda una reflexión final: ¿cuando el mundo encuentre desastres semejantes y el límite ecológico sea el factor que frene de golpe la voracidad del gran capital, qué nuevo orden podrá derivarse a nivel mundial para lograr al menos la sobrevivencia de la especie humana?

gavg@xanum.uam.mx

*Catedrático de la UAM Iztapalapa experto en seguridad nacional y fuerzas armadas; doctor en sociología por la UNAM, y especialista en América Latina por la universidad de Pittsburgh

Fuente: CONTRALÍNEA 167 / 31 DE ENERO DE 2010

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