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Antecedentes: Stratfor, centro de pensamiento texano-israelí catalogado como “la CIA (Agencia Central de Inteligencia) de las sombras (sic)”, cada semana le asesta un macabro “memorando de seguridad” a México. Su dueño y editor, George Friedman, muy cercano a Israel, en su libro kafkiano Los próximos cien (sic) años: un vaticinio para el siglo 21, de corte robótico y de reingeniería genética “productiva (sic)”, sobredimensiona a México como una de las principales potencias mundiales para 2080 (¡supersic!), debido a su demografía galopante, en turbia simbiosis transfronteriza con Estados Unidos, con quien puede acabar en guerra (sic) a inicios del siglo XXII. ¿Pues qué le espera, entonces, de cataclísmico a Estados Unidos?

Hechos: de aquí hasta que alcance a México su glorioso futuro demográfico de los próximos 70 años, Stratfor –en su monografía sobre la geopolítica de México: una montaña-fortaleza en estado de sitio (17 de noviembre de 2009)– sentencia su defunción estratégica y su inevitable dependencia militar, estratégica, política y económica a Estados Unidos.

Stratfor considera que México se encuentra “fundamentalmente desafiado” por su geografía: “Montañas para esconderse, desiertos difíciles de controlar y defender, y severas vulnerabilidades a las incursiones marítimas” (nota: del lado del Golfo, pletórico en hidrocarburos).

La carencia tanto de una armada como de “redes de transporte fluviales naturales en un terreno escabroso hace exageradamente difícil a México generar y acumular capital, lo cual lo convierte muy dependiente (sic) del capital externo y a la merced (supersic) de la dinámica del mercado internacional” (nota: mucho más después que se regaló casi toda la banca nacional).

México ostenta “3 mil kilómetros de frontera subdefendida (sic) con Estados Unidos, el mayor mercado consumidor del mundo”, lo cual “deja a su economía altamente dependiente de los caprichos (sic) del mercado de Estados Unidos que importa todo de México, desde computadoras hasta estupefacientes; mientras, México importa sus alimentos vitales (sic)”. ¿No fueron, acaso, los neoliberales transfronterizos quienes hicieron a México tan dependiente de Estados Unidos?

Stratfor propina su axioma letal: “Para defender su vulnerable flanco oriental, México es también dependiente militarmente de Estados Unidos y, por consiguiente, es altamente vulnerable a la influencia (sic) política de Estados Unidos”. Debido a la multitud de desafíos, “no existe sorpresa (sic) por lo que México, condenado por su geografía, haya quedado agazapado y subdesarrollado en comparación a Estados Unidos”. ¡Vaya comparación darwiniana!

Su diagnóstico es perentorio: “Sólo cabe un poder en Norteamérica”, y ése es Estados Unidos, por lo que inevitablemente “México no tiene otra alternativa que comprometerse en una relación subordinada con Estados Unidos”.

Su “análisis” económico y político (que satisface el unilateralismo de Estados Unidos) es exageradamente rupestre, por lo que optamos por brincarlo; no aporta nada, debido a que la economía no es el fuerte de Stratfor (ya no se diga la política doméstica). Nada menos que la Oficina Nacional de Investigación Económica (quien dictamina oficialmente la recesión en Estados Unidos), el conglomerado de los mejores economistas de Estados Unidos, publicó hace cinco años las causales por las que México en el Tratado del Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) había tenido “un desempeño menos que estelar”. Sería saludable que Stratfor lo leyera para no expectorar tanta barbaridad económica.

Después de fulminar contra México –desiertos que lo evidencian como “la parte más desolada de Norteamérica”; con “pocas reservas de agua fresca”; “territorio severamente inhospitalario”; “sin un Estado políticamente coherente (sic) y manejable”; “carente de una fuerza naval”; “sin nunca haber sido un país seguro e independiente”–, coloca en forma binaria al “narcotráfico y a la energía” (la doble obsesión unilateral de Estados Unidos) como “los desafíos modernos”.

Dejamos de lado “la guerra de estupefacientes” –“de cierta forma una simple (sic) repetición de la Revolución de 1910” (nota: ¿como aquélla, Estados Unidos también financia y “deja hacer y pasar” a ésta?)–, nos centramos en su parte más exquisita: los energéticos.

Aduce que debido a “un sistema político más incluyente” (¡supersic!), es “muy difícil realizar cambios bruscos (sic)”, lo que explica como “causa primaria el sufrimiento del sector energético”, ya que el petróleo ha resuelto “la correlación regional de fuerzas” y “el embrollo de la distribución”.

Al revés: el sur mexicano ha sido despojado de sus reservas de hidrocarburos y de sus recursos hidráulicos, con un doble fin: 1) subsidiar (entre otros especímenes) al parasitario Grupo Monterrey norteño, rescatado por el erario federal en incontables ocasiones; y 2) sostener con alfileres un modelo neoliberal artificial y contranatura que benefició exclusivamente a Estados Unidos y a Canadá, en detrimento de los intereses nacionales, lo cual promovió la masiva migración de verdaderos “refugiados económicos” (no “terroristas” como los fustigan los desalmados texanos), quienes huyen de la desigualdad distributiva y buscan la “libertad económica”, inexistente aquende el muro de la ignominia.

Arroja un vulgar sofisma: “El Estado nunca (sic) pudo manejar la implementación de políticas que promoverían el crecimiento debido a los altos costos del desarrollo” como consecuencia de la topografía.

¿Es México un condenado a muerte por la geopolítica de Estados Unidos? ¿Cómo crecieron y se desarrollaron Japón y Sud-Corea pese a las inclemencias geográficas?

¿Cómo se gestaron las civilizaciones olmeca, maya y azteca en tres regiones diferentes del mismo México supuestamente ingobernable e inviable?

¿Cómo pudo prosperar la Nueva España gracias a la riqueza aurífera y argentífera?

¿Cómo pudo crecer México durante el “desarrollo estabilizador” e, incluso, con los modelos denostados de “populistas”?

Los centros de Estados Unidos no pueden justificar ni saben explicar al mundo el estruendoso fracaso del “México neoliberal” (un verdadero “espejo negro” en el rostro irrendentista de Washington), que siguió al pie de la letra los cánones y cañones de Estados Unidos y su TLCAN, así como las recetas intoxicantes y las “condicionalidades” del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; de sus excrecencias, como el BID, ni hablemos.

La salvación para Stratfor –que no aborda el delicado asunto de la silenciosa privatización parcial del gas, ya no se diga el inicio de la privatización hidráulica y eléctrica–, pasa por “una nueva ola de capitales y tecnología, que carece México, para mantener sus ingresos energéticos” cuando “la única (¡extra supersic!) opción es abrir una vez más (sic) la industria energética a los extranjeros”. ¿Más?

¿No fue la “reforma energética” de Calderón, Beltrones, Labastida y Gamboa una privatización por la puerta trasera, a través de rendijas legales (ver mi libro La desnacionalización de Pemex, editorial Orfila, 2009)?

Ahora Stratfor nos sale con que la Constitución de 1917 hace “ilegal” a la “reforma”. ¿De cuándo acá a Calderón lo detiene infringir la Constitución o pisotear la legalidad? Stratfor no está actualizado: se equivocó de país y de gobernante.

Conclusión: no importan la notoria imprecisión histórica ni la visón unilateral ni las panaceas ponzoñosas de Stratfor, sino sus implícitas amenazas geopolíticas que se desprenderían del subtexto en caso de no “abrir” el sector energético: la balcanización de México en cuatro “subregiones (sic) geopolíticas”, dos indefendibles territorios estratégicos para la seguridad nacional de Estados Unidos: Baja California (boca del río Colorado) y la Península de Yucatán (estratégicamente situada en el Caribe, entre Florida y Cuba); “la frontera norte” (desértica y despoblada, vista como amortiguador de los estados sureños de Estados Unidos); el “centro”, que va de la zona metropolitana hasta la costa de Veracruz; y “la periferia del centro” (“que incluye Oaxaca, Chiapas, Guerrero y Michoacán” y, por la vista del mapa, Querétaro, Jalisco, Guanajuato, San Luis Potosí, el Bajío, etcétera).

Como que está muy forzada “la periferia del centro”, que se encuentra electoral y económicamente subdividida entre norte y sur, lo que llevaría la presunta balcanización a cinco pedazos.

Antes, cuando Estados Unidos todavía no perdía sus cinco guerras consecutivas después del 11 de septiembre, recuerdo que eran solamente tres: el norte, centro y sur. ¿Empeoraron las cosas mutuamente para Estados Unidos y México?

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