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Hasta noviembre de 2009, al menos 54 niños y niñas habían muerto por problemas de hambre en Guatemala, país que registra la mayor tasa de desnutrición crónica infantil en América Latina: 49.3 por ciento en menores de cinco años. La ONU denuncia que ahí 2.5 millones de personas son afectadas por la crisis alimentaria, la mitad de la población vive en pobreza y el 17 por ciento, en la indigencia


Danilo Valladares / IPS

Guatemala, Guatemala. Juan Manuel Ardón tiene la piel pegada a los huesos y el cabello fino y descolorido, que evidencian desnutrición severa. Su salud está tan deteriorada que apenas puede hablar y caminar. Pese a que tiene 15 años, los médicos dicen que su peso y estatura corresponden a la de un niño de seis.

Junto con otras dos niñas, este adolescente guatemalteco con cuerpo de niño es atendido en el Centro Nutricional del municipio de Jocotán, en el oriental departamento de Chiquimula, por cuyos corredores se arrastra, como si fuera un anciano.

Otros pequeños ni siquiera han llegado a la edad de Juan Manuel. En Guatemala, al menos 54 niños y niñas han muerto por problemas de desnutrición en lo que va del año, según la Dirección General de Epidemiología; mientras que 2.5 millones de personas son afectadas por la crisis alimentaria, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Los afectados atribuyen la escasez de alimentos a la peor sequía ocurrida en este país en los últimos 30 años, lo cual arruinó las plantaciones de granos básicos para la subsistencia.

Sin embargo, es innegable que este fenómeno climático desnudó de nuevo la fragilidad del segundo país más pobre de América Latina, donde la mitad de la población vive en la pobreza y el 17 por ciento, en la indigencia, según agencias de la ONU.

Chiquimula, fronterizo con El Salvador y Honduras, y donde se encuentra Juan Manuel, es precisamente uno de los departamentos más golpeados por la crisis alimentaria, al igual que Zacapa, Jalapa, Jutiapa, El Progreso, Baja Verapaz y Quiché; todos pertenecientes al denominado Corredor Seco en el centro y este del país. Este corredor se caracteriza por tener periodos de sequía recurrentes en invierno, suelos semiáridos y de bajo rendimiento.

Por ello, las condiciones de vida se tornan a menudo muy difíciles aquí. “Nosotros comíamos frijoles, tortilla y sal porque no alcanzaba el dinero para comprar las cosas”, dijo a IPS Héctor Manuel Ardón, de 22 años, hermano de Juan Manuel.

El sostén familiar se complica aún más si se considera que esta familia está compuesta por 10 hermanos, que se dedican a la agricultura de subsistencia y ninguno va a la escuela, admitió Héctor, quien ahora está a cargo de Juan Manuel.

Al parecer, ni la madre ni el padre estaban dispuestos a cuidar al pequeño enfermo. “A mí me dio lástima ver a mi hermano así”, dijo Héctor, quien reconoció que sus padres “no muy lo quieren porque es enfermo y no puede caminar”.

Así, Héctor tomó la decisión de viajar junto con su hermano al Centro Nutricional en busca de ayuda, y ahora cuida de él las 24 horas del día. “Lo baño, le cambio la ropa y lo llevo al baño porque no camina bien”, relató.

Los médicos le han dicho que un mes será suficiente para que Juan Manuel esté recuperado y abandone el centro de atención. Lo que Héctor probablemente no sabe es que la desnutrición dejará secuelas imborrables en la salud de su hermano.

La historia de esta familia no es la excepción en esta región donde, por el contrario, es común observar a niños y niñas con la mirada triste, el estómago hinchado y el pelo caído por la desnutrición.

Sin futuro

Jairo y Melania García, ambos de un año de edad, no sólo comparten el mismo apellido, sino también los signos de la malnutrición. Estos pequeños viven en la comunidad Toma de Agua, del municipio de Camotán, en Chiquimula, donde la sequía arrasó con los cultivos de maíz y frijol.

“Ahora tenemos que buscar otras cositas para sobrevivir”, dijo a IPS Marta Julia García, madre de Melania y de otros tres niños, quien admite que no sabe leer ni escribir y además desconoce que su hija padece un mal crónico.

Guatemala tiene en la actualidad la mayor tasa de desnutrición crónica infantil de América Latina, al registrar 49.3 por ciento en niños menores de cinco años, mientras que a nivel mundial ocupa el cuarto puesto, según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

En estas comunidades, donde se acostumbra que la mujer atienda los oficios del hogar y a los hijos, los hombres han tenido que emigrar para conseguir un trabajo extra que les permita conseguir algún dinero y así alimentar a su familia.

Amílcar Vásquez, un campesino de la comunidad La Libertad de Camotán, tuvo que viajar a Copán, en Honduras, a sembrar tomate y chile (pimiento) para agenciarse de algunos recursos para mantener a sus cinco hijos. “A los adultos les pagan 40 quetzales (cinco dólares) y a los niños de 12 años, 25 quetzales (tres dólares) al día”, indicó.

Y es que las cosechas han decaído abruptamente. José María Gutiérrez, quien tiene una granja modelo en la comunidad La Esperanza de Camotán, dijo a IPS que su cosecha de maíz mermó de 55 (5 mil 500 kilogramos) a 15 quintales (1 mil 500 kilogramos) entre 2008 y 2009.

“Yo tengo un crédito, pero definitivamente con esta situación voy a quedar endeudado, porque para sostener a 10 hijos hay que ver qué se hace”, reconoció.

En el marco de la celebración del Día Mundial de la Alimentación, el 16 de octubre, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO) y el Programa Mundial de Alimentos (PMA) dieron a conocer que más de 1 mil millones de personas sufren hambre crónica en todo el mundo, entre ellos 265 millones de América Latina y el Caribe.

Ante la situación a nivel nacional, el gobierno guatemalteco del socialdemócrata Álvaro Colom decretó el estado de calamidad para agilizar las compras y atender la emergencia, mientras que algunos países como México, Chile y Venezuela, entre otros, han enviado alimentos para paliar la crisis.

La comunidad internacional hace lo propio. La FAO, en Guatemala por ejemplo, atiende a unas 5 mil familias residentes en el Corredor Seco a través del Programa Especial de Seguridad Alimentaria (PESA).

El PESA ha tomado acciones para mejorar la capacidad de retención de humedad del suelo, el uso de sistemas agroforestales, el acceso y uso de semillas y la producción familiar en patio, explicó a IPS el coordinador regional, Leonel Muralles.

A través del desarrollo de estas acciones, la FAO ha propuesto al gobierno aumentar las capacidades de adaptación al cambio climático de 90 mil familias campesinas pobres residentes en el Corredor Seco para los próximos cuatro años.

El gobierno ha tomado acciones a través del Ministerio de Agricultura y Alimentación, mediante la entrega de la llamada Bolsa Solidaria, que contiene productos de primera necesidad; así como a través del desarrollo de proyectos productivos con la cría de gallinas ponedoras, huertos familiares y otros.

Sin embargo, ante los ojos de la sociedad civil existen muchas dudas. Alejandro Aguirre, director de la Coordinación de Organizaciones no Gubernamentales y Cooperativas, dijo a IPS que las acciones de las autoridades contra el hambre no tienen sentido si se considera que el Ministerio de Agricultura y Alimentación en 2010 recibirá 16 millones de dólares menos que este año si se aprueba el presupuesto en discusión.

“Uno de los problemas de fondo es la inequidad en cuanto a la distribución de la riqueza. Existe además una política fiscal injusta donde quienes tienen que tributar no lo hacen. Todo responde a la oligarquía existente en el país”, puntualizó.

Luis Enrique Monterroso, coordinador del Observatorio de Seguridad Alimentaria, indicó a IPS que el país tiene una buena legislación sobre la materia, razón por la cual “estamos proponiendo (al gobierno) que la ponga en práctica y que le dé más fuerza”.

En 2005, el parlamento aprobó la Ley Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, la cual rige las políticas y acciones contra el hambre en el país con pocos resultados hasta ahora.

El panorama para el próximo año es incierto, pues no existe certeza de que el invierno regresará a la normalidad. Lo que sí es seguro es que, si el país no ataca el hambre, Juan Manuel, Jairo, Melania y otros miles de niños más podrían morir con el estómago vacío.

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