Una oligarquía centenaria

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La Historia es la tumba de las oligarquías

Vilfredo Pareto

Digámoslo de entrada: hace ya varias décadas mi entonces maestro Enrique González Pedrero afirmó contundente: “La Revolución Mexicana no formó ni secretarios de Hacienda ni diplomáticos, por lo que los nuevos gobiernos tuvieron que adoptar a los del antiguo régimen”. En efecto, bajo esta óptica basta hacer un recorrido de los hombres que han asumido estas posiciones para ver que se trata de descendientes de la misma oligarquía.


En su tiempo, Marx reconocía la prepotencia del capital financiero frente al capital rentista, industrial y comercial, pues la reproducción del mismo tenía como origen el financiamiento de toda la estructura que el capitalismo demandaba. En nuestro caso, el financiamiento público ha sido la base para la acumulación originaria que no se produjo, y en ella, la sociedad en su conjunto entregó, mediante la mediación de la burocracia hacendaria, la riqueza formada por el trabajo de toda una sociedad.

Presupuestos irán año con año, pero las premisas están dadas. La ignorancia de la clase política parece desconocer que el que etiqueta las partidas está condicionando su ejercicio y administrando la cotidianidad en la formación de los ingresos y la distribución de los recursos estatales.

La historia se remonta al siglo XIX desde el periodo de la Reforma, y tiene como figura de partida a Matías Romero, personaje que surge como asesor del Tratado Mac Lane Ocampo –que milagrosamente no se consumó, pues entregaba a Estados Unidos la península de Baja California–, después nombrado por Juárez ministro plenipotenciario ante el gobierno de Estados Unidos. Las condiciones de ambos vecinos eran críticas. En Estados Unidos, la situación se polarizó y al poco tiempo estalló la Guerra de Secesión, donde el norte y el sur se enfrentaron a una pavorosa guerra civil. En México, el enfrentamiento entre liberales y conservadores terminó en Calpulapan, localidad próxima a Tepeji del Río, a favor de los primeros. Y a partir de ello se iniciará la contraofensiva en las cortes europeas para implantar el imperio mexicano, con una doble finalidad: contener el avance estadunidense y garantizar la deuda externa contraída, a la que Juárez daría por suspendida debido a la ruina de la hacienda pública.

Un punto clave de todo el periodo de la intervención y el imperio de Maximiliano es que don Benito terminará por establecerse en el paso del norte, hoy ciudad Juárez, no teniendo más punto de financiamiento y apoyo que el del régimen del norte presidio por Lincoln. Al mismo tiempo, siendo Matías Romero la figura más próxima al gobierno yanqui, fue durante el periodo más difícil de la república la única fuente de ingresos y de armamento para la resistencia contra los imperialistas. Bajo esta idea política exterior de México y la hacienda pública, surgieron como un binomio que aún hoy día es difícil de separar, pues la intermediación externa, unida a los recursos conseguidos, convirtieron a Matías Romero en la figura central con la restauración de la república, pues Juárez, al fin político, sabía negociar el sí, mientras que don Matías condenaba a un no con la falta de recursos. De todo esto queda constancia en su ordenado archivo histórico que conserva el Banco de México.

La labor de este personaje hizo que su figura e intermediación tuvieran continuidad en los gobiernos de Juárez, Lerdo y Porfirio Díaz, alternándose como financiero público y diplomático en Washington. Por sus manos corrieron la renegociación de la deuda externa, la desamortización de los bienes del clero y las comunidades indígenas, de su privatización a la oligarquía de hacendados, y del desplazamiento definitivo de los liberales radicales, como Guillermo Prieto, cuando se sumaron a favor de José María Iglesias. Después, la habilidad de don Porfirio sumaría a todos, pero bajo su liderazgo. En cuanto a Matías Romero, seguiría siendo la figura discreta pero efectiva, hasta su muerte en 1893, dejando como sucesor a José Ives Limantour.

Limantour provenía de una familia europea, cuyo padre fue un próspero traficante de armas. Introducido a través de Matías Romero a la hacienda pública, le dio continuidad post mortem al triángulo de la estabilidad económica de la oligarquía, constituida desde entonces entre Hacienda, Relaciones Exteriores y la embajada en Washington, sólo que hoy son ocupadas por figuras distintas, sin poder encarnar en un solo hombre. Bajo esta idea, Limantour consolida la posición y sólo la renuncia del dictador lo lleva a colocar la suya junto con todo el gabinete, con excepción de León de la Barra, el secretario de Relaciones Exteriores, al tener que renunciar el vicepresidente Ramón Corral por ser el testaferro de Díaz.

Limantour enfrentará las crisis económicas, los periodos de auge de inicios de siglo, la reforma monetaria que introduce el patrón oro, y crea las condiciones para la consolidación del sistema bancario y comercial, detrás de lo cual están las familias Legorreta, en el Banco Nacional de México; los Ebrard, en el Puerto de Liverpool; o los Garza Sada, en Monterrey, para dar tan sólo tres muestras de la misma tela. Dicho en otros términos, la llamada burguesía mexicana es formada bajo la protección y complicidad del Estado, donde la riqueza pública sirvió para alimentar a la nueva oligarquía, y no mediante una acumulación originaria.

La Revolución Mexicana no crearía financieros públicos, sino arribistas y politicastros que desde el ascenso de Madero terminarían en la ruina de las finanzas públicas. Comencemos por don Panchito, cuyo primer acto fue nombrar a su pariente Ernesto Madero como ministro de Hacienda desde el régimen de transición de Francisco León de la Barra, y continuaría en todo su régimen hasta el cuartelazo de febrero de 1913, desde donde la familia Madero terminó financiando sus empresas a costa del erario. Victoriano Huerta en su breve periodo cambia cuatro veces al ministro de Hacienda, pero el régimen se desploma al año siguiente. Con la Convención y con Carranza, no hay más política económica que imprimir dinero que no tenía más respaldo que un máuser o un revolver, pero que igual perdía valor cuando la fracción revolucionaria perdía la plaza.

Con el ascenso de los sonorenses en 1920, después de la revuelta de Agua Prieta, la hacienda pública comienza por encontrar un nuevo obstáculo y es la tentación de los generales de intervenir en la labor fiscal del Estado lo que profundiza la crisis, pues De la Huerta nombra a Salvador Alvarado y Obregón entregará esta posición a De la Huerta, hombres que afirmaron siempre haber sido “honestos”. Pero no se trataba de un asunto ético, sino de capacidad negociadora, tanto interna como externa, lo que equivalía a nombrar una pudorosa señorita para administrar un congal.

En efecto, con Obregón, el deseo de reconocimiento por Estados Unidos, la renegociación de la deuda externa y la introducción de una política monetaria de estabilización llevaron al caudillo a precipitar acuerdos cuyo costo terminó por hundir los propósitos en el momento en que De la Huerta, descuidando la labor hacendaria, comenzó a preparar su candidatura por la Presidencia. Apoyado en el Partido Cooperatista y por un ejército dividido entre él y su excorreligionario Plutarco Elías Calles, se arribaría a un acuerdo ruinoso con Estados Unidos que atentaba contra el artículo 27 constitucional, como fueron los Tratados de Bucareli, a lo que se agregó el Tratado De la Huerta-Lamond, que suponía el reconocimiento de las reclamaciones internacionales hechas por la Revolución y la aceptación acrítica de la deuda externa, además de la reivindicación del grupo Monterrey, entre otros, que equivalía a lo que Carranza afirmó en su tiempo: “Revolución que transa, revolución que se pierde”. Y éste fue el caso.

A fin de corregir entuertos y ante la proximidad de la rebelión delahuertista en 1924, Obregón optará por despedir a De la Huerta en 1923 y colocar a un miembro del servicio exterior que era nada menos que Alberto J. Pani, ministro de Economía con Carranza en 1917, embajador en España y ministro de Relaciones Exteriores con el Manco de Celaya, y en ese año, secretario de Hacienda, al cual le tocaría en suerte renegociar parcialmente el acuerdo con los banqueros internacionales mediante la llamada Enmienda Pani, que, aunque no corrigió en lo sustancial el galimatías que perpetraron los banqueros, sí al menos dio solución a situaciones inmediatas.

Con lo anterior se restaura la Secretaría de Hacienda y se da continuidad en el callismo, donde junto con Manuel Gómez Morín, el empleado del Banco de Londres y México, terminarían creando el Banco de México, implantando la reforma monetaria, promoviendo los mecanismos presupuestales y estabilizando la relación de militares que con las revueltas e infidencias terminaron, junto con la corrupción, desplazándose paulatinamente de la esfera pública hacendaria; pero eso será objeto de un nuevo envío donde analizaremos la consolidación de esta burocracia hacendaria que padecemos hasta nuestros Díaz, y que sobrevivió a la hecatombe de la intervención de la dictadura porfirista y de la propia Revolución Mexicana.

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